lunes, 23 de noviembre de 2015

El súper-ataque de la gótica borracha

“Moriré antes de terminar el Quijote”, pensaba. “Seguro que moriré antes de leer la mejor parte, la más recordada”, seguía pensando. Estaba tan borracho que prendí el cigarro al revés, pero eso no me detuvo. Dije en voz alta: “nada detiene a alguien que no tiene nada por qué luchar”. Reí. Era la peor consigna. La palabra “nada” aparecía dos veces, lo mismo que “tiene”, además de la nunca bien recibida doble negación. Era más bien un trabalenguas. Cacofonías de un borracho. Soporté fumar el filtro así como si nada, haciéndome el canchero, hierático. Sentí placer al llegar a la parte del tabaco. 

Vi que se me acercaba una chica gótica. La más gótica de Chile. Palidez y ropa negra, nada más. Me pide fuego.
Lo siento, no transo con los de tu clase, le respondo.
¿Con los de mi clase?, me impreca.
Con los de tu clase, replico.
Y, según tú ¿cuál es mi clase?, me interrogó desafiante y un ápice de agresiva. 
Parpadeé dos veces antes de responder. Le dije que bajo ningún motivo yo haría tratos con vampiros. Ella, bajo toda seguridad, era un vampiro.
“No soy un vampiro, agüeona’o”, me dijo, riendo, pensando que mi inquietud era parte de una broma, de un cortejo, cuando en realidad era parte de mi ebriedad (un cortejo también).
Le respondo que eso mismo me diría un vampiro al verse pillado, pero que yo era más inteligente de ella.
Me dice que aunque fuera un vampiro, jamás me chuparía la sangre, en parte por mi negligente condición estético-higiénica, en parte por mi ácido humor
¿Humor? Si quisiera hacerte reír contaría algún chiste el colmo de ordinario, con garabatos innecesarios e involucrando partes pudendas a granel, dije. Soy de los que hace chistes del garabato fácil, de la ordinariez sin sentido. No sé, llámame poeta, no sé.
Me mandó a la chucha. Me quitó el cigarro y con la brasa prendió el suyo. No se fue. Se quedó sentada junto a mí, notablemente picada. 
La gente cree que una, como vampiro, se anda comiendo a cualquiera. La gente piensa que una mata personas por placer, por diversión. La gente te juzga sin ponerse antes en tu lugar.

Le digo que no me venga con güeás. Se lo digo así: no me vengas con güeás. Me toma la mano y me pregunta si quiero ir a bailar. De borracha olvidó que estábamos en Plaza Baquedano y debió pensar que estábamos, no sé, en una disco o en mi pieza o en su pieza. En la cara frontal de su hombro lucía un Tatuaje morado y azulesco de una araña, en cuyo abdomen se podía apreciar una mano de seis dedos haciendo algo como el signo de la paz. Le pregunto por su significado y me dice que no me meta, que era cosa de vampiros, que vayamos a bailar. Nos pusimos de pie y bailamos ahí en la calle. Por suerte no había música, así que no cachó que tengo menos ritmo que esos tarritos con monedas que blanden los ciegos. 

Yo también tengo un tatuaje, le insinúo. Es una consigna de muerte y poder, un himno a la brutalidad de los artistas muertos. Me pregunta qué es y dónde está. Está en mi espalda, le respondo. Dice “Nada detiene a alguien que no tiene nada por qué luchar” con letras bizantinas. Creo que no lo entiendo, me dice. Obvio que no, no es para vampiros. La gótica se fue antes de que saliera el sol. Todo sea por mantener una ilusión. Todo sea por extender una borrachera. Yo terminé de bailar cuando la gente me empezó a dar limosna. 

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