sábado, 16 de septiembre de 2017

La Fonda



“No hay nada más chileno que ser peruano”. Así empezó mi monólogo para animar la fonda de la oficina. Duré un par de minutos hablando claro antes de empezar a tartamudear. Pero el mensaje fue claro; le pedí a los extranjeros que no se transformaran en chilenos, que no hablaran como nosotros, que no bailaran como nosotros, que no se vistieran como nosotros… ¿Cuál es la gracia de ser distinto y querer actuar como la media? Uno de los haitianos respondió que lo hacía para sentirse aceptado. Esos haitianos farsantes; fueron los primeros en ponerse la camiseta de selección en los últimos partidos, gritaron chichichí lelelé cada vez que los mirabas, lo único que les faltó fue meterse a una AFP y listo, bautizados como chilenos. Haciendo ese circo es la única manera que tienen para que el jefe (evangélico) los pesque y los trate con un poco de respeto. ¿Por qué querrían la aceptación de un tipo así? “Apréndanle a los peruanos”, dije y apunté al grupito de incas (me miraban con odio, habrán pensado que los quería ofender; no señor, yo no cometo esas bajezas). Continué, “los weones llevan como 12 años en Chile y ná que se creen Ángel Parra, todo lo contrario, estas bazofias siguen siendo Lucho Barrios, íntegros peruanos, odiando a los chilenos como Dios manda. Lo primero más chileno es ser peruano y lo segundo más chileno es odiar a los chilenos. Aprendan algo, caribeños vende patria”. Risas, aplausos, el mejor galardón.

Cuando me puse hablar de Paul Schäfer me quitaron el micrófono y pusieron “La Consentida mega mix”, que incluía las típicas basuras que uno debe bailar obligado en el colegio. Pero el DJ Mamani, íntimo amigo mío, tenía instrucciones claras al respecto: después de unas cuantas cuecas estándar, ya entrados todos en la nebulosa de la borrachera, debía ponerle play a “Soltero”, de Míster Gato. Esa weá sí que es un himno nacional. ¡Dale, dale, dale!, ¡dale, Míster Gato! Sonó y primera vez que veo al argentino feliz, incluso bailamos un poco más tarde, pero en ese primer impulso se sentó junto a mí. Me tiró la típica, que gracias a San Martín nos habíamos independizado y que, por lo tanto, TODO se lo debíamos a ellos. Me declaré ignorante en el tema, de modo que en su celular mostró algunas entradas de Wikipedia que apoyaban su punto. “Argentino penca, leo y leo esta weá y no veo ningún Tinelli, Lamborghini, TVMach o Barbieri, cero vedettes, estos weones de la independencia eran cualquier cosa menos argentinos, charcha culuiao, tienen toda la pinta de ser chilenitos viviendo al otro lado de la cordillera”. Cuando pusieron otra cumbia, se fue a servir más terremoto, mientras yo me intentaba comer a la niña de finanzas. Pero nunca se me da, ahora resulta que ella está pololeando y yo estaba en un estado muy lamentable de embriaguez como para poner en conflicto la institución del pololeo.

Me acosté un sillón después de vomitar. Pude ver clarito como el Mamani reculiao me sacaba 5 lucas del bolsillo de mi chaqueta. Imagino que será de esas licencias que uno se toma cuando se flexibilizan las reglas morales por culpa del alcohol. Como sea, por la sutileza de sus dedos, que tuvieron la consideración de no despertarme, este Mamani es oficialmente chileno. Me llena de orgullo, ahora lo quiero como si fuese mi hijo.

sábado, 2 de septiembre de 2017

La entrada número 200

El encargado de RRHH, argentino, nos obligó a mí y al peruano a cobrar el cheque con él. Un argentino, un chileno y un peruano están haciendo fila a las 8:30 de la mañana. La vida como un chiste. El argentinito no me habla porque siempre le he dicho “el boliviano”, poniendo a prueba su xenofobia. “Che, no soy boliviano, soy argentino”. “Es que tu apellido es boliviano”, le respondo siempre. Y se enoja. Le inventé una historia: alguna vez tuve una polola boliviana con ese mismito apellido. “En volá era un pariente tuyo, onda, tu hermana”, agrego, haciéndome el inocente, y él monta en cólera. El peruano tampoco me habla. Me encuentra poca cosa y además es sordo. A veces me mira y le hablo sólo moviendo los labios, para probar si de verdad es sordo. No me responde nada. Tampoco me responde cuando le hablo de verdad. A los haitianos sí les responde, el problema soy yo. Y el argentino, a él tampoco le habla. A mí ellos dos me caen mal. No me fío de alguien que lleva una vida sin música. Tampoco me fío de alguien que trabaje como recursos humanos. Tampoco me fío del par de haitianos, ni de los bolivianos. En las oficinas de Chile todos somos antagonistas.

Un argentino, un chileno y un peruano hacen fila para cobrar su cheque, pero no se hablan porque son unos taimados. La vida como una sitcom. El chileno le tiene fobia a los silencios que duran más de 10 segundos, entonces se pone a hablar para rellenar, para que el silencio no se coma todo. Parte contando que hace 10 años estaba en el ejército. Un error de cálculo bastante desfavorable lo mandó a Iquique. Contó que le sacaban la chucha día por medio. No los peruanos ni los argentinos ni los militares de planta, sino que los chilenitos mismos, sus colegas en armas, el resto de los soldados, tipos de su edad. Nunca supo muy bien por qué. Unos decían que era por homosexual. Su virginidad era evidente, motivos para pensar que era homosexual. Otros lo inculpaban por ser pituco, ya que no tomaba ni decía garabatos en voz alta. “Che, ¿y qué hiciste?”.

