miércoles, 27 de enero de 2016

Tráfico de órganos


En la micro iba el conductor, una señora con su hijo (7 años), un tipo macizo y yo. No conocía a nadie abordo. Me sobresalté cuando escuché el grito de la señora. Lo siguiente que vi, fue al tipo macizo bajando con el niñito en brazos. El niño estaba paralizado por el miedo. Luego de bajarse, se metieron en una camioneta que los esperaba en la calle. Fueron segundos. Antes de que la señora pudiera reaccionar, la micro ya se había puesto en marcha, cerrando las puertas y acelerando a fondo. Solo queda la señora, el conductor y yo. Hago contacto visual con la señora. Gritó y comenzó a llorar con terror. A través del retrovisor hago contacto visual con el conductor. Su mirada me bastó para comprender la amenaza. Me hago el güeón mirando por la ventana. De reojo veo a la señora gritando y suplicando ayuda, pero  el micrero y yo la ignoramos. Varios minutos después el micrero abre las puertas para que se baje. Ella corre. Yo sigo haciéndome el güeón. Si me preguntan, diré “no supe qué pasó, justo estaba escuchando música”.

1 comentario:

  1. No puedo criticar tu actitud.(o la de tu personaje, y NO quiero que me aclares si es o no sólo un personaje) La situación es impactante, como si se rompiera la realidad en la que uno estuviera viviendo y se encontrara de repente observando la verdad terrible. ¿Puede uno seguir viviendo normalmente después de haber sido testigo de un asunto como ese? Simplemente, tiene, y por lo tanto debe asumir que vivir también implica eso, lo terrible, y uno no debería condicionar su vida a lo terrible. Debemos seguir soñando, riendo, yo qué sé. No sé, me impactó el relato y quería decir algo. Por supuesto hay héroes. También habrá que asumir que no somos nosotros.

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