sábado, 29 de julio de 2017

La mujer rota



En mi casa hablábamos sobre mal entendidos que derivaban en lecturas de importante calibre. Como todo estudiante flojo, comenté que en varias ocasiones entendí pésimamente los libros que me obligaron a leer en el colegio, pero que el resultado no siempre fue tan malo. Por ejemplo, leí Alsino bajo total distracción y, en parte por ignorancia y en parte por enfrentarme a un nombre nada binario, entendí que uno de los personajes llamado Abigail era un hombre; lo imaginé calvo, ya mayor, Abigail es nombre de caballero y se notaba que le tenía ganas al protagonista. En la prueba me desayuné con el hecho de que se trató todo el tiempo de una mujer, cuestión totalmente decepcionante, pues la trama gay era mucho mejor. Una de las invitadas dijo que deliraba cuando iba a la panadería y alguien decía “¡qué fresco es el pan!”, “siento húmero el pan”, “el pan está calentito”. Primero se imaginaba hallullas y marraquetas de buena calidad, pero luego de perder parte de su ignorancia (o inocencia), no podía evitar imaginar al dios Pan tentando a los humanos, tan cochino como siempre, húmedo, caliente y duro. Yo conté el cómico esfuerzo que levanté por inventarme una mitología personal en torno a la Fortuna, su rueda, la diosa. En ese tiempo, en cuanto leí el título ‘La Mujer Rota’ entendí ese ‘rota’ como un verbo, onda, la mujer que rota, que gira, o sea, la Fortuna. Leí el libro y para mí tuvo más sentido que el adjetivo del sentido original. Me enteré de mi error ya en la universidad, conversando con mis compañeros. En esto me apoyó una, dijo que su primera impresión ante ese título fue clasista, del tipo "la mujer rasca". Obviamente era un libro facho, agregó. Otra de ellas, la más severa, dijo que cuando joven vio la foto solemne y extraterrestre de Joseph Goebels acompañad de esas clásicas líneas que se le adjudican “miente, miente, que algo quedará”. Por su foto en blanco y negro, evidentemente se trataba de un escritor y su frase obviamente era un consejo literario. Cuando reparó en su error (viendo el History Chanel), ya era tarde, pues ya era una mentirosa afilada y durante un año escribió bajo el perturbante pseudónimo de Eugenio del Alba. La otra chica, la cínica, dijo que estuvo buscando por tres semanas el libro “El Hoy”, que fue encomendado por su profesor. Se sintió pasada a llevar cuando descubrió que era “Eloy”, pero se sintió peor cuando terminó ese libro, que nada tenía que ver con el hoy. Se fueron sobrias y estoy seguro de que una de ellas me robó un par de calcetines. No me dieron tiempo de preguntarles por lo del trío. Igual hubiesen dicho que no.

sábado, 15 de julio de 2017

Nieve


Anoche llamó mi hermana. Estaba llorando. Dijo que su gata había escapado y que llevaban horas buscándola, sin novedades. Llamó otra vez en la mañana. Encontraron su cuerpo bajo un arbusto, lejos de la casa. Al parecer murió de frío. La fuimos a enterrar al cerro: aún había nieve, un buen paisaje. Caminando de vuelta me dijo que, a pesar del frío y de la muerte, el cadáver de la gata aun tenía pulgas cuando lo recogió. Confesó que eso le dio risa. “No hay respeto en la naturaleza”, dijo, como si contara un chiste. Es la primera vez que me dice algo que delata su falta de inocencia. Ahora en mi casa, pienso que quizás ya no sea virgen. Hoy en la noche habrá temperaturas bajo cero. Iré a la Blondi.

martes, 4 de julio de 2017

Itaú

Yo, que soy un conchetumare con tilde en todas sus vocales, el comic sans de la wea, sé reconocer el potencial cuando lo veo. En el boxeo, los golpes más espectaculares vienen desde abajo ¿Qué motiva que una persona común y corriente haga cosas espectaculares? Algo metafóricamente similar. Por ejemplo, las bicicletas Itaú son feas y malas. Vienen con defectos, chillan al frenar, son lentas, naranjas, toscas y pesadas. Eso provoca que sus usuarios se esfuercen el triple, convirtiéndolos en unos arrojados. No hay respeto en el mundo de las Itaú. No hay tregua. Con esa bicicleta horrible no hay espacio para la prudencia, te conviertes en una bestia que no respeta ni las leyes del tránsito más básicas, como el sentido de las calles o el color rojo de los semáforos. Todo motivado por el complejo de inferioridad que les otorga este feo vehículo.

Así soy yo. La bicicleta Itaú del blog, de la literatura, de la vida.