martes, 22 de septiembre de 2015

De lo que provoca tener relaciones con la sensibilidad trastornada


Reunidos estamos para dar inicio al ritual más viejo de la humanidad. La consagración galáctica de dos voluntades balanceándose como la carnificación de todos los verbos, de todas las canciones. Explota su figura al abrir sus piernas como laxas membranas del más mortífero murciélago. Culiar nos convierte en perro, en burro, mantaraya y zorra, saciando las ganas de saborear la piel humana sin llegar a deglutirla, pues la lengua, único órgano sexual en común entre todos los géneros, pierde la timidez que la caracteriza y se convierte en un tentáculo ávido de libido chorreante. La canción de la saliva, humectante frecuente de las palabras, ahora enjuaga y lubrica los dedos de otra existencia distinta de la propia. Dejamos de ser un conjunto de células que luchan por sobrevivir y, por fin, nos comportamos como cuerpos. Su carne destella: ¡Chas! Es un gato jugando con las galaxias ¡Chas! Yo mudo mi alma desde mi pecho a mi querido pero maltratado pene y lo trasfiguro para convertirlo en un yatagán shaolin mosquetero ninja mata dragones inmortales, un DeLorean del tiempo que cuando entra en la caverna también está fuera de ella y la abandona, la deja ahí bamboleándose como un columpio liberado dentro de la mente de un viejo. Titilas como Venus, guachita. Le pido perdón por recurrir a imágenes entre ofensivas y complicadas, entre plagiarias y originales, blandiendo como excusa que su cuerpo se resiste a ser descrito por metáforas de perlas con diamantes con flores con mariposas. Ella me dice que no me preocupe, que fue hermoso. Yo le explico que siempre me pasa esto para el cumpleaños de Nick Cave. Me pregunta que qué es lo que siempre me pasa. Tengo sexo y me pongo sensible, le contesto. Luego me pregunta quién es Nick Cave. Me ofendo, pero respondo que es el tango del diablo. La cumbia de la noche. La samba del asesino. El cha-cha-cha de los drogadictos. La cueca de la muerte. El jazz de los barrotes. El vino favorito de los ciegos. La metralleta del perdedor. Me discute que el mejor músico del planeta es Lenon, irrefutablemente. Yo me termino de ofender y le recomiendo que se vaya, que en última instancia me puedo masturbar desnudo mientras bailo el Blues del Matadero, como lo suelo hacer el resto de la semana. "Estás loco". Esa es la gracia, le respondo. Y una menos.

martes, 15 de septiembre de 2015

Profundas reflexiones de la ebriedad matinal

Acabo de llegar a mi casa. No sé si les pasa a ustedes. A mí me pasa siempre. Me pasa que cuando estoy leyendo en la micro o en el metro o en la calle o en el burguerking y alguien me mira el libro en busca de saber qué estoy leyendo, instantáneamente creo que esa persona quiere tener sexo conmigo. La intensidad de ese pensamiento aumenta cuando hacen esfuerzos (discretos, pero esfuerzos al fin y al cabo) para lograr ver la portada del libro. “Mira, pillín, pillín, no te dejaré ver lo que leo, pillín, respeta mi intimidad”, si tal persona no me interesa. Cuando sí me calienta, prácticamente le salto encima apoyando la portada en su frente para que se termine de enterar qué leo. Y eso es lo otro. No sé si les pasa a ustedes. A mí me pasa siempre. Me pasa que el deseo sexual hacia alguien que lee tiene estrecha relación con la portada del libro que ostentan. No tiene nada que ver con los gustos propios. No. De hecho, no sentiría nada muy galáctico por alguien que lee lo que leo yo. Y si está leyendo algo que leo yo sentado en un burguerking, seguramente seré yo mismo. Ahora que lo pienso, siempre que alguien me mira me imagino que esa persona quiere algo conmigo, independiente de que esté o no leyendo, independiente de la portada, del burguerking, de lo que sea, por Dios necesito mucho ir al burguerking. Tengo hambre.
Me iré a dormir, buenas noches. O buenos días, no sé cómo se dice a esta hora y bajo estas circunstancias.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Sobre palomas y contenedores de basura


Junto al Tito Baraja, iba caminando frente al Cerro Santa Lucía. Nos amenazábamos sobre cierta apuesta que pactamos para el 18. Mientras escuchaba sus reclamos, metí la mano en mi bolsillo y noté una gran cantidad de papeles: boletas, servilletas, basuritas varias. Comencé a hacer dos bolas con esos restos y, cuando ya estaban sólidas, le dije a mi amigo: “Tito, te apuesto una mosca dentro de una botella a que no le achuntas al basurero”. Acompañé mi afirmación mostrándole las pelotitas y señalándole el basurero que se encontraba lejos (como cinco o seis metros sobre el sócalo formado por la ladera del cerro).

—Ts, ¿será una mosca viva?
—La más viva de todas.
—Trato. Si tú le achuntas equilibraré un alfiler sobre la punta de un lápiz— Era justo. Se entiende que, de no lograrlo ninguno de los dos, ambos deberíamos entregar esos odradeks.

Partió el Baraja. Su lanzamiento careció de fuerza, pues no logró avanzar ni 2 metros. Era mi turno. Pensé en trazar un arco con mi lanzamiento, pero como el basurero se encontraba por sobre nuestro plano, el arco era muy dificultoso. No había otra opción: el trayecto tendría que ser directo. Letal como saeta. Basándome en el fracaso del Tito, le apliqué una fuerza no menor al lanzamiento. Y, amigos míos, ocurrió algo mágico. Fue evidente que había subestimado mi fuerza, el papelito iba directo a pasar de largo. Pero hace cuatro o cinco años atrás nació una paloma que justo en ese instante tuvo la magnífica idea de volar por el lugar. El papel rebotó en su pecho y entró de lleno en el basurero. Incluso se escuchó el golpe de la bolita contra el contenedor. Fue hermoso. Sí, lloré, y el Baraja gritó como niño. Me dijo que lamentaba que nadie más en la humanidad hubiese podido ver esta irrepetible obra de azar. Pero eso nunca me ha importado.