viernes, 31 de julio de 2015

Algunos retratos


Yo, cuando estoy sobrio, suelo ser uno de los homosapiens más amargados y pesimistas que he conocido. Cuando estoy ebrio, por otro lado, soy el sapiens sapiens más simpático de Chile y ostento un humor agudo e imparable; quienes me escuchan incluso se han meado de la risa (en realidad esto es un poco falso; lo que realmente pasó fue que una vez estaba solo y ebrio en mi pieza, pensando cosas chistosas y uno de esos pensamientos me dio tanta risa que me oriné, así que técnicamente es “un poco” verdad). Por eso siempre intento estar ebrio, porque uno nunca sabe en qué momento puede llegar el deseo de lanzarse al metro o de beber cloro. Me gusta el copete, soy un borrachín de lo más genial. Conocida es mi faceta ebria, mi canto al cosmos, en donde adquiero múltiples poderes de seducción, encanto y masculinidad (cuestiones que siempre faltan y nunca sobran).

El Tito Baraja, mi mejor amigo, cuando está sobrio, es una hiena traicionera, conflictiva, soberbia y desfachatada, una barracuda de tomo y lomo, capaz de vender a su madre con tal de conseguir lo que quiere (por suerte nunca quiere nada muy complicado; pero teman, el Titín está a dos pasos de convertirse en el super-villano que Chile no necesita). Cuanto está ebrio, por otro lado, es el filósofo más enterrado que la historia intelectual de la tierra ha podido concebir. Lo he escuchado comparando el sonido de las protestas con los acordes que teje en su saxo. Y eso es lo otro, si bien yo adquiero cierta capacidad danzarina cuando bebo, las habilidades musicales del Baraja emborrachado aumentan hasta el infinito. Esto lo ha sumido en agujeros filosóficos increíblemente tóxicos, de los cuales no es posible ni entrar o salir sin el manejo acabado del lenguaje musical.

La Zapatito Nuevo, cuando está sobria, es la persona más inteligente. Lo es. Suele ir por la vida desbaratando teorías, planes, cuentos, ópticas, pensamientos y discusiones. De los gambleros, sin duda alguna ella es la que ha caído desde más arriba. Tiene una memoria implacable y una percepción literaria que solo poseen las alas de ciertas mariposas que viven en el África central (esto es tan real que da miedo, yo la he escuchado desarmando novelas como quien desarma una marraqueta fresca; una pérdida para la academia, pero una pérdida mayúscula para la humanidad). No suele emborracharse. Cuando lo hace, se transforma en el payaso más grande de occidente. Así es. Su inteligencia, por gigante, penderá siempre de un hilo que nunca será lo suficientemente grueso como para soportarla con seguridad. Una vez, borracha como nadie, se metió dentro de una alcantarilla “a cazar cocodrilos”. Su intensidad es tal que ni el Tito ni yo podemos con ella en ese estado. Y eso es grave, considerando que somos los parranderos más parranderos de la capital.

El Pecas, cuando está sobrio, es la persona más transparente que puedan imaginar. El joven presenta una inocencia incluso tierna. Incluso infantil. Incluso ignorante y excesiva. Como siempre tiene la primera palabra, es un portal de entrada a otras drogas más atroces como los gambleros ya nombrados. (Todos sabemos que los ríos transparentes desembocan al mar). El Pequitas, cuando está ebrio, demuestra ser un ser colmado de culpa. Un alma penitente, triste y melancólica, que entiende su lugar en este mundo como la extensión de un castigo cósmico que le tocó heredar. Esto lo ha preparado de una manera genial para ocultar muchos ases bajo esa aparente transparencia. Miles de veces nos ha sorprendido, superándonos en nuestras respectivas áreas. Olvidé decir que es el único verdaderamente bonito.

El Marcos Tres de Bastos (o Trehbahtoh, para los amigos), es el continuador más directo del Vilches. Caminante profesional, viejo desde su nacimiento, maestro de triquiñuelas, nos ha inculcado que arrojarse sin mirar es lo primordial. Esto hasta que se enteró que alguien lo quiere matar. Desde ese día se deja ver poco y se le escucha cada vez menos. Con esto nos ha enseñado que igual es un poco bueno echar uno que otro vistacito al abismo. Algo poco. Por si las moscas. Lo he visto ebrio solo dos veces. La primera, me confundió con no-sé-quién y me pegó un puñetazo en la nuca (sí, por la espalda). Ese día nos conocimos y entablamos amistad. La segunda vez que lo vi borracho, se acostó con una joven 20 años menor, haciendo gala de un dominio único de la palabra.


Se me quedan varios, como el Trululú, el Hijo del Vilches, el mismo Vilches, el Luna Partida, el Mapocha, el Picarón Linares, el Rolando, el Loco Macana y mi más infernal enemigo: El Pelado. A ellos (sobre todo al Pela’o) les quiero decir que no escribo a pedido, así que esta es una invitación PARA QUE ME PAGUEN LO QUE ME DEBEN, TACAÑOS HIJOS DE PUTA (Sé que el Vilches está muy muerto, pero siempre se puede hacer algo desde el más allá, ¿o no? Ganarse la lotería, por ejemplo).

1 comentario:

  1. Tremendo equipo. Lo que es la literatura, lo cuentas y dan ganas de ser parte de ello, lo ves por la calle y cruzas a la acera de enfrente por si acaso.

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