lunes, 8 de mayo de 2017

Marcalibros


Conocí a una mujer. Tenía una biblioteca en crecimiento, con títulos que yo no conocía, la mayoría en inglés. Me sorprendió ver que cada uno tenía un marcalibros en él, uno para cada libro, incluso dentro de aquellos que aún no había leído. Le pregunté el porqué y me respondió que el marcalibros era tan importante como el libro. Un amuleto, una brújula. Con miedo le pregunté por sus gustos literarios y me respondió que le gustaba “de todo un poco”. Le dije que fuera más específica, pero me cortó mostrándo algunos marcalibros. No he vuelto a hablar con ella.

Actitud totalmente contraria tenía mi amiga Zapato Nuevo. Ella memorizaba la página y la línea en la que quedaba, luego cerraba el libro sin ningún tipo de asco. Esta acción podía mantenerla durante la lectura paralela de 2 o 3 libros. Para ella, los marcalibros eran basura por reciclar. Con pudor le pregunté por sus gustos literarios y terminamos culeando por horas (minutos, más bien, culpa mía). “Hay que perder el miedo a cerrar el libro; ni que en él se escondieran grandes secretos, es sólo un libro”. Siempre hablamos de literatura, aunque, más que hablar, me dedico a escucharla.

El Baraja, fiel a su actitud competitiva, me comenta que es mil veces mejor que Zapatito Nuevo: “Si yo abro un libro es porque lo terminaré”. No marca páginas, según él, porque no se interrumpe. Como un cometa, no para hasta estrellarse contra el final. Le pregunté cuál fue el último que leyó y me dice que no lo recuerda, que era menor de edad. Ahora sólo lee cosas por internet, noticias, columnas, ese tipo de cuestiones. Párrafos sin páginas. Cartas, el horóscopo, esas cosas.

El Pecas me preguntó qué era un marcalibros.

Diego Vega comenta que en su retirada vida de anacoreta en Concepción marca los libros con boletos de micro, argumentando que allá aún se mantiene esa tradición (que las micros den boletos). Le digo que, por lo visto, sólo podría leer en ciudades que manejen boletos… Me increpa diciendo que todo eso son mistonguerías, que el verdadero lector no marca las páginas, simplemente abre el libro al azar y lee furiosamente para el divertimento propio y universal. Piensa: “se acabó ese circo de fingir que uno entiende a los otros, qué farsa más absurda, me hierve, estamos solos, por la chucha, entienda algo”, pero en lugar de eso, acota: “el sueño del pibe” y le da un sorbo a su mate.

El bloguero Maximiliano confiesa que posee la colección más grande de marcalibros de todo Puente Alto, pero eso no le impide pensar que son una ridiculez. Apoya esta afirmación el hecho de que sólo utiliza un par de esos marcadores para todas sus lecturas, dejando al resto en paz. Su marcador favorito es una paradoja: se trata de una delgada lámina de mica transparente con pétalos secos en su interior; no sirve de nada, porque sólo le entrega una coordenada aproximada de dónde realmente se ubicó la marcación. “Me veo obligado a doblar las páginas”, pero en secreto marca las páginas con sangre, lágrimas y saliva, como si fuera el último lector del mundo leyendo el último libro.

La bloguera Gisela dice ocupar banderas. Le pregunto si son esos papelitos con un color por un polo y un segmento transparente por el otro. Me responde afirmativamente. ¿Los post-it? Pregunto para confirmar, pero me silencia. Me dice que son banderas “como las que una pone cuando escala el Everest; la dejas hasta donde llegaste, para marcar el territorio, y luego la siguiente y así…”. Le pregunto si ocupa una por cada vez que deja una lectura inconclusa y me mira ofendida. “Obvio”, responde, “así cualquiera que retome el libro podrá seguir su conquista”. Le consulto si compra muy frecuentemente esas banderitas y me responde, con un poco de soberbia, que se las roba cada vez que puede, tal como el tercio que se roba el estandarte del enemigo como símbolo de victoria. “El enemigo son los supermercados”, masculla.
Morong no quiso responderme. Debe tener mejores cosas que hacer. Recemos porque esté estudiando. Riforfo ya habló de esto. Dijo que en la península se marcan los libros con billetes de 500 euros.

2 comentarios:

  1. Dejé de leer, creo que hasta que mi imaginación deje la temporada de cosechas mantendré los libros lejos de mis ojos.

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