viernes, 31 de julio de 2015

Algunos retratos


Yo, cuando estoy sobrio, suelo ser uno de los homosapiens más amargados y pesimistas que he conocido. Cuando estoy ebrio, por otro lado, soy el sapiens sapiens más simpático de Chile y ostento un humor agudo e imparable; quienes me escuchan incluso se han meado de la risa (en realidad esto es un poco falso; lo que realmente pasó fue que una vez estaba solo y ebrio en mi pieza, pensando cosas chistosas y uno de esos pensamientos me dio tanta risa que me oriné, así que técnicamente es “un poco” verdad). Por eso siempre intento estar ebrio, porque uno nunca sabe en qué momento puede llegar el deseo de lanzarse al metro o de beber cloro. Me gusta el copete, soy un borrachín de lo más genial. Conocida es mi faceta ebria, mi canto al cosmos, en donde adquiero múltiples poderes de seducción, encanto y masculinidad (cuestiones que siempre faltan y nunca sobran).

sábado, 18 de julio de 2015

Deseo y letanía a los pies del Pantocrátor

Luego de pensar durante horas en cómo solucionar mis problemas en su amplia gama de manifestaciones (problemas mentales, físicos, financieros, de confianza, de autoestima, de bibliofagia, de botarate, de alcohol, incluso uno que otro problema ortográfico), he decidido que la mejor solución es pedir ayuda externa. Y como no soy menos, decidí pedírsela a Dios a través de una carta en forma de poema (aunque para efectos de la perra academia, el poema ya empezó, ahí cuando escribí “Luego de pensar durante horas…”)

Nos ponemos en presencia del Señor:
En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

jueves, 16 de julio de 2015

De hablar más de la cuenta

[Me pasa que subo cosas de manera desfasada, porque la conexión ratona que “tengo” aparece solo cuando quiere, o cuando no he escrito nada para subir (por eso puse “tengo”, yo no tengo nada). Esto que subo ahora es de la semana ante pasada. O quizás de antes. Ya no sé. Me he esforzado por emborracharme estos días y carajo que soy bueno en eso]

Hoy fui a buscar un papel que acreditara que me habían echado de la Feria Chilena del Libro. Como odio hacer trámites, me esforcé y fui borracho (aún estoy un poquito ebrio). Como odio los ascensores, tuve que interrumpir el cierre de uno para lograr subirme rápidamente. Adentro, me encontré con un tipo alto y terniado. No lo miré mucho, pues me dio vergüenza. Educado como soy, le pedí disculpas, que odiaba hacer trámites, además que estos cerdos fascistas me echaron por supuestos robos de libros, cuestión que nunca probaron.

-¿Qué libros?

Debo aceptar que me sorprendió su pregunta, sobre todo porque mi estado de ebriedad era obvio (nadie le hace preguntas de ese tipo a un borrachito). Le expliqué que se perdió un poco de todo mientras estuve ahí. Y que, sí, sí robé, pero un ejemplar estándar de un libro de Borges que nunca tuve y que nunca había leído. También le dije que daba lo mismo, porque todos los que trabajan en la Feria robaban un poco y, además, de seguro ese libro se pudriría ahí, porque la gente que compraba en esa librería compraba “obras de triste valor literario”. Cuando dije esto me detuve. Solo un estúpido como yo diría tamaña aberración a alguien en un ascensor que se encuentra en el mismo edificio de donde te echaron por robo. Lo miré aterrado y le pregunté si trabajaba en la Feria Chilena del Libro. Me miró y, haciendo un gesto con la mano, me hizo entender que no.

-          Oye y por qué dices que la gente de ahí compra pura porquería.
-          Porque los libros que compran siempre traen fotitos de sus autores.
-          ¿Y eso es malo?
-          Peor que malo: terrible. Imagina que tu pega es escribir. Listo. No tienen por qué posar sexy en una foto con la excusa de, no sé, de que las viejas te van a comprar el libro porque les calienta el flaco de la contraportada.
-          Quizás se hace porque es más fácil recordar un rostro que un nombre…

Podría haber contra argumentado algo genial. Desde que salí del ascensor se me han ocurrido como 50 contraargumentos geniales que pude haber respondido sin miedo a recibir un contraataque. No dije ni pío porque me miró con cara de lobo de mar, con la misma expresión de alguien que sabe que sabe más que tú (perdón por eso, jajaja). Ahí, de repente, caché que me parecía conocido. “Un gusto”, le dije cuando me bajé en el piso correspondiente. Me respondió “lo sé”. No estoy muy seguro, pero creo que era Simonetti. Menos mal que no hablé mucho más, porque ese sujeto siempre aparece en las contraportadas de sus libros. No lo culpo, tiene buena pinta. Si yo fuera la mitad de buen mozo me sacaría fotos hasta de mis axilas.

martes, 7 de julio de 2015

El Gato Valentino

Me quejé todo el verano por el horroroso calor que había hecho. Hasta la fecha, también me he quejado por el poco carácter del Invierno, como si hubiese que pedirle “por favor” para que llueva o haga más frío. Ahora me quejo porque tengo mucho frío. Olvidé arreglar los hoyos que tenía mi pieza y me está entrando aire helado por todos lados. Y como soy el campeón para buscar excusas, acá traigo una nueva: así no se puede trabajar, así no se puede escribir. Mis queridos deditos no responden al ritmo acostumbrado. Me cuesta moverlos para escribir. Así que, en lugar de hacer eso, me puse a buscar en un viejo discoduro algún material para reciclar, cuestión que hago más veces de las que desearía. Y encontré algo.
Antes, cuando era un niño-niño, un verdadero retoño del señor, tenía la esperanza de escribir una súper novela para niños, escrita por un niño. La idea es genial, hay que aceptarlo. Pero crecí, no terminé nunca la novela, me salió pelo, espinillas y me volví mañoso. De volver a escribirla (en realidad, a continuarla), sería simplemente un baboso dentro de la edad adulta intentando pervertir niñitos con su novela de mala muerte. Tenía la pretensión de que la historia fuese algo así como el legendario Papelucho, pero resulta que la cuestión con la que acabo de reencontrarme no es muy distinta a mi vida actual. Tiene gracia el asunto, sobre todo porque había olvidado por completo la existencia de estos escritos y porque, cuando los escribí, tenía como 15 años, lo que corresponde como a 6 años mentales en escala gamblerística, aunque biológicamente ya estaba lejos de ser un niño. Podría decirse que fui un profeta de mí mismo, pero dejémoslo en que solo le achunté. Debí apostar, era seguro. Dejo parte del primer capítulo, ya que la idiotez es extensa. Le borré clichés,mantuve algunos y arreglé varios horrores ortográficos. Mantuve  también la mayoría de las fórmulas, para que sonara igual como quería que sonara cuando tenía esa edad, época en la que solo había leído a Pérez-Reverte. Cosas de joven.

[Acabo de leer entero todo lo que tenía del Gato Valentino (que son como 7 capítulos) y es demasiado genial. No puedo creerlo, es un anti-héroe en regla. Replanteando un poco lo anterior, este gato ESTÁ MUY LEJOS DE SER como soy ahora. El giro es otro: El gato es como ME GUSTARÍA ser ahora. Pero ya saben, mis brazos flaquitos y mis instintos de ratón me impiden ser como el felino. A lo más, llegaré a ser como una musaraña o un mapachito, una cosa así.]


I El Gato Valentino

Sintió con sus agudas orejas que algo le acechaba. Se detuvo, alzó su nariz y olió la brisa. Pero nada. Entonces la rata siguió su camino hasta la pared donde se encontraba la entrada a su madriguera. Justo ahí, donde la muralla de ladrillos tenía un hoyo, que era la entrada al nido de guarenes. Caminaba un poco, se detenía a oler y caminaba otro poco, manteniéndose siempre pegada al ángulo que forma el muro con la calle, por sus esquinas.

Aún se salva, pensó Valentino. No me ha visto porque estoy escondido en contra de la luz del farol. Tampoco me ha olido porque estoy acechándola contra el viento. Era un gato gris, mediano. Como un año entero llevaba recorriendo el mundo, lo que es mucho para un gato callejero, ya que suelen morir meses después de callejear. Pero Valentino sabía lo que hacía. A pesar del mestizaje y la domesticación, la raza gatuna recordaba en su sangre los movimientos estratégicos de los grandes felinos. La rata se movía nuevamente, la cola del maldito roedor hacían que Valentino respirara nervioso y eso era lo que había alertado previamente al ratón. Pero el gato ahora se controlaba para no emitir ningún sonido. Seguía acercándose sigiloso y paciente. Cuando estaba a un metro del guarén, sucedió. Músculos tensos. Boca tres cuartos abierta. Orejas hacia atrás. Cola levantada. De un parpadeo salta un metro en dirección al ratón y le golpea la cabeza, haciendo que ruede al centro de la calle, chillando. No te salvas, no te salvas. Le mordió la espalda al guaren en busca de llegar lo más pronto posible a su pescuezo, pero el roedor se defendió mordiéndole la pata a Valentino y este se vio obligado a soltar al feo mamífero, que era grande, a pesar de ser una rata. Maldito guaren, era comida como para dos días. Se había escapado y Valentino ya tenía una nueva cicatriz que mostrar. Claro, jamás diría que se la hizo un ratón. Mentiría, como todos los gatos, y diría que se la hizo un perro, un perro que huyó después de recibir su merecido. La rata ya había escapado. Valentino dijo al viento - Ratón culia’o- y se lamió la pata herida. Mejor en la mañana me cago un pájaro, es más fácil. Sepan ustedes que los gatos son los animales que más groserías dicen, vayan acostumbrándose.

Es tradición para los gatos hacerse llamar con el nombre que algún humano les dio, por muy ridículo que fuere. Era una costumbre vieja e irrenunciable, como caminar o maullar. Pero Valentino nunca tuvo un dueño humano. La sola palabra “dueño” le asqueaba. Su nombre era básicamente el mismo que el de su madre, quien se llamaba Valentina. La última vez que parió gatos, como hace un año atrás, su dueño se los quitó y los mandó a nadar cerca de una acequia que corría al costado de la casa. Uno a uno se los quitó,  para luego tirarlos por los aires como si fueran piedras. Glup, glup, sonaba cuando entraban al agua. Cinco gatos en total fueron brutalmente asesinados esa noche. Valentina fue dejada en paz por el tirano de su dueño y, cuando volvió a estar sola, dio a luz al último gato de la camada: Valentino. Ahora, varios meses después, vivía rondando la ciudad y ya se había acostumbrado a ese ritmo. Dormía cerca del campo, en el límite entre la urbe y la montaña. Generalmente, los gatos son criaturas astutas que viven en colonias si sus dueños humanos no existen, pero Valentino era raro. Desde que aprendió a escalar y a saltar se fue sin despedirse y comenzó a caminar por la vida. O a “gatear”, como dicen los felinos, y noten la diferencia, ya que para los humanos gatear es moverse sobre sus cuatro apéndices a eso de los 5 meses, de manera torpe y lenta y los gatos, para esa fecha, ya pelean con sus padres y se acuestan con sus primas, tías o lo que sea – o lo que se pueda-. Básicamente de eso se trata esta historia: de peleas y sexo.