jueves, 23 de junio de 2016

Intimidades mal pensadas

Qué gesto más obsceno y vulgar es ese de leer en la vía pública, en los parques, en la micro, en los patios de comida. Como si haber escrito esos libros de mierda hubiese sido igual de público, en los parques, en la micro, en los patios de comida ¿No les da vergüenza? Lo pregunto sin ninguna pretensión retórica porque me refiero a la vergüenza de verdad. Plancha. ¿No les da vergüenza que los vean leyendo? Por supuesto que no. Aaah, pero cuando se masturban, pucha que les gusta estar escondidos ¿no? Arrinconados, ahí, solícitos y trabajólicos como una ardillita, aunque impúdicos como una morsa. Si el arte se aleja mucho de la masturbación, deja de ser artístico y se convierte en un vil panfleto. Se acerca mucho al movimiento político, a la reconciliación.


El otro día estaba leyendo en un patio de comidas y consideré la posibilidad (nada vanguardista y tremendamente trillada) de sublimar la literatura desde el odio: emoción bien entendida por todos, pero muy mal trabajada. Lo pensé porque me miró un tipo con ese clásico gesto para cachar qué es lo que yo estaba leyendo. Justo tenía un ejemplar de El Principito entre mis manos. Por qué, se preguntarán ustedes, si yo odio ese libro. Era para regalárselo a mi hermana. Qué mala suerte. Por qué no tenía algo más mío entre mis manos, algo que me gustara. NO SÉ, NO SÉ. JUSTO TENÍA QUE SER EL PRINCIPITO. Tomé aire, me puse de pie y grité: ¡ODIO AL PRINCIPITO! Todo esto por querer generar una buena impresión en el tipo que me había sapeado la portada del libro. Grité ¡ODIO AL PRINCIPITO! y salí corriendo del patio de comidas, sintiendo en mi piel el ardor infinito de sus miradas, personas que obviamente aman al Principito. Fugazmente miré al sujeto y me encargué de que sintiese la rabia esa que nos motiva a seguir. A mi hermana le regalé una carcasa para su celular. El Principito quedó ahí tirado. Si alguien lo encuentra, por favor, comuníquese conmigo. No es barato comprar libros en Chile, aunque sean libros que uno odia. Esos son los más caros.

miércoles, 8 de junio de 2016

Me muestras tesoros que no puedo cargar

Una mujer, caliente y hermosa como el meteorito que extinguió a los saurópodos, me está ofreciendo sexo. Pero no hay sexo fácil para el humilde Sémola. No hay nada fácil para este inocente pajarillo. Quien me está ofreciendo sexo requiere otro cuerpo para conformar ese artefacto que se conoce como trío. Acá mi calamidad, porque cada una de mis opciones implica una derrota que borrará la alegría que debería conllevar un trío. Presentaré a los posibles implicados:

1) Tito Baraja: Es la peor opción, pues, en lo sexual, siempre me ha visto como su rival. Si hago un trío con él, se tornará en una competencia. Quién lo hace mejor, quién transpira menos, quién pone mejores caras, quién se coordina mejor con los límites de la cama, quién la hace gemir más profundamente. Así, hasta la eternidad. Lo peor: he tenido la oportunidad de ver su pene y es una monstruosidad; posiblemente posee pulmones y corazón propio. Es verdaderamente asqueroso. Lo conozco, tratará de ponerse junto a mí, generando contraste, y la muchacha comparará su acorazado Huáscar con mi humilde (pero empeñosa) Esmeralda. Perderé mi atractivo si lo incluyo a él y nunca más me acostaré con esa mujer.

2) El Pecas: Es la peor opción porque tiene una sexualidad mucho más laxa y libre que la mía. Esto no sería un problema, pero cuando se emborracha emergen sentimientos amorosos hacia el pobre Sémola. Si lo tengo en pelota junto a mí, caliente, intentará deslizarse por las sábanas y, fingiendo un error, intentará metérmelo. O me mirará a los ojos mientras se lo mete a la chiquilla, desviando el protagonismo y olvidándose de sus labores. Estoy seguro, tratará de besarme o de tocarme más de la cuenta, cuando la estrella de la velada debería ser ella. “Ay, perdón, es que estaba mirando para otro lado, ja, ja, ja, era tu pene”. Perderé mi virginidad anal si lo incluyo y es algo que no estoy dispuesto a hacer por menos de veinte luquitas.

3) La Zapato Nuevo: Es la peor opción porque es infernalmente caliente. Las dos o tres veces que hemos culeado hace que me vaya lo más pronto posible. Es una especie de competencia que tiene con ella misma, una meta personal. Unas sacan carreras universitarias y otras se dedican a anular al mísero Semolita. A mí me encanta, pero si ya con ella mi performance sexual es un bodrio, con dos mujeres estoy destinado al fracaso más negro. Maldita paradoja, que por abrir tanto la boca no podré nunca más volver a cerrarla. De tan solo imaginarlo creo que ya estoy teniendo un orgasmo. Si la llevo, llegará un punto en que pasaré a un tercer plano mientras las ninfas se despedazan. Perderé mi oportunidad de hacer un trío si la incluyo.


Le hablaré al meteorito. Le explicaré mis razones y, para tranquilizarla, le informaré que tengo dos personalidades. Que desde un punto de vista epistemológico culear conmigo es como culear con dos güeones, aunque desde un punto de vista biológico, desde su punto de vista, culear conmigo no pasará de una masturbación ayudada por un pobre ser humano que vino a este mundo a sufrir. Oh, Fortuna, me muestras tesoros que no puedo cargar.