martes, 7 de julio de 2015

El Gato Valentino

Me quejé todo el verano por el horroroso calor que había hecho. Hasta la fecha, también me he quejado por el poco carácter del Invierno, como si hubiese que pedirle “por favor” para que llueva o haga más frío. Ahora me quejo porque tengo mucho frío. Olvidé arreglar los hoyos que tenía mi pieza y me está entrando aire helado por todos lados. Y como soy el campeón para buscar excusas, acá traigo una nueva: así no se puede trabajar, así no se puede escribir. Mis queridos deditos no responden al ritmo acostumbrado. Me cuesta moverlos para escribir. Así que, en lugar de hacer eso, me puse a buscar en un viejo discoduro algún material para reciclar, cuestión que hago más veces de las que desearía. Y encontré algo.
Antes, cuando era un niño-niño, un verdadero retoño del señor, tenía la esperanza de escribir una súper novela para niños, escrita por un niño. La idea es genial, hay que aceptarlo. Pero crecí, no terminé nunca la novela, me salió pelo, espinillas y me volví mañoso. De volver a escribirla (en realidad, a continuarla), sería simplemente un baboso dentro de la edad adulta intentando pervertir niñitos con su novela de mala muerte. Tenía la pretensión de que la historia fuese algo así como el legendario Papelucho, pero resulta que la cuestión con la que acabo de reencontrarme no es muy distinta a mi vida actual. Tiene gracia el asunto, sobre todo porque había olvidado por completo la existencia de estos escritos y porque, cuando los escribí, tenía como 15 años, lo que corresponde como a 6 años mentales en escala gamblerística, aunque biológicamente ya estaba lejos de ser un niño. Podría decirse que fui un profeta de mí mismo, pero dejémoslo en que solo le achunté. Debí apostar, era seguro. Dejo parte del primer capítulo, ya que la idiotez es extensa. Le borré clichés,mantuve algunos y arreglé varios horrores ortográficos. Mantuve  también la mayoría de las fórmulas, para que sonara igual como quería que sonara cuando tenía esa edad, época en la que solo había leído a Pérez-Reverte. Cosas de joven.

[Acabo de leer entero todo lo que tenía del Gato Valentino (que son como 7 capítulos) y es demasiado genial. No puedo creerlo, es un anti-héroe en regla. Replanteando un poco lo anterior, este gato ESTÁ MUY LEJOS DE SER como soy ahora. El giro es otro: El gato es como ME GUSTARÍA ser ahora. Pero ya saben, mis brazos flaquitos y mis instintos de ratón me impiden ser como el felino. A lo más, llegaré a ser como una musaraña o un mapachito, una cosa así.]


I El Gato Valentino

Sintió con sus agudas orejas que algo le acechaba. Se detuvo, alzó su nariz y olió la brisa. Pero nada. Entonces la rata siguió su camino hasta la pared donde se encontraba la entrada a su madriguera. Justo ahí, donde la muralla de ladrillos tenía un hoyo, que era la entrada al nido de guarenes. Caminaba un poco, se detenía a oler y caminaba otro poco, manteniéndose siempre pegada al ángulo que forma el muro con la calle, por sus esquinas.

