miércoles, 8 de abril de 2015

Sobre las metas en la vida. Las verdaderas metas en la vida.


Nunca conté cómo terminó eso del año nuevo, cuando con el Tito nos robamos unos fuegos artificiales con los que casi incendiamos un parque entero. Tampoco he contado cómo terminó la gesta del Detective Sémola, hombre como muchos, valiente como pocos y mentiroso como ninguno, logré resolver el caso menos importante del planeta. Nunca me he referido explícitamente a mi conversación con Nicanor Parra, larga charla que redefinió (lo habré escrito bien? Re-de-fi-nió) la visión que yo tenía sobre la literatura y las lechugas. La joven del ombligo, eso terminó de varias maneras, todas desquiciadas. En general, hay muchas cosas que no he contado, como cuando me puse a pelear con un payaso (perdí) o como cuando choqué con una paloma (perdí también). Mis derrotas, mis queridas derrotas, cuando corrí por Banderas semidesnudo escapando de un neonazi celoso. Cuando me detuvieron por dormir en el Palacio de la Moneda. Cuando, borracho, pensé que era un fantasma, lo que terminó conmigo en el hospital. Cuando me encontré un billete de $1000 que luego se transformó en cien lucas. Cuando vomité a un carabinero. Cuando desperté dentro de una librería. Cuando me robé un ejemplar del Quijote. Cuando me robé otro ejemplar del Quijote (el primero lo extravié). Cuando perdí una partida de ajedrez con un ingeniero maestro. Cuando, desde varios metros de distancia, le di a un tarro con una piedra. Cuando soñé con Quevedo. Cuando recorrí Chile casi entero a pie. Cuando desperté hipotérmico a las orillas del Mapocho…

Solo yo viví y sobreviví a tales calamidades. 

Esto que leen está escrito por un hombre que ha vivido (y muerto) dos veces en busca de alcanzar la negrura necesaria para escribir como esta historia se lo merece, riendo tanto y tan fuerte que la vergüenza y la dignidad se transformaron en tiernos ropajes por quemar. Nunca he contado quién es El Copa Rota, ni tampoco he explicado qué tatuajes tengo en qué partes por cuáles motivos. No he dicho por qué me llaman (y me llamo) El Sémola.

Toda esa información corresponde a una pequeña parte de cierto libro que me encomendaron. El resto se teje con las historias de mis compañeros, mis palomas roñosas, quienes me han narrado, uno a uno, sucesos equivalentes en intensidad y dirección. Pero seamos honestos: con la extraña suerte que tengo, es muy posible que al finalizar la escritura del libro (por supuesto que quedará excelente, pues mi mérito solo radica en registrar esta canción que nos pertenece a todos) alguna tragedia nos lo arrebatará, o me arrebatará a mí. Cosas que pasan. Ya lo veo venir: Apocalipsis, guerras, sequías, hambrunas, crisis varias. Debería apurarme antes de que todo se vaya al carajo y mi labor se vuelva más fútil de lo que es ahora. Así, algún día, espero que no muy lejano, podréis recurrir al libro (cuyo nombre aun es incierto), leerlo y luego exclamar: “esto de seguro es mentira”. Pero al menos nos quedará el consuelo de que, por un tiempecito igual a un número X de páginas, todos los gambleros habremos vivido y muerto en tu mente. Ya ven, la verdadera magia de la literatura. 

2 comentarios:

  1. Sabes, me pierdo en tus palabra, si escribes un libro me encantaría ocupar unas lineas en el, de alguna forma dejar alguna huella, una marca, cosa que en el futuro mires atrás y algo de mi esté presente en ti... nada sexual, lo aclaro...

    A todo esto como dice Gepe en su canción media altiplánica, traigo lo que gané en la lucho, lo que perdí lo dejé atrás... (mis derrotas, feas derrotas)

    Saludines Semolines!

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