martes, 4 de abril de 2017

Luna menguante


El atuendo que usan las mujeres para ir a la feria es perfecto. Cargan con la flojera matutina, ostentando una serie de elementos (como el aroma o el calor de la cama) que me sugieren su pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y su cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Y todas llegan a la misma conclusión, porque todas terminan vistiendo más o menos parecido, entre la holgura de un pijama y la performance del buzo. Es más tentador que la ropa diseñada para tentar.
Eso imaginaba mientras decidía qué empanada comprar en la feria de Parque Almagro. “De queso, de pino y ají”, me dijo. Yo quería una de pino, pero su oración no me dejaba claro el relleno del menú. “Perdón ¿de qué son?”, le pregunté. Me miró un poco molesta. “De queso, de pino y ají”, repitió. No entendía si las de pino eran distintas de las de ají. ¿Eran de pino con ají o de pino y, además, de ají?
a)     Queso + (Pino x Ají).
b)    Queso + Pino + Ají.
Yo no quería con ají ni con queso, aunque siendo fiel a mi pesimismo, podría haber otra alternativa absoluta:
c)     (Queso x Pino x Ají)
Pero daba lo mismo, porque no razoné mucho ante su oferta. Además del problema matemático, la ligereza de su ropa y la briza dominguera confabularon para correr parte de su vestido, descubriendo así uno de sus pezones. No entero, nadie tiene la Suerte de ver un pezón entero por voluntad del viento, sólo reveló su perímetro, entrando importantemente hacia el centro, sin mostrarlo en su totalidad. Una luna menguante.

Si ella supiera que ese atisbo de pezón es lo mejor que me ha pasado esta semana, por lástima me mostraría la pechuga entera, corriendo el peligro de que eso se transforme en lo mejor de mi vida. “Amiga, disculpa, es que mejor tápate porque se te escapa una antena”. Le hice el gesto con la mano. Soltó una fuerte carcajada y se acomodó el sostén, asegurando el tesoro. Ya oculta la luna, mi mente engranó: nadie hace empanas sólo con ají; obviamente son productos distintos. “Deme una de pino, amiga”. La pagué entre risas y me fui a sentar a una banquita. 
Por supuesto que era de Ají, debió confundirse por el momento incómodo. Pero no importó, porque tras de mí venía ella. Se sentó a mi lado y hablamos toda la tarde. El resto de la historia transcurre en una pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y un cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Mi cuerpo. En mi pieza. Solo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario