sábado, 20 de agosto de 2016

Ahab


El Tito Baraja tiene una mancha en sus papeles porque una vez le quebró la nariz a un minusválido. Me enteré hace poco de esto, pero el hecho en sí ocurrió hace años. No le quise preguntar. “Cada quien con sus demonios”, me dije, pero anoche me contó toda la historia.

El Baraja caminaba hacia el Conservatorio, con los nervios destrozados, cuando al cruzar un paso de cebra un vehículo lo golpeó. El auto iba rápido y, en su apuro, no respetó la preferencia del Tito, estrellándose contra él. Voló un par de metros, pero quedó bien, sin lesiones, aunque con mucha impotencia. Se puso de pie rápidamente y como vio que el conductor no movía el auto ni se bajaba para ver la condición de su atropellado, él mismo fue hacia la ventana. Hervía de rabia. El conductor bajó la ventanilla y el Baraja comenzó a increparlo.

“Al principio me pedía perdón, decía que no me había visto, insistiendo que no me había hecho nada, pero cuando le tiré un escupo, de sumiso pasó a diabólico. Desde adentro me lanzó unos golpes y uno de ellos me llegó en la boca”. El Tito se ofuscó, quién no lo haría. Se desembarazó de la mochila y le plantó el desafío: “bájate, conchetumare, que te voy a sacar la chucha”. Pero el tipo no bajó enseguida. Subió la ventanilla y el Baraja logró ver que algo se engranaba aparatosamente dentro del vehículo. Eran sus muletas. Al bajarse vio que una de las piernas del conductor terminaba en un muñón a la altura del muslo. Mientras el Baraja me contaba esto, yo me espanté. O sea, no está nada de bien eso de ponerse con alguien que tiene una desventaja tan evidente. Si me viera en esa situación seguramente diría “ya, señor, no se sulfure, pero tenga cuidado” y, acto seguido, haría una de mis clásicas desapariciones. Pero el Tito estaba bravo. Y el tipo sin pierna también lo estaba.

“No podía dejar que ese conchesumadre se saliera con la suya. Le faltará una pata, pero eso no le impide leer las leyes del tránsito. Decidí pelear, pero de igual a igual, así que sin pensarlo mucho, me puse a saltar en un pie”. Ambos carecían de un punto de apoyo. Igualdad de condiciones. Aunque ni tanto, porque el conductor ya tenía una vida a cuestas sin una pierna, en cambio el Baraja improvisó su invalidez ahí mismo, sobre la marcha (sin ofender), mientras que el otro ya estaba acostumbrado. Además, el conductor contaba con dos muletas, arma infalible y poderosísima en las manos indicadas (esto último no me lo contó nadie, lo viví yo mismo). De pronto, soltando una muleta e impulsándose con la fuerza de un pequeño salto, el inválido le mandó un mandoblazo con la otra muleta. No le pegó por poco, al Tito, y con eso cachó que era una advertencia para que no se anduviera con jueguitos. Así que ahí, un cojo a consciencia y otro por elección, se cayeron a puñetazos. El Tito tenía las de perder, pero, en un descuido, logró azotar al otro contra el vehículo. Lo azotó de cara, quebrándole la nariz. Le azotó la cara mientras saltaba en un pie, como si celebrara. Lo azotó mientras toda la escena la veía otro peatón, de esos señores que aportan sagradamente a la Teletón pensando que su obra “solucionará” a los discapacitados. Esta persona llamó a los carabineros para detener la pelea que continuaba a pesar de las lesiones, la sangre y el sudor. El orden público llegó y se toparon con un idiota saltando en una pata y esquivando mandoblazos de un paticorto.

Interpretaron la escena como un asalto, lo dieron por hecho. Dieron por hecho que el cojo peleaba para defender su vehículo. La pinta del Tito tampoco ayudó. Ni sus garabatos a los carabineros y al cojo. El sujeto que llamó a los pacos fue el que le plantó una denuncia que le hizo pasar amargos momentos a mi amigo. El Baraja esperaba ver al cojo en el Juzgado, cosa de aprovechar un descuido para caerle de sorpresa con un codazo del pueblo, pero el cojo nunca apareció. Solo vio al denunciante, al caballero Teletón. Tiempo después de la trifulca, el mutilado entró a una especie de competición deportiva para personas con limitaciones físicas. El Tito fue a todas sus competencias y lo abucheó en todas sus carreras, celebrando con burla las victorias de sus rivales.

¿Qué nos enseña esta historia? En primer lugar, que la palabra “minusválido” tiene una etimología horrible que evoca falta de validez. Ya Nietzsche decía que solo alguien superior o igual a uno podría constituirse como enemigo; y razón tiene, pues el cojo del vehículo es un sujeto portentoso, némesis periculoso de mi amigo. En segundo lugar, nos enseña que la lástima es la peor de las discriminaciones. Supongo que el cojo no fue al juzgado porque es un tipo con dignidad; vale, perdió la pelea, quién querría encontrarse con un contrincante en la condición de víctima: nadie. Sé que en secreto piensa que la pelea con el Baraja le devolvió la vida. Sé que en el fondo de su corazón siente que la nariz quebrada le solidificó su espíritu, mostrándose como un atisbo de la dignidad que se merece. Le faltará una pata, pero es un tipo que se masturba, que miente y que se enoja como todos nosotros. Un tipo aburrido de que lo traten como princesita. Estoy seguro de ello. Lo he visto competir y evoca una gallardía que yo no osaría a ostentar. Les recuerdo que uno mismito así, cojito, era el enemigo de Moby Dick. Por último, nos enseña que por más tiernos y lastimosos que nos veamos, cualquiera puede ser un conchetumare. Cuando la Biblia dice que todos somos hermanos, se refiere a eso, a nuestra capacidad de transformarnos en unos conchetumares. Por lo mismo, negarle ese espacio a alguien es deshumanizarlo.

Comparte esta historia si también eres un conchetumare.

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