miércoles, 3 de agosto de 2016

Sobre el amor imposible


Mi vecino tiene una gata con un nombre original: Ágata. Creo que ese animal me ama. Me espera todos los días en la entrada. En cuanto me ve, se vuelve eléctrica y me pide con extraños maullidos que pase mis yemas por su lomo. Al primer contacto, se contorsiona en espirales que se asemejan placer. Placer e impotencia. Ronronea cálida y muestra su panza confiando en que llegaré más allá. Pero es imposible. Yo le explico que no puedo sentir deseo por un animal, que, en el mejor de los casos, puedo devolverle parte del cariño que tanto me quiere entregar, pero solo eso. Entonces ronronea como pidiéndome que olvide esas convenciones, que por favor la apreté hasta que la rompa, que la engulla con mis brazos y mi boca. Pero yo no puedo desear a un ser que no habla.

Pobre Ágata, como Eco, está destinada a rondarme sin comunicarse nunca conmigo. Pobrecita Ágata, si hubiera nacido humano quizás seríamos felices, aunque a mí sólo me bastaría con que tuviese el don del habla. Pero es imposible, le explico. Podremos algún día promulgar con nuestras leyes que los animales son personas no humanas: aquello solo sería un gesto, un acto de respeto o de arrepentimiento. El hecho de que las bestias sean inaccesibles, oscuras y tristes nos hace humanos, le digo. Pobre gatita, se acurruca a un costado luchando por decirme cosas que ni siquiera ha empezado a entender, manteniendo en su interior una nube grande y rugosa, un océano confuso que no es capaz de expresar y que, en su desespero, mantiene dentro de sí, confiando que algún día yo podré resolverlo.

Ya le he explicado que la primera manifestación de cultura no fue dibujar a La Gioconda ni escribir el Ulises, sino que fue pintar animales en los muros de las cavernas. Le digo que tal como ella, nosotros nos morimos porque ustedes entiendan eso que también llevamos dentro. Los dibujamos con esa esperanza. Pero somos razas destinadas a estar separadas, porque de esa distancia depende nuestra existencia. Qué pena, le repito. 

En el bestiario que tengo en mi casa, parte de su introducción reza así: “”[...] siguiendo su razonamiento, captar plásticamente a los animales es para el hombre hacerse dueño, en cierto modo, de todo aquello que desea y que no puede realizar. De tal situación se deriva una relación de inferioridad y a la vez de superioridad con respecto al animal. <<Así, el animal es para el hombre el signo vivo de aquello que se le escapa y de lo que conquista, de su limitación y de su dominio, testigo humillante (…) y exaltante de lo que puede el hombre>>. De ahí que el animal interese al investigador, al artista y al <<adorador>>, según Debidour.””

7 comentarios:

  1. Extraordinaria reflexión. Me recuerda una noticia que leí hace un tiempo: encontraron a un hombre muerto debajo de un montón de piedras, se le había caído un muro de piedra seca encima. El hombre estaba con los pantalones bajados y aún tenía medio ensartada a una gallina. Este no tuvo tantos miramientos ante los requiebros de la gallina. ...et nunc vivit

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    1. Si me entiendes, preocúpate, amiga, mira que ya varios me han dicho que esto es, derechamente, zoofilia. Un abrazo y gracias por pasar. Otro abrazo.

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  3. Zoófilo... Te calienta la gata? A quién no. Ubico una gata que me sonríe y contornea pero no sabe que me gustan más los gatos de espaldas anchas que las gatas de caderas y bamboléo sugerente.

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    1. Jaajajajaa. Ambos no saben con quién tratan. Por algo son animales, no? (hablo de todos los humanos).

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  4. Zoófilo... Te calienta la gata? A quién no. Ubico una gata que me sonríe y contornea pero no sabe que me gustan más los gatos de espaldas anchas que las gatas de caderas y bamboléo sugerente.

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