 “No recuerdo qué día, pero sé que fue un poquito antes de las fiestas patrias, cuando me emborraché por primera vez. Hice de eso una ética. Con el tiempo terminé siendo una especie de deidad para algunos flaites. De hecho, cuando entré a la U pensaron que era un flaite. Nunca me quedó claro muy bien qué soy: un flaite que se aburguesó o un burgués que se aflaitó”. Esto ocurrió el 2007. Este mes se deberían cumplir 10 años de “eso”. Me dio mucha pena de pronto y algunas lágrimas se me escaparon, en silencio, haciendo la fila para el banco con un argentino xenófobo y un peruano canalla. Recordé las canciones de mi mamá, esas que me cantaba cuando me despertaba para ir al jardín. Lloré por un minuto más o menos. El argentino con un gesto fugaz se limpió una lágrima que venía de algún lugar remoto de su rostro y dijo: “Che, para que te lo creas, no se lo había dicho a nadie, pero mi abuela materna es boliviana”. Me mentía, pero en secreto agradecí el gesto. Quedó de invitarnos a mí y a toda la bodega a un asado el jueves. ¿Qué cosa lo habrá conmovido? No lo sé.

Sigo ebrio. La vida como una rueda que pasa varias veces por la misma piedra, como una moneda de 365 lados. La moraleja de esta historia: tampoco confíes en los sordos.Todos estamos sordos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Seré el nuevo inquisidor

Llevo una semana solo y durante este tiempo he hablado mucho conmigo mismo sobre un tema. Así, concluí algo radical: me despojaré de mi sexo, amputaré cualquier signo de libido, convirtiéndome en un caracol, en un molusco asexuado, huraño y eunuco, totalmente aséptico, higiénico, sin olor, translúcido e insípido. ¿Por qué? Porque siempre pienso en culiar. Y siempre que pienso en culiar termino cagándola, rompiendo cañerías que mojan a personas que no se lo merecen, exponiéndome al ridículo. Pero ya basta de ser una vergüenza imperdonable. Desde ahora seré el cuerpo plástico y frío de una muñeca. Pisé la trampa del neo puritanismo, me convencieron. A la hoguera lxs que vandalicen el amor manchándolo con los fluidos de una cachita. Censura para quienes hablen del sexo como si se tratase de una autopsia. Olvido para los poetas pornográficos. Ay de quién diga "culear". Ante ustedes está el nuevo acólito de la inquisición.

sábado, 29 de julio de 2017

La mujer rota



En mi casa hablábamos sobre mal entendidos que derivaban en lecturas de importante calibre. Como todo estudiante flojo, comenté que en varias ocasiones entendí pésimamente los libros que me obligaron a leer en el colegio, pero que el resultado no siempre fue tan malo. Por ejemplo, leí Alsino bajo total distracción y, en parte por ignorancia y en parte por enfrentarme a un nombre nada binario, entendí que uno de los personajes llamado Abigail era un hombre; lo imaginé calvo, ya mayor, Abigail es nombre de caballero y se notaba que le tenía ganas al protagonista. En la prueba me desayuné con el hecho de que se trató todo el tiempo de una mujer, cuestión totalmente decepcionante, pues la trama gay era mucho mejor. Una de las invitadas dijo que deliraba cuando iba a la panadería y alguien decía “¡qué fresco es el pan!”, “siento húmero el pan”, “el pan está calentito”. Primero se imaginaba hallullas y marraquetas de buena calidad, pero luego de perder parte de su ignorancia (o inocencia), no podía evitar imaginar al dios Pan tentando a los humanos, tan cochino como siempre, húmedo, caliente y duro. Yo conté el cómico esfuerzo que levanté por inventarme una mitología personal en torno a la Fortuna, su rueda, la diosa. En ese tiempo, en cuanto leí el título ‘La Mujer Rota’ entendí ese ‘rota’ como un verbo, onda, la mujer que rota, que gira, o sea, la Fortuna. Leí el libro y para mí tuvo más sentido que el adjetivo del sentido original. Me enteré de mi error ya en la universidad, conversando con mis compañeros. En esto me apoyó una, dijo que su primera impresión ante ese título fue clasista, del tipo "la mujer rasca". Obviamente era un libro facho, agregó. Otra de ellas, la más severa, dijo que cuando joven vio la foto solemne y extraterrestre de Joseph Goebels acompañad de esas clásicas líneas que se le adjudican “miente, miente, que algo quedará”. Por su foto en blanco y negro, evidentemente se trataba de un escritor y su frase obviamente era un consejo literario. Cuando reparó en su error (viendo el History Chanel), ya era tarde, pues ya era una mentirosa afilada y durante un año escribió bajo el perturbante pseudónimo de Eugenio del Alba. La otra chica, la cínica, dijo que estuvo buscando por tres semanas el libro “El Hoy”, que fue encomendado por su profesor. Se sintió pasada a llevar cuando descubrió que era “Eloy”, pero se sintió peor cuando terminó ese libro, que nada tenía que ver con el hoy. Se fueron sobrias y estoy seguro de que una de ellas me robó un par de calcetines. No me dieron tiempo de preguntarles por lo del trío. Igual hubiesen dicho que no.

sábado, 15 de julio de 2017

Nieve


Anoche llamó mi hermana. Estaba llorando. Dijo que su gata había escapado y que llevaban horas buscándola, sin novedades. Llamó otra vez en la mañana. Encontraron su cuerpo bajo un arbusto, lejos de la casa. Al parecer murió de frío. La fuimos a enterrar al cerro: aún había nieve, un buen paisaje. Caminando de vuelta me dijo que, a pesar del frío y de la muerte, el cadáver de la gata aun tenía pulgas cuando lo recogió. Confesó que eso le dio risa. “No hay respeto en la naturaleza”, dijo, como si contara un chiste. Es la primera vez que me dice algo que delata su falta de inocencia. Ahora en mi casa, pienso que quizás ya no sea virgen. Hoy en la noche habrá temperaturas bajo cero. Iré a la Blondi.

martes, 4 de julio de 2017

Itaú

Yo, que soy un conchetumare con tilde en todas sus vocales, el comic sans de la wea, sé reconocer el potencial cuando lo veo. En el boxeo, los golpes más espectaculares vienen desde abajo ¿Qué motiva que una persona común y corriente haga cosas espectaculares? Algo metafóricamente similar. Por ejemplo, las bicicletas Itaú son feas y malas. Vienen con defectos, chillan al frenar, son lentas, naranjas, toscas y pesadas. Eso provoca que sus usuarios se esfuercen el triple, convirtiéndolos en unos arrojados. No hay respeto en el mundo de las Itaú. No hay tregua. Con esa bicicleta horrible no hay espacio para la prudencia, te conviertes en una bestia que no respeta ni las leyes del tránsito más básicas, como el sentido de las calles o el color rojo de los semáforos. Todo motivado por el complejo de inferioridad que les otorga este feo vehículo.

Así soy yo. La bicicleta Itaú del blog, de la literatura, de la vida.

sábado, 17 de junio de 2017

A 10 años de la partida del Ilustre Enrique Campos Menéndez

El otro día se cumplieron 10 años de la muerte de Enrique Campos Menéndez, el escritor. A mí no me sonaba, llegué a él por accidente. Algunos indican que fue excomulgado de las letras chilenas cuando le robó el premio nacional a Donoso, galardón que parece haber obtenido por influencia de Pinochet. Parece que fue un pésimo escritor. Lo supuse porque en internet hay pocas referencias críticas de sus libros. Al principio, pensé que este silencio se debía a que su labor de asesor cultural del dictador eclipsaba su obra literaria, así que me armé de café y me leí algunas de sus publicaciones que hay en Memoria Chilena, pensando lo típico, que la mordaza que le pusieron fue injusta y que estaba desenterrando una reliquia. Error. Digamos que no me gustó su literatura. Es una prosa ampulosa, aunque lo importante es la evidente ausencia de humor que hay en sus escritos. Decepcionante, pues esperaba encontrarme con un compadre cáustico.

Sentí mucha simpatía con este ejercicio de nigromancia. De hecho, con la lectura de su autobiografía sentí algo capital. En ella hay varios pasajes en donde reflexiona sobre el arte de escribir y sobre la figura del escritor, validando a cada rato sus dotes para este baile. Suelta una apreciación clasicista de lo que es el escritor, algo anacrónico y totalmente ridículo si pensamos que fue escrito al final de los 70’, con máximas como esta: “Ser escritor exige certeza, ansia de saber y un desvelo continuo de perfección”. Luego, hay varios momentos en que deja bastante claro que está apuntando al Olimpo de la memoria, acción que esculpe con trágica seriedad:

“Lo serio, mis amigos, son los libros. Esa es la verdadera palestra del escritor. El cauce natural de su expresión. La huella permanente de su inquietud y de su tránsito”.

Por lo mismo, su orgullo dolido estuvo a punto de autoaniquilarse cuando confiesa haber perdido un concurso literario, de cierto renombre, que se llevó a cabo en Argentina. Según cuenta, antes de saber el fallo del jurado, ya tenía la champaña lista para explotar. Quizás hasta pensó palabras modestas con qué sopesar el pudor y la fama que acompañan a la victoria. Pero bueno, no ganó. Él se lo adjudica a la desventaja de su nacionalidad chilena en un certamen extranjero. Pero la derrota lo hizo reflexionar sobre la agudeza de su arte. Quizás no era tan bueno como pensó, confiesa. Su ánimo cambia cuando se entrevista con uno de los miembros del jurado. Éste le cuenta que había mandado a imprimir su libro en braile y que, oh musas, era el libro que los ciegos más solicitaban. Enrique Campos Menéndez lo cuenta con orgullo, como evidencia de que su derrota no fue la más justa, pero leyéndolo acostado en mi cama resuena como una gran broma. Su carrera literaria es una broma. Es un chiste, porque sus esfuerzos se concentraron en ser imperecedero y su esforzada pirueta parece haberlo convertido en lo contrario, en un olvidado más. Al respecto dice algo rico en humor, aunque sin querer, me temo, como esas jirafas recién nacidas:

“No me cuesta improvisar; pero es un género ingrato, que deja poco o nada en los anales literarios y menos que nada en la memoria de los oyentes. El aplauso no es buena compañía y los que se respaldan en ese halago se apoyan en el vacío”.

Me reí satisfecho, como si luego de pegarle un paipe escondiera la mano y mi fechoría quedara impune. Luego recapacité ¿Habla de los aplausos o de los likes? Mientras otros muertos llenan las librerías con su legado, este tipo se encuentra encerrado en una pieza oscura y helada, en donde nada se escucha y donde nada se ve. No está sólo, con él están todos los escritores que se han extraviado en estos dos mis años de historia. Entonces mi risa se intensificó, pero se transformó en reflejo de congoja, de susto, una risa pícara, esa mismita risa que lanzas cuando te ves al espejo y descubres que estás viejo y que luces feo. Seamos sinceros: voy derechito a esa oscuridad. Pero ustedes también. No habrá tragedia detrás de ese paseo, ningún rastro de seriedad ni de alto espíritu. Yo llegaré a esa habitación muerto de la risa y veré que Enrique Campos Menéndez se ríe también, desde el principio. “El sol se apagará”, decía Bolaño cuando le preguntaban por la inmortalidad, argumentando que daba lo mismo ser Anagrama o ser un bloguero anónimo de la red. Enrique Campos Menéndez, el mal escritor, el fome, se ríe porque el escritor más leído del planeta también terminará ahí con él, es cosa de tiempo ¿Llegará riéndose? Por supuesto que no, jaja.

lunes, 5 de junio de 2017

Estafa

El evangélico de mi jefe nos regaló unas Moleskines. No sé cómo habrá llegado a esa decisión, pero quedé encantado, sobre todo porque venían con ticket de cambio. A diferencia de mí, los haitianos y el peruano consideraron que esas libretas eran un mal regalo. Ofrecí comprárselas. A cada uno le di tres lucas. En la librería, ese modelo estaba a veinte... Hoy fui con las cuatro libretas a dicha librería. Las cambié por ochenta lucas en libros. ¿Se considera estafa? Sí. ¿Por qué? Porque no puede ser que con ochentamil pesos sólo alcancen 6 libros. ¿El culpable?: Anagrama. ¿La víctima?: El Sémola.

jueves, 18 de mayo de 2017

Snuff

No es realmente difícil hablar con una mujer, tomar la iniciativa. Tampoco es tan complicado lograr avances, es cosa de paciencia y puntería. Por el contrario, sí es difícil terminar con ella, decirle que ya no la quieres como al principio, que estás dispuesto a olvidar su cara. Lo haces sabiendo que trizarás su espíritu. Sabiendo que los recuerdos que acumuló con tu nombre volverán como estampida durante la noche. Aun así la dejas y te sientes un genocida, la bestia humana, pues no importa lo sensatas que sean tus razones, nada se comparará con el monumento de su tristeza, con su sueño aniquilado. Se mirará llorando al espejo y se preguntará qué hizo mal, qué hizo mal. Recordará rupturas anteriores y mentalmente construirá un mapa de su dolor, otra vez. Ahora recuerdo con amargura cuando tiempo atrás estuvo a punto de decir “te amo”. ¿Habrá callado por prudencia instintiva? ¿Por miedo? Hoy le dije que ya no la quería y momentos después, aun mirándonos, un relámpago cruzó el cielo y comenzó a granizar. Fuimos protagonistas de una película snuff, otra vez.

lunes, 8 de mayo de 2017

Marcalibros


Conocí a una mujer. Tenía una biblioteca en crecimiento, con títulos que yo no conocía, la mayoría en inglés. Me sorprendió ver que cada uno tenía un marcalibros en él, uno para cada libro, incluso dentro de aquellos que aún no había leído. Le pregunté el porqué y me respondió que el marcalibros era tan importante como el libro. Un amuleto, una brújula. Con miedo le pregunté por sus gustos literarios y me respondió que le gustaba “de todo un poco”. Le dije que fuera más específica, pero me cortó mostrándo algunos marcalibros. No he vuelto a hablar con ella.

Actitud totalmente contraria tenía mi amiga Zapato Nuevo. Ella memorizaba la página y la línea en la que quedaba, luego cerraba el libro sin ningún tipo de asco. Esta acción podía mantenerla durante la lectura paralela de 2 o 3 libros. Para ella, los marcalibros eran basura por reciclar. Con pudor le pregunté por sus gustos literarios y terminamos culeando por horas (minutos, más bien, culpa mía). “Hay que perder el miedo a cerrar el libro; ni que en él se escondieran grandes secretos, es sólo un libro”. Siempre hablamos de literatura, aunque, más que hablar, me dedico a escucharla.

El Baraja, fiel a su actitud competitiva, me comenta que es mil veces mejor que Zapatito Nuevo: “Si yo abro un libro es porque lo terminaré”. No marca páginas, según él, porque no se interrumpe. Como un cometa, no para hasta estrellarse contra el final. Le pregunté cuál fue el último que leyó y me dice que no lo recuerda, que era menor de edad. Ahora sólo lee cosas por internet, noticias, columnas, ese tipo de cuestiones. Párrafos sin páginas. Cartas, el horóscopo, esas cosas.

El Pecas me preguntó qué era un marcalibros.

Diego Vega comenta que en su retirada vida de anacoreta en Concepción marca los libros con boletos de micro, argumentando que allá aún se mantiene esa tradición (que las micros den boletos). Le digo que, por lo visto, sólo podría leer en ciudades que manejen boletos… Me increpa diciendo que todo eso son mistonguerías, que el verdadero lector no marca las páginas, simplemente abre el libro al azar y lee furiosamente para el divertimento propio y universal. Piensa: “se acabó ese circo de fingir que uno entiende a los otros, qué farsa más absurda, me hierve, estamos solos, por la chucha, entienda algo”, pero en lugar de eso, acota: “el sueño del pibe” y le da un sorbo a su mate.

