jueves, 23 de abril de 2015

La noche del Libro

Hoy fue día del libro. Feliz día del libro. Pero ahora es de noche. La noche del Libro. Al respecto dos anécdotas sobre libros.

La primera: desde que vivo solo hay un libro que me ha mucha dado pelea. Es una edición vieja y gastada de La Casa de los Espíritus de Isabel Allende. Solo me quiero deshacer de él, pues descubrí que varios bichos viven entre sus páginas. Eso me atormenta, porque en cualquier momento fundan colonias en otro de mis amados libritos. Como yo jamás voy a botar un libro, he intentado regalarlo todo este tiempo, fracasando siempre. “Apuesto que es uno de tus trucos”. “Odio a Isabel Allende, si pudiera retrocedería en el tiempo y…”. “No, porque me pedirás cosas a cambio”. Entonces ahí sigue, mirándome desde mi escritorio. Lo ocupo de posavasos, de tranca para la puerta, de mata bichos, etc. Podría dejