martes, 29 de noviembre de 2016

FORTVNA IMPERATRIX MUNDI


Me despedí cordialmente de dos jóvenes que se bajaban del ascensor. Una despedida tan protocolar como el saludo que uno dispara al entrar. “Suerte”, les dije, costumbre religiosa que arrastro hace rato. Al bajarse, uno de los chicos se gira y me increpa “no se desea suerte, se desea Éxito”. Las puertas se cerraron y yo continué mi ascenso. No es la primera vez que me dicen eso, que es mala educación desear Suerte. Pero se olvidan que el éxito, lo mismo que la derrota, es un asunto de perspectiva.

“La suerte se la hace uno mismo”, rezan algunas personas, exhibiendo la misma soberbia que se quiebra cuando la Fortuna viene a cobrarse, porque, siguiendo lo que dijo El Practicante en su última entrada, a todos nos tocará, incluso a aquellos más sólidos y preparados: todos dormimos bajo la misma espada de Damocles. El ascensor se caerá con nosotros, el cáncer se llevará a nuestros padres, un auto nos quitará el don de la caminata, un meteoro extinguirá todas las plantas, una caída mató a Leonard Cohen, etc.

La Fortuna gira sin que importen mucho nuestros sentimientos, mujer voluble y tincada, poderosísima. No por nada cuando el cristianismo estaba en la cúspide, se continuaba diciendo que la Fortuna era la Emperatriz del Mundo, porque, por mucha fe que se tuviese, la contradicción entre el Dios Clásico y la realidad quemante, más barroca que simétrica, era evidente. Y ¿qué es más barroco que una mujer? Cierro con un famosísimo pasaje del Quijote, con Sancho dando clases, como siempre.

“Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había caído y dijo:

   ¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas, aquí se escurecieron mis hazañas, aquí finalmente cayó mi ventura para jamás levantarse!

Oyendo lo cual Sancho, dijo:

   Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo, que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a pie no estoy triste, porque he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza".


(Casi como un círculo, como una rueda, que tiene 360 grados, uno tras otro, un año muere y vuelve a nacer en 365 días, uno tras otro. Nadie dijo que la Fortuna era una rueda perfecta…)

viernes, 25 de noviembre de 2016

Delirium Tremens

Se suele decir que los santiaguinos somos unos alaracos. No saben lo que me esfuerzo por reforzar ese estereotipo. Siempre me invento enfermedades, porque tener buena salud no va muy bien con esto que hago, con esto que intento, mi performance de vida. Por ejemplo, hace dos semanas soñé que me abducían los extraterrestres; me inoculaban un feto que terminaba gestándose en mi hígado. Luego lo extirpaban y veía con horror lo mucho que se parecía a mí. Desperté deprimido y paranoico. ¡Ts!, me dije, la enfermedad de esta semana será depresión posparto. Fue lo peor que me ha pasado, lejos.

Esta semana fue el dolor de muelas. La pieza 32 lucha por emerger en un mundo que no tiene el espacio suficiente para albergarla. Produjo una inflamación tan agresiva que terminó por destruir la simetría de mi cara. Luzco como Popeye, doctor, por la cara, no por los brazos, me duele abrir la boca y cerrarla, no puedo comer, no puedo besar, tengo olor a pus, me necroso desde adentro. Dígame, doctor, cómo lidio con este flegmón, con el último clavo de mi ataúd. Haga lo que tenga que hacer, le decía, dándole a entender que soportaría sin chistar los embates de la exodoncia, como esos soldados de la 1GM que se dejaban amputar con una sierra embarrada para salvar el resto de la piel. 

El doctor me dijo que no llorara más. Que la hinchazón era mínima y que posiblemente se trataba de un ganglio inflamado, algo típico. Pero yo amo mis ganglios, doctor, son mi parte más favorita. Me recetó antibióticos y analgésicos. Me dijo que uno cada ocho horas y yo me sorprendí de lo barata que la saqué. La Fortuna me sonreía, hasta que sentenció: “No puede tomar alcohol durante los siete días que dure el tratamiento”. Inmensa noticia que me dio sin perturbarse ni un ápice. Me condena a la conciencia, al delirium tremens de la cotidianidad: la enfermedad que se viene esta semana será el síndrome de abstinencia.


Ya siento el sudor recorrer mi vientre, veo borroso, me sobran las uñas, los ojos…

lunes, 21 de noviembre de 2016

Autorretrato


Mi Diosa tiene rostro de mujer y por Fortuna es conocida.
Reiné, reino, reinaré.
La luna también muere donde empieza.