El bloguero Maximiliano confiesa que posee la colección más grande de marcalibros de todo Puente Alto, pero eso no le impide pensar que son una ridiculez. Apoya esta afirmación el hecho de que sólo utiliza un par de esos marcadores para todas sus lecturas, dejando al resto en paz. Su marcador favorito es una paradoja: se trata de una delgada lámina de mica transparente con pétalos secos en su interior; no sirve de nada, porque sólo le entrega una coordenada aproximada de dónde realmente se ubicó la marcación. “Me veo obligado a doblar las páginas”, pero en secreto marca las páginas con sangre, lágrimas y saliva, como si fuera el último lector del mundo leyendo el último libro.

La bloguera Gisela dice ocupar banderas. Le pregunto si son esos papelitos con un color por un polo y un segmento transparente por el otro. Me responde afirmativamente. ¿Los post-it? Pregunto para confirmar, pero me silencia. Me dice que son banderas “como las que una pone cuando escala el Everest; la dejas hasta donde llegaste, para marcar el territorio, y luego la siguiente y así…”. Le pregunto si ocupa una por cada vez que deja una lectura inconclusa y me mira ofendida. “Obvio”, responde, “así cualquiera que retome el libro podrá seguir su conquista”. Le consulto si compra muy frecuentemente esas banderitas y me responde, con un poco de soberbia, que se las roba cada vez que puede, tal como el tercio que se roba el estandarte del enemigo como símbolo de victoria. “El enemigo son los supermercados”, masculla.
Morong no quiso responderme. Debe tener mejores cosas que hacer. Recemos porque esté estudiando. Riforfo ya habló de esto. Dijo que en la península se marcan los libros con billetes de 500 euros.

sábado, 29 de abril de 2017

Esquirla de choripán


“Por otro lado, parte del éxito del libro Rayuela se debe a lo legendario de su significante: R A Y U E L A. Suena como si un relámpago iluminara un lago o un glacial. Es un nombre perfecto y ahí radica su problema, porque el título termina comiéndose a la historia. Si el mismo libro (con los mismos personajes, la misma historia y el mismo desorden) se hubiese escrito en Chile, otro gallo cantaría, pues el nombre de ese mamotreto habría sido Luche. Y los editores, para no confundir al público con el subjuntivo o el imperativo del verbo luchar, lo hubiesen cambiado a El Luche, apagando cualquier tentativa dramática dentro de su título. El Luche no se habría acercado al éxito que tuvo Rayuela, pero indudablemente sería un mejor libro, porque se presentaría sin caretas y nada te obligaría a leerlo con cariño o condescendencia. En ese universo paralelo, la Maga habría sido conocida como la mujer impotente y subyugada que fue y Oliveira, por otro lado, como un gran conchetumre”. El anterior fue un fragmento de mi primera novela “Devuélvanme los choripanes”.


lunes, 24 de abril de 2017

Temblor grado 6.9

Les contaré lo que me pasó hoy durante el sismo. Cerca de las 18:30 iba camino a la casa de mi mamá, en mi bicicleta, mi gran bicicleta, que es de color negro brillante con un cuadro de acero sin marca visible, sin cambios y sin suerte; es así porque está hecha con las partes de otras bicicletas que no lograron llegar hasta el final, es un híbrido de todos los espermatozoides deformes y flojos que murieron lejos de su meta: mi bicicleta es su revancha, una bestia nacida de sus cadáveres, mi fiel Guachalomo, capaz de soportar las más absurdas piruetas del ciclista torpe e irresponsable que me tocó ser. Máquina de rabia. Juguete de Satanás. El terror de los semáforos. Black Guachalomo. Quedará en la historia ese día en que no alcanzaste a frenar y reventamos el vidrio trasero de una camioneta que manejaba un pituco. Huimos sin sacudirnos las esquirlas, mientras el rubio nos intentaba atropellar, pero no lo logró, porque imprudentemente nos pasamos un rojo y nos metimos en el sentido contrario de una calle, “hasta nunca, roto”, le grité y el resto del día pasamos moviéndonos paranoicamente por Santiago, huyendo de todo hacia no sé dónde. Mi Black Guachalomo, al principio te odiaba porque me obligabas a hacer ejercicio y porque te pinchabas dos veces por semana y porque crujías como casa embrujada, sigues haciendo todo esto y estoy seguro de que, en fondo, te sigo odiando, maldita bicicleta de mierda, pero juntos odiamos con todo nuestro ímpetu al transporte público, sentimiento que nos une y nos da fuerzas, sentimiento que nos vuelve huracán en este gran vertedero llamado Santiago.

domingo, 9 de abril de 2017

Vocación ecuménica

Al principio era católico. Iba a misa e hice la catequesis. No aprendí nada. Seguí siendo católico, pero después de ver Jesús de Nazaret comencé a creer en Dios (confundí a Jesús con Dios). Empecé la confirmación, pero me aburrió pronto. No estaba dispuesto a sacrificar mis sábados. En esos tiempos prefería gastar mis fines de semana dibujando animales inventados mientras veía tele. Dejé de asistir a misa. Después dejé de ser católico y me volví testigo de Jehová. Lo hice porque me gustaba una compañera que era testigo de Jehová. Fui al Salón por cinco meses, acompañándola. Nunca pasó nada entre nosotros. Después me volví evangélico. Lo hice para andar con terno. Me salí cuando supe que sólo se podían vestir camisas de un sólo color. Y que ese color no podía ser ni negro ni rojo ni burdeo. Eso no es vida, me dije. Pensé en volverme mormón, pero terminé siendo anarquista. Lo hice porque tenía una compañera que era anarquista. A ella sí le agarré un pecho, pero fue sin querer. Dejé de creer en Dios tiempo después y también dejé de ser anarquista cuando noté que había que leer mucho. Después descubrí que en realidad era ateo. Dejé de serlo cuando supe que no era una religión. Entonces volví a ser católico. Me acomodaba, era cosa de disculparse y yo soy buenísimo disculpándome. Soy capaz de disculparme 14 veces por minuto. En mi caso, es lo más cercano a un don. No volví más a misa, pero siendo católico le conté alguna de mis aventuras al cura. El cura se espantó. Yo me espanté. Hoy, aunque mi abuela sostenga orgullosa que somos cristianos viejos, confieso que soy satanista. Creo en Dios, pero tenemos diferencias de opinión. Desacuerdos tensos. La mayoría tiene que ver con su sentido del humor. Debe ser porque es mormón.

martes, 4 de abril de 2017

Luna menguante


El atuendo que usan las mujeres para ir a la feria es perfecto. Cargan con la flojera matutina, ostentando una serie de elementos (como el aroma o el calor de la cama) que me sugieren su pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y su cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Y todas llegan a la misma conclusión, porque todas terminan vistiendo más o menos parecido, entre la holgura de un pijama y la performance del buzo. Es más tentador que la ropa diseñada para tentar.
Eso imaginaba mientras decidía qué empanada comprar en la feria de Parque Almagro. “De queso, de pino y ají”, me dijo. Yo quería una de pino, pero su oración no me dejaba claro el relleno del menú. “Perdón ¿de qué son?”, le pregunté. Me miró un poco molesta. “De queso, de pino y ají”, repitió. No entendía si las de pino eran distintas de las de ají. ¿Eran de pino con ají o de pino y, además, de ají?
a)     Queso + (Pino x Ají).
b)    Queso + Pino + Ají.
Yo no quería con ají ni con queso, aunque siendo fiel a mi pesimismo, podría haber otra alternativa absoluta:
c)     (Queso x Pino x Ají)
Pero daba lo mismo, porque no razoné mucho ante su oferta. Además del problema matemático, la ligereza de su ropa y la briza dominguera confabularon para correr parte de su vestido, descubriendo así uno de sus pezones. No entero, nadie tiene la Suerte de ver un pezón entero por voluntad del viento, sólo reveló su perímetro, entrando importantemente hacia el centro, sin mostrarlo en su totalidad. Una luna menguante.

Si ella supiera que ese atisbo de pezón es lo mejor que me ha pasado esta semana, por lástima me mostraría la pechuga entera, corriendo el peligro de que eso se transforme en lo mejor de mi vida. “Amiga, disculpa, es que mejor tápate porque se te escapa una antena”. Le hice el gesto con la mano. Soltó una fuerte carcajada y se acomodó el sostén, asegurando el tesoro. Ya oculta la luna, mi mente engranó: nadie hace empanas sólo con ají; obviamente son productos distintos. “Deme una de pino, amiga”. La pagué entre risas y me fui a sentar a una banquita. 
Por supuesto que era de Ají, debió confundirse por el momento incómodo. Pero no importó, porque tras de mí venía ella. Se sentó a mi lado y hablamos toda la tarde. El resto de la historia transcurre en una pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y un cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Mi cuerpo. En mi pieza. Solo.

viernes, 17 de marzo de 2017

Las penas del joven Werther

Yo le pediría condones. Ella respondería con la pregunta “¿cuáles quieres?”. Unos Werther, diría yo. “¿Cuáles son esos?”. Los ultrasensibles, le respondería. Reiríamos. Talla buena e inteligente. La invitaría a tomar un café y el resto es sexo, porque obviamente uno se compra condones para usarlos en eso, en relaciones sexuales con la joven de la farmacia. ¿Se dice farmacéutica o simplemente es una vendedora? El punto es que la amo.


Con ese plan en la cabeza me acerqué. “¿Me da condones?”, pero me respondió de la peor manera. “¿De qué tamaño?”, inquirió. Su pregunta me hizo perder el equilibrio. Es del tipo de cuestiones que te dejan pilucho. De qué tamaño. Primero pensé que me lo preguntaba por puro protocolo. Después imaginé que lo hizo por interés personal, ya que no es la primera vez que vengo a coquetearle. Después pensé que lo preguntaba como ataque, para incomodarme. Me quedé con esta última hipótesis, digo, para seguirle el juego. En esa línea pensé responderle algo que fuera igual de agudo, para que cachara con quién se medía, con el Sémola, no cualquier gancho. De qué tamaño. ¿Qué responder? Si decía “obvio que gigantesco, pues ese es mi tamaño de pene erecto” no haría falta mucho esfuerzo para ver que me queda más ajustada una bolsa de basura. Si decía “los más chicos del mercado”, perdería todo interés. Si decía “normales”, obviamente pensaría que hice un estudio de campo comparando mi querida pichula con la del resto, o que me la he medido un sinfín de veces para verificar que estoy dentro del promedio, cuestiones que claramente avalan una falta de seguridad propulsada por una importante cantidad de horas viendo pornografía (lo anterior sí lo he hecho, el punto es que ella no sepa). De qué tamaño. Y cuando una trucha no puede con la corriente, nada atrás de sus camaradas, de sus maestros. Qué diría Han Solo. Qué diría Hank Moody. Qué diría Tito Fernández. Y me llegó la iluminación. Respuesta aguda, ingeniosa, inteligente y chistosa. Respuesta pícara, en suma. Le respondí “no sé, averigüémoslo, po”. Así, esperando una respuesta equivalente al nirvana, pero me devolvió una mirada de extrema incomodidad. “Me refiero a si quieres el paquete de 3 o de 6”. Hirviendo de vergüenza pedí el paquete de tres, pagué y me fui sin emitir palabra alguna. Qué pésima la elección de sus palabras, por la chucha, se pregunta por cantidad, no por tamaño. Llámenme sensible o ultrasensible, pero yo no podría estar con alguien como ella. Las perdió todas conmigo. Seguiré en lo de la pornografía, no me queda de otras.

jueves, 23 de febrero de 2017

Sobre el vacío y la nueva teología

Sobre el impacto del último descubrimiento astronómico, el escritor Francisco Ortega escribió un estado:

«"Oye, pero si no han encontrado vida, no inventemos. Son planetas girando alrededor de una estrella. Sólo eso" / ¿SÓLO ESO CTM? /// Por Rao que son fomes, perdieron la capacidad de soñar, de imaginar, de aventurar, de querer descubrir… Parece que les faltó Mampato y Julio Verne en sus infancias. Que pena” ».

Más de 300 likes. 25 veces compartido. En los comentarios se apoya la misma idea, esa de adjudicarle una enfermiza carencia de imaginación a quien no se emocione con el descubrimiento; misma suerte corre aquel que no vincule el nuevo sistema con la comprobación de vida en otros planetas. Claro queda que imaginar algo remotamente contrario ni siquiera es imaginar, es sólo el tartamudeo de un obtuso.


Y acá vengo yo: pensar que hay vida fuera de la Tierra es un ejercicio estadístico basado en la inmensidad del universo. Por lo tanto, imaginar que hay vida en otros planetas no requiere mucho esfuerzo. Es re fácil, considerando las probabilidades y lo recurrente del tema en la ciencia ficción. Pero tener la soberbia de pensar que estamos absolutamente solos en esta noche sin forma, a pesar de las millones de galaxias y de los miles de millones de plantes es, a mi juicio, un acto imaginativo mucho más tremendo y notablemente más vandálico. Por un asunto estético me inclino por esta teoría absurda y antropocéntrica, más bella y triste que la otra. Pensar la soledad eterna también es soñar (aunque una pesadilla) y también es viajar (aunque sin rumbo).

martes, 7 de febrero de 2017

Diez disparos al suicida

A continuación, una lista de mis 10 géneros literarios favoritos.

Mi primer género literario favorito son las contraportadas. Jugadas y breves, es el antecedente del blog y sus entradas.

Mi segundo género literario favorito son las precisiones técnicas durante el culeo. Más despacio. Dale, así. No todavía. Con la lengua. Es la primera brújula de la humanidad.

Mi tercer género literario favorito son las notas al pie. Es como cuando un alguien del público dice algo mortalmente interesante durante una obra de teatro. Lo escuchas, lo celebras y vuelves a la obra.

Mi cuarto género literario favorito son las conversaciones imaginarias que nunca tuviste. Esperanza: quizás en algún universo paralelo yo no soy un perdedor.

Mi quinto género literario favorito son esas canciones que inventas mientras haces alguna labor aburrida. “Con mis lágrimas este vaso lavaré, lavaré”. Aún nos queda esclavitud en las venas.

MI sexto género literario favorito son los comentarios de los usuarios en los videos porno. Nada más sincero que alguien buscando camaradería. Nada de tabúes, sólo obscenidad.

Mi séptimo género literario favorito son las mentiras que le dices a tu madre para tener más permiso. Aun no termino la disertación, mamá, me demoraré otro par de años en volver a la U.

Mi octavo género literario favorito son las faltas de ortografía y solecismos en las cartas de los suicidas. Porque al final, la formalidad es para burguesitos. Lo único que importa es la sangre.

Mi noveno género literario favorito son las etiquetas de los vinos. Nunca se había escrito tanto sobre una fruta. Leer luego de beber; cuenta como letanía.


Mi décimo género literario favorito son las palabras que salen cuando cantas una canción en inglés, pero sin conocer ese idioma. Lo importante es el significante. Lo único que importa es la sangre.

domingo, 29 de enero de 2017

Extinguiendo burros y llamas

Veo a mis amigos hablar de temas sueltos, desprovistos de cualquier hilo conductor, de toda contingencia, con giros cercanos a la esquizofrenia; me veo a mí mismo participando hombro con hombro de esa orgía temática sin ojos ni boca (bailo bien entre ellos); recuerdo a mi papá que en un arranque de sinceridad (borrachera) me dijo que si seguía estos pasos (los que sigo dando ahora) terminaría desapareciendo y, por desaparecer, se refería a que nunca tendré hijos. “Entonces mi fracaso será tu fracaso”, debí responderle, porque claramente no tendrá nietos, su historia termina en mí, “no habrá más sujetos como tú”, pude decir, pero durante esa conversación me puse a jugar con un cuerito que tenía en el dedo gordo y no le respondí nada.


Hace poco me enteré que los burros están en extinción. Es más económico mantener maquinaria de trabajo que a un burrito, entonces lo descuidaron y dejó de reproducirse y ahora está en números rojos. En México, por ejemplo, pasaron de varios millones a unos quinientos mil en menos de un decenio. El animal que llevó a Sancho y a Jesús en su lomo está desapareciendo. Pero, aunque deje de caminar por el monte, el burro no se irá. Por ejemplo, recuerdo que un tourette visitó una vez a la Doctora Polo. Entre todas las barbaridades que suelen decir, gritó “burro” un par de veces. Funcionaba como grosería. Si desaparecen todos los libros de la tierra, el burro seguirá viviendo como una palabra. Y no cualquier palabra, sino que será un insulto (la mejor clase de palabra). Es lo más cercano a la inmortalidad. ¿Algún día alguien dirá “Sémola” como garabato? Mis amigos dicen “pasó un Sémola” cuando, por Suerte, ocurren dos cosas malas y una muy buena. En verdad nunca lo han dicho, pero sería lindo. Ellos deben tener sus propias aspiraciones para no desaparecer, aunque sean igual de inútiles que la mía. Una declaración de principios escrita con lápiz mina. Da igual, si es con la finalidad de clausurar esta progenie. A diferencia del burro, que merece quedarse en carne y espíritu, nosotros somos un lastre, no los músculos que lo arrastran; veo al Pecas, mi amigo, y tiene la mirada de los típicos conchetumares que bajan la producción nacional y que aumentan los índices de cesantía. Un buen chato. Antes de irme arrasaré todo lo que pueda haciendo esto que hago, aumentando los índices de cesantía y boicoteando la producción nacional con mi flojera. Ser un lastre como forma de hacer política. La flojera como lucha (o como proyecto de lucha). Hoy, queridos, tengo el mismo color político que un incendio.


sábado, 14 de enero de 2017

#Cémola

Se supone que es política de Starbucks escribir mal la gran mayoría de los nombres en sus vasos. Estarás tan indignado que subirás una foto del error, reclamando: “Increíble la ortografía de la gente. Qué mal sabor tiene el frapuccino cuando está mal escrito tu nombre #enojo #cemola #eduaciondepinochet”. Y así, gratis, estarás subiendo una foto que publicita la marca ¿Quién es el güeón? ¿Ah?

Esos lectores que publican estados atacando a la “mala” literatura ¿caen en el mismo juego? ¿Le importará a Cohelo lo que pienses de sus libros? Creo que no. “Es publicidad gratis”, respondió Isabel Allende cuando pasó lo de Bolaño. Cayeron redonditos ante una estrategia canalla y efectiva. Las obejas negras siguen siendo obejas.


Nunca usaría esos trucos tan cochinos.

jueves, 12 de enero de 2017

De la meritocracia

Lo escucho y pienso que aceptar sería, quizás, una contradicción muy grande como para dejarla pasar por el lado, cuestión que acostumbro a hacer con mis contradicciones, que son muchas (más de 35). Yo, que rezo todos los días para que pronto llegue el fin de este mundo canalla, no para estar más cerca de la vida eterna, sino para no volver a este lugar. Yo, que vengo a bogar todos los días a esta galera maldita con la esperanza de anestesiarme pronto, para que deje de dolerme. Yo, el Sémola, quien alguna vez luchó por ser el engrane que quebraría esta máquina maldita. A mí, a ese sujeto, el de los 40 atrasos seguidos, el que apostó las llaves de su casa, le están ofreciendo un ascenso en el trabajo. Jefe de bodega, que es como decir "emperador del planeta".

Luego de la misteriosa desaparición del jefe de bodega (tengo la corazonada de que está muerto. O en Suecia, es lo mismo), quedó una vacante. Semolita, pienso que harías un excelente trabajo como jefe de bodega, ya conoces todas las mañas y sabes ocupar Excel, piénsalo, me dijo. Por conocer todas las mañas, se refiere a que sé dónde se guardan los lápices y las fichas. Por saber ocupar el Excel, se refiere a que puedo diferenciar su ícono del resto, además de que soy un experto haciéndole doble click. El resto del día estoy en Paint.


La inutilidad que manifiesto día a día es invisible para mi jefe, pues tiene que elegir entre el Sémola y tres extranjeros. Odia a los extranjeros. Son dos haitianos que lo único que saben decir bien en español es “tula grande” (yo se los enseñé, aún no saben qué significa) y un peruano sordo, a quien apodamos “Tula grande” (él no sabe que le decimos así). Éste último es el único que trabaja, pero no sé muy bien en qué, si la única cosa que hay que hacer es apilar cajas y llenar sus respectivas fichas antes de que las saquen. Eso último lo hago yo. Llegan dos veces a la semana, las cajas, el resto es Paint. De hecho, para que la pega se haga bien bastaría con el peruano y otro más, pero he intentado guardar el secreto, porque de eso depende mi pega y mi libertad para leer en los horarios de trabajo. Ganaré 40 lucas más, lo que en mi mundo es una tesoro porque, si soy precavido, puedo comer una semana con 10 mil y con el resto puedo seguir haciendo apuestas güevonas con los haitianos. Si lo ponen en resumen, seré un tipo sin atributos al mando de gente que no entiende qué pasa. Seré Piñera.