sábado, 29 de agosto de 2015

De por qué lo esencial es invisible y nada más

Acaba de irse al extranjero La Zapatito Nuevo, mi más tierna y cercana amiga. La única mujer gamblera. Volverá pronto, pero eso no quita que la extrañe tal como el Diablo extraña cierto lugar sobe su cabeza.
POR EL CONTRARIO, en la tarde conversaba con una muchacha que conocí bajo circunstancias muy divertidas, pero estar con ella era tremendamente fome. Es de esas chicas que se autodefinen como tímidas y quitaditas de bulla, que recalcan, bajo cualquier circunstancia, que son intrépidas lectoras, que su ensimismamiento es producto de una imaginación nunca bien recibida por el prójimo, qué loca soy, qué especial. Así soy. Me pongo lo primero que pillo porque soy intuitiva y poco superficial. Hablemos de ti: ¿qué piensas de mí? Yo soy muy calladita. En el trabajo no hablo mucho con nadie porque soy la más calladita de todo el planeta Tierra, esto ocurre porque leo mucho. Incluso, a veces, en lugar de ir a carretear, me quedo leyendo sola mientras escucho música y bebo té en mi taza comprada especialmente para beber té cuando escucho música y leo. Es un té que me trajeron de United States para que lea mientras escucho música genial como The Beatles ¿te gustan los Beatles? Como Die Antword ¿te gusta Die antword? Como las bandas sonoras de Tarantino ¿te gusta Tarantino? Como Chico Trujillo ¿Te gusta Chico Trujillo? ¿La Banda Conmoción? ¿Manolito García? ¿Chinoy? ¿Los Ases Falsos? ¿Qué música te gusta? ¿Te gusta la música? A mí me encanta. Yo creo que la vida sin música sería un error. Eso lo dijo, no sé, alguien. Pero tiene toda la razón porque ¿qué otra cosa haríamos sin música? Es que la vida es muy negra así como así. Yo me visto de negro por eso, porque refleja el interior de mi alma. Aunque también hay cosas buenas. Por ejemplo, ahora leo el Principito. Oh, qué libro más hermoso. Es como una, no sé. No sé qué decirte. Es un libro hermoso. Me gusta eso de que ‘lo esencial es invisible a los ojos’, porque…

sábado, 22 de agosto de 2015

El día en que la literatura venció a la pornografía

Estaba en el metro cuando se sube una chica el colmo de borracha. El vagón no iba tan lleno, pero ella se acercó hasta que puso su nariz en la comisura de mi boca por unos exquisitos y eternos 5 segundos. Se bajó en la siguiente estación. Intento no masturbarme mucho, porque una vez que comienzo no me detengo hasta que de la palma de mi mano emerge un portal a otra dimensión. Esto me quita la energía de una semana y reduce considerablemente mi vida útil. Pero el sensual coqueteo de la mina fue una buena excusa para doparse con pajas. Antes de llegar a mi pieza ya había decidido mandarme un maratón de aquellos
Si bien el primer estímulo fue contundente, necesitaba alguna otra excusa para comenzar mi larga carrera hacia la languidez. Por supuesto que recurrí a la pornografía. No soy un experto en el tema, pero tengo gustos claros e inmutables: videos amateurs y en español. Luego de un par de búsquedas, llegué a esto (acá debería ir el link, pero sacaron el video. Solo encontré la imagen que pongo a continuación).

sábado, 15 de agosto de 2015

Sobre el Fyto y la fugacidad de ciertas estrellas


Cuando era más chico, tuve la osadía de tomar un curso de comic con el legendario Fyto Manga, quien era una eminencia en el mundo del comic de la época (lo sigue siendo). Esto fue pura suerte, porque mi colegio, municipal por donde se le mire, tenía una especie de contrato con el Fyto. Cuestión que te daba la posibilidad de tomar clases con él. Clases de comic. Habiendo tenido profesores excelentes en todas las áreas, me arriesgo a decir que las clases con el Fyto fueron las mejores de toda mi escolaridad.
El curso finalizaba con la producción de una revista de comics que los mismos alumnos dibujaban. Eran pocos números y solo la leían algunas personas del colegio, pero era el orgullo más grande al que un homúnculo  como yo podía acceder. Para la ocasión creé una historia el carajo de compleja. No tenía sentido de lo compleja que era. Involucraba una bolsa de supermercado que tenía la capacidad de albergar una copia de todas las cosas del mundo, una droga que provocaba viajes mentales en el tiempo, una chica con un ojo entre los pechos, una canción infinita, un camino que le daba la vuelta al orbe y ese tipo de cosas que a uno le produce leer a Borges en la adolescencia. Eran como 35 páginas de comic. Al Fyto no le gustó. No recuerdo exactamente lo que me dijo, pero fue algo como:

“Una narración no tiene por qué ser eterna para que sea buena. Parte del talento narrativo radica en saber contar una historia en pocas viñetas sin la necesidad de dejar el final abierto o de requerir una segunda parte para darle sentido. A veces los autores piensan inconscientemente que entre más, mejor, pero a veces ese desplante termina ahogando la propia obra”.


Tenía razón. Ahora me pego el giro. En cierto sentido, un personaje es la versión literaria de una persona. Entonces, si la Historia corresponde a un conjunto de palabras unidas de manera más o menos cronológica, quizás es legítimo entenderla en términos literarios. Los muertos, pues, son sus personajes, porque la única manera de acercarnos a ellos es a través de las palabras. ¿Qué tiene que ver esto con lo que me dijo el Fyto? En que muchas de las historias más cortas fueron las mejores. Como que los finales trágicos imbuyen de un aura legendaria lo hecho hasta entonces. Ejemplos hay cientos. Pienso en la gente que he visto acá en Santiago (una de las ventajas de la barriga del monstruo es que está lleno de personas muertas)… Estaba escribiendo los nombres de todos, pero me parece una tarea infructuosa. El punto es el siguiente: irse temprano me hace pensar en que la brevedad de la vida podría entenderse como el epítome de la calidad artística que me hablaba el Fyto. Una fuerza X es más efectiva si se concentra en un pequeño punto antes que en una gran área. El eterno retorno. Como un cerillo cayendo por el vacío, animosamente luminoso y trágicamente breve.