viernes, 26 de junio de 2015

El Sémola: 26 años rompiendo los barrotes de la esclavitud.


Justo cuando estaba a punto de caer en la rutina, cuando estaba en el filo de convertirme en un trabajador ejemplar, me pasó algo increíble. Hace tiempo, tuve que ir a dejar unos papeles a la oficina de un supermercado. Su secretaria era muy linda, por lo tanto, me enamoré. De cualquier cosa sacaba excusas para ir a ese despacho. Ayer nuevamente fui y dije mis chistes de costumbre, me hice el lindo, etc, etc. La chica se reía, se notaba que le caía bien o que me encontraba simpático. En ese momento era seguro que tenía al menos alguna remota posibilidad de meterle mi lengua (aunque sea remota, para mí ya es suficiente).
Iba saliendo del despacho, cuando caché que tenía un zapato desabrochado. Por la cresta. Para abrochármelo, me saco el bolso que ando cargando desde que trabajo como junior, y, terminada la maniobra, salgo del antejardín, olvidando el bolso ahí mismo. Nunca ando con bolsos ni mochilas ni nada de eso, por los mismo siempre me pasan esas weás, que se me olvidan de maneras idiotas. Al percatarme que estaba sin el bolso, me devolví. Lo había dejado en el antejardín, a un paso de la reja. Me dio vergüenza tocar el timbre para que me abrieran, ya que, además de que pensarían que soy un idiota, la secretaria comenzaría a sospechar que quiero morir a su lado. Entonces, me saqué la chaqueta y metí el brazo entre los barrotes de la reja.

Así es, quedé atrapado.

No estaba atrancado por el brazo, sino que por mi cabeza. Para intentar alcanzar el bolso de mierda, tuve que extenderme al punto que pasé mi cabeza por entre los barrotes. Pero el mundo no es equivalente y la vida es injusta: si la cabeza entró fácil, no necesariamente significaba que saldría fácil. La cosa es que con el brazo libre toqué el citófono. Como no podía contestar, lo toqué hasta que salieron a ver qué onda.

“Hola, me quedé como un poco atrapado parece”.

La secretaria me intentó ayudar forzándome la cabeza, pero me dolía mucho y me daba miedo que se me saliera.
Me da lo mismo perder el brazo, linda, total tengo dos, pero mi cabeza es valiosa.
¿Por qué? ¿Porque te crees genio?
No, porque ahí tengo mis dientes. Me los cuido harto, fíjate.

Después de media hora ya nada era chistoso. La joven fue a buscar al guardia. Un tipo grandote y fortachón. Me empezó a bromear y amenazó con grabarme con su celular. Le imploré que no. Yo creo que incluso se me pusieron los ojos un poco llorosos, así que no me molestó más. Aunque llamó a toda la oficina para que me vieran, me liberó haciendo palanca con una de esas porras que utilizan los vigilantes privados.

“No se te vaya a quedar el bolso de nuevo, po” JAJAJAJAA. Malnacidos.

Llegué dos horas tarde de vuelta al trabajo. Aunque les expliqué lo sucedido ya era tarde. Estaba despedido. En otras palabras: LIBRE. Qué paradójico.

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