Aún se salva, pensó Valentino. No me ha visto porque estoy escondido en contra de la luz del farol. Tampoco me ha olido porque estoy acechándola contra el viento. Era un gato gris, mediano. Como un año entero llevaba recorriendo el mundo, lo que es mucho para un gato callejero, ya que suelen morir meses después de callejear. Pero Valentino sabía lo que hacía. A pesar del mestizaje y la domesticación, la raza gatuna recordaba en su sangre los movimientos estratégicos de los grandes felinos. La rata se movía nuevamente, la cola del maldito roedor hacían que Valentino respirara nervioso y eso era lo que había alertado previamente al ratón. Pero el gato ahora se controlaba para no emitir ningún sonido. Seguía acercándose sigiloso y paciente. Cuando estaba a un metro del guarén, sucedió. Músculos tensos. Boca tres cuartos abierta. Orejas hacia atrás. Cola levantada. De un parpadeo salta un metro en dirección al ratón y le golpea la cabeza, haciendo que ruede al centro de la calle, chillando. No te salvas, no te salvas. Le mordió la espalda al guaren en busca de llegar lo más pronto posible a su pescuezo, pero el roedor se defendió mordiéndole la pata a Valentino y este se vio obligado a soltar al feo mamífero, que era grande, a pesar de ser una rata. Maldito guaren, era comida como para dos días. Se había escapado y Valentino ya tenía una nueva cicatriz que mostrar. Claro, jamás diría que se la hizo un ratón. Mentiría, como todos los gatos, y diría que se la hizo un perro, un perro que huyó después de recibir su merecido. La rata ya había escapado. Valentino dijo al viento - Ratón culia’o- y se lamió la pata herida. Mejor en la mañana me cago un pájaro, es más fácil. Sepan ustedes que los gatos son los animales que más groserías dicen, vayan acostumbrándose.

Es tradición para los gatos hacerse llamar con el nombre que algún humano les dio, por muy ridículo que fuere. Era una costumbre vieja e irrenunciable, como caminar o maullar. Pero Valentino nunca tuvo un dueño humano. La sola palabra “dueño” le asqueaba. Su nombre era básicamente el mismo que el de su madre, quien se llamaba Valentina. La última vez que parió gatos, como hace un año atrás, su dueño se los quitó y los mandó a nadar cerca de una acequia que corría al costado de la casa. Uno a uno se los quitó,  para luego tirarlos por los aires como si fueran piedras. Glup, glup, sonaba cuando entraban al agua. Cinco gatos en total fueron brutalmente asesinados esa noche. Valentina fue dejada en paz por el tirano de su dueño y, cuando volvió a estar sola, dio a luz al último gato de la camada: Valentino. Ahora, varios meses después, vivía rondando la ciudad y ya se había acostumbrado a ese ritmo. Dormía cerca del campo, en el límite entre la urbe y la montaña. Generalmente, los gatos son criaturas astutas que viven en colonias si sus dueños humanos no existen, pero Valentino era raro. Desde que aprendió a escalar y a saltar se fue sin despedirse y comenzó a caminar por la vida. O a “gatear”, como dicen los felinos, y noten la diferencia, ya que para los humanos gatear es moverse sobre sus cuatro apéndices a eso de los 5 meses, de manera torpe y lenta y los gatos, para esa fecha, ya pelean con sus padres y se acuestan con sus primas, tías o lo que sea – o lo que se pueda-. Básicamente de eso se trata esta historia: de peleas y sexo.

3 comentarios:

  1. Ahora sí, estoy desde un pc y puedo responder tu entrada...
    Nunca me las he dado de crítico literario porque carezco de los conocimientos básicos para hacerlo pero si puedo decir con la libertad que me da de leer algo que fue puesto al público con ese objetivo...
    Tu libro o la empezada del libro la encontré genial, en un principio creo que dices que es un libro infantil, no lo creo, es más para adolescentes y adultos... De hecho leyendo se me vino a la cabeza esa colección de libros infantiles para adultos (lo sé, suena contradictorio) donde hay libros para pintar, cuentos con personajes infantiles pero con situaciones nada infantiles.
    Creo que deberías terminarlo, un gato roñoso y callejero como Valentino merece ser escuchado...

    Ahora intentaré dejear de maraquiar... Está en mi ADN.

    Saludines Semolines.

    --
    Juanito Fulanito

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    1. No niegues la sangre que corre por tus venas. La fortuna ama a quien no ama su vida y exacerbar los propios defectos siempre nos hacen arrimarnos al lado peligroso del camino. Así es la vida: no vale la pena intentarlo si no es arriesgado.
      Un abrazo!!
      S.

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