sábado, 29 de abril de 2017

Esquirla de choripán


“Por otro lado, parte del éxito del libro Rayuela se debe a lo legendario de su significante: R A Y U E L A. Suena como si un relámpago iluminara un lago o un glacial. Es un nombre perfecto y ahí radica su problema, porque el título termina comiéndose a la historia. Si el mismo libro (con los mismos personajes, la misma historia y el mismo desorden) se hubiese escrito en Chile, otro gallo cantaría, pues el nombre de ese mamotreto habría sido Luche. Y los editores, para no confundir al público con el subjuntivo o el imperativo del verbo luchar, lo hubiesen cambiado a El Luche, apagando cualquier tentativa dramática dentro de su título. El Luche no se habría acercado al éxito que tuvo Rayuela, pero indudablemente sería un mejor libro, porque se presentaría sin caretas y nada te obligaría a leerlo con cariño o condescendencia. En ese universo paralelo, la Maga habría sido conocida como la mujer impotente y subyugada que fue y Oliveira, por otro lado, como un gran conchetumre”. El anterior fue un fragmento de mi primera novela “Devuélvanme los choripanes”.


lunes, 24 de abril de 2017

Temblor grado 6.9

Les contaré lo que me pasó hoy durante el sismo. Cerca de las 18:30 iba camino a la casa de mi mamá, en mi bicicleta, mi gran bicicleta, que es de color negro brillante con un cuadro de acero sin marca visible, sin cambios y sin suerte; es así porque está hecha con las partes de otras bicicletas que no lograron llegar hasta el final, es un híbrido de todos los espermatozoides deformes y flojos que murieron lejos de su meta: mi bicicleta es su revancha, una bestia nacida de sus cadáveres, mi fiel Guachalomo, capaz de soportar las más absurdas piruetas del ciclista torpe e irresponsable que me tocó ser. Máquina de rabia. Juguete de Satanás. El terror de los semáforos. Black Guachalomo. Quedará en la historia ese día en que no alcanzaste a frenar y reventamos el vidrio trasero de una camioneta que manejaba un pituco. Huimos sin sacudirnos las esquirlas, mientras el rubio nos intentaba atropellar, pero no lo logró, porque imprudentemente nos pasamos un rojo y nos metimos en el sentido contrario de una calle, “hasta nunca, roto”, le grité y el resto del día pasamos moviéndonos paranoicamente por Santiago, huyendo de todo hacia no sé dónde. Mi Black Guachalomo, al principio te odiaba porque me obligabas a hacer ejercicio y porque te pinchabas dos veces por semana y porque crujías como casa embrujada, sigues haciendo todo esto y estoy seguro de que, en fondo, te sigo odiando, maldita bicicleta de mierda, pero juntos odiamos con todo nuestro ímpetu al transporte público, sentimiento que nos une y nos da fuerzas, sentimiento que nos vuelve huracán en este gran vertedero llamado Santiago.

domingo, 9 de abril de 2017

Vocación ecuménica

Al principio era católico. Iba a misa e hice la catequesis. No aprendí nada. Seguí siendo católico, pero después de ver Jesús de Nazaret comencé a creer en Dios (confundí a Jesús con Dios). Empecé la confirmación, pero me aburrió pronto. No estaba dispuesto a sacrificar mis sábados. En esos tiempos prefería gastar mis fines de semana dibujando animales inventados mientras veía tele. Dejé de asistir a misa. Después dejé de ser católico y me volví testigo de Jehová. Lo hice porque me gustaba una compañera que era testigo de Jehová. Fui al Salón por cinco meses, acompañándola. Nunca pasó nada entre nosotros. Después me volví evangélico. Lo hice para andar con terno. Me salí cuando supe que sólo se podían vestir camisas de un sólo color. Y que ese color no podía ser ni negro ni rojo ni burdeo. Eso no es vida, me dije. Pensé en volverme mormón, pero terminé siendo anarquista. Lo hice porque tenía una compañera que era anarquista. A ella sí le agarré un pecho, pero fue sin querer. Dejé de creer en Dios tiempo después y también dejé de ser anarquista cuando noté que había que leer mucho. Después descubrí que en realidad era ateo. Dejé de serlo cuando supe que no era una religión. Entonces volví a ser católico. Me acomodaba, era cosa de disculparse y yo soy buenísimo disculpándome. Soy capaz de disculparme 14 veces por minuto. En mi caso, es lo más cercano a un don. No volví más a misa, pero siendo católico le conté alguna de mis aventuras al cura. El cura se espantó. Yo me espanté. Hoy, aunque mi abuela sostenga orgullosa que somos cristianos viejos, confieso que soy satanista. Creo en Dios, pero tenemos diferencias de opinión. Desacuerdos tensos. La mayoría tiene que ver con su sentido del humor. Debe ser porque es mormón.

martes, 4 de abril de 2017

Luna menguante


El atuendo que usan las mujeres para ir a la feria es perfecto. Cargan con la flojera matutina, ostentando una serie de elementos (como el aroma o el calor de la cama) que me sugieren su pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y su cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Y todas llegan a la misma conclusión, porque todas terminan vistiendo más o menos parecido, entre la holgura de un pijama y la performance del buzo. Es más tentador que la ropa diseñada para tentar.
Eso imaginaba mientras decidía qué empanada comprar en la feria de Parque Almagro. “De queso, de pino y ají”, me dijo. Yo quería una de pino, pero su oración no me dejaba claro el relleno del menú. “Perdón ¿de qué son?”, le pregunté. Me miró un poco molesta. “De queso, de pino y ají”, repitió. No entendía si las de pino eran distintas de las de ají. ¿Eran de pino con ají o de pino y, además, de ají?
a)     Queso + (Pino x Ají).
b)    Queso + Pino + Ají.
Yo no quería con ají ni con queso, aunque siendo fiel a mi pesimismo, podría haber otra alternativa absoluta:
c)     (Queso x Pino x Ají)
Pero daba lo mismo, porque no razoné mucho ante su oferta. Además del problema matemático, la ligereza de su ropa y la briza dominguera confabularon para correr parte de su vestido, descubriendo así uno de sus pezones. No entero, nadie tiene la Suerte de ver un pezón entero por voluntad del viento, sólo reveló su perímetro, entrando importantemente hacia el centro, sin mostrarlo en su totalidad. Una luna menguante.

Si ella supiera que ese atisbo de pezón es lo mejor que me ha pasado esta semana, por lástima me mostraría la pechuga entera, corriendo el peligro de que eso se transforme en lo mejor de mi vida. “Amiga, disculpa, es que mejor tápate porque se te escapa una antena”. Le hice el gesto con la mano. Soltó una fuerte carcajada y se acomodó el sostén, asegurando el tesoro. Ya oculta la luna, mi mente engranó: nadie hace empanas sólo con ají; obviamente son productos distintos. “Deme una de pino, amiga”. La pagué entre risas y me fui a sentar a una banquita. 
Por supuesto que era de Ají, debió confundirse por el momento incómodo. Pero no importó, porque tras de mí venía ella. Se sentó a mi lado y hablamos toda la tarde. El resto de la historia transcurre en una pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y un cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Mi cuerpo. En mi pieza. Solo.