lunes, 25 de mayo de 2015

De los sabios consejos de la conciencia de uno mismo


Hoy en la mañana desperté carente de ideas. Ideas literarias. Dormí poco porque tuve unas pesadillas bien densas, así que mis neuronas no funcionaban a su ritmo habitual. A veces las ganas de escribir no van de la mano con las capacidades para escribir [ni con la calidad, hay que decirlo]. Y ocurría eso: quería escribir, pero mis sinapsis chapoteaban en lugar de volar. Entonces, en busca de inspiración, hice lo de siempre para remediarlo: salir a caminar. Caminé cerca de tres horas por una ruta redundante, sin destino aparente. Nada, seguía bloqueado. Resulta que en lugar de imaginar “ficción” (lo pongo entre paréntesis porque en realidad lo que necesito imaginar son fórmulas que den cuenta de algo que no necesariamente es ficción, ya ven, como este blog que habla de mi vida), recreaba mentalmente imágenes que podrían haber ocurrido pero que nunca ocurrieron, como qué hubiese pasado si fuera más alto, rico, con casa propia, rubio, cosas así.

De la nada, me vi frente a una cafetería que se encontraba vacía. En el refrigerador muestrario donde exponen los distintos pastelitos que venden, vi uno que me enamoró. Quedaban dos trozos. Chisqueic, me dijo el joven que atendía. Al ser una cafetería céntrica, el precio de esos pasteles era exorbitante. Entonces, mi conciencia me recomendó:

“oye culiao, no te queda casi nada de plata, no la gastes en tonterías, si te compras esos pastelitos pasarás, otra vez, un mes cargado de hambre y desesperación. Para con tu miseria. Guarda la plata para cuando verdaderamente la necesites”.

Antes de que mi conciencia terminara su discursito de siempre, yo ya me había comido el primer trozo de pastel. Fue tan magnífico que compré el segundo y me lo engullí sin perder tiempo. Además, me tomé un café. Le pagué al joven que me atendió y le di una sustanciosa propina. Para que mi conciencia aprenda, una vez por todas, a estar subyugada por mi deseo.

Saliendo del local se me acerca un compadre, como de mi edad aunque notablemente más alto (todos son más altos quel Sémola en el país del Sémola), borracho o drogado y con ganas de pelear. Sin consultarme nada me pegó un empujón que me dejó en el suelo. Me dijo:

-Sálete de alfrente, bastardo conchetumare.

Era un gayo malo (todos son más malos quel Sémola en el país del Sémola). Ante la afrenta, mi conciencia me dijo:

“no te las vayas a dar de batman solo porque te están mirando unas minas a la derecha. Loco, esas minas están bien lindas y a eso súmale que no culeas hace tiempo. Deberías pelear wn, pero esta vez gana, porfa, para de perder alguna vez en tu vida, SÉ BATMAN”.

Contrario a lo que me dictaba mi conciencia, no me rebajé al nivel de tal matarife. No señor, yo puedo llegar mucho más abajo. Me puse de pie de la manera más digna (las chiquillas seguían mirándome), me sacudí la tierra, lo miré a los ojos, fiero y choro, con medio Arauco en mi sangre, y, con mi mejor vozarrón, le dije:

-Perdón, tienes razón: me salgo de al frente y soy un bastardo conchetumare, perdón.

El tipo pasó pegándome una mirada de esas que suelen ser definitivas. Me dijo algo como “así me gusta”. En cuanto me dio la espalda le pegué una patada en los testículos. O sea, eso intenté. Eso hubiera pasado si es que yo pegara bien mis patadas, pero se la pegué en una zona intermedia entre su trasero –poto– y la cara interior de la pierna. El ataque, aunque malo, fue sorpresivo, pero no fue suficiente para derrotarlo (ni para impresionar a las muchachas, quienes me pifiaron). Entonces recurrí a otra técnica igual de gamblera: huir como una rata. 
Y acá estoy. Cansado pero indemne. Siempre termino corriendo, no entiendo por qué me cansa tanto ¿Me sirvió de algo? Porsupollo. Mi conciencia me recordó un altercado parecido que me ocurrió tiempo atrás, cosa que dio mucho que hablar.
Tate, tengo cuento nuevo.


[A todo esto, no es la primera vez que un desconocido me ataca porque sí. Debo tener algo en la cara; soy el blanco favorito de esquizoides, borrachos, matones, pandillas, patotas, barras bravas, violentistas, pacifistas, mujeres empoderadas, mujeres, etc. Por eso no me sorprende ni me ofende ni tengo interés en aprender a pelear como hombre].

4 comentarios:

  1. Está todo, la afrenta, la duda, las pibitas, el orgullo, la agresión traidora y la huida (nunca indigna huida si no lo atrapan a uno), en fin, completo.

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    1. Auge y caída del humano: una vida, un instante, un perro.
      Un abrazo trasatlántico.
      S.

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  2. Me hizo un poco de gracia el cuento al final, pero como que no me cuadra la forma de hablar del narrador y la de "su conciencia", me da la impresión de que son demasiado diferentes para tratarse de la misma persona -.-
    Saludos

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    1. Así es: pepe grillo era muy distinto a pinocho. De la misma manera, ese flaite weno pa' las fiestas a quien llamo conciencia, es diametralmente distinto a mí mismo. Cosas de la psicología, me dicen por acá.
      De cualquier forma, gracias por pasarte y escribir.
      Saludos!
      S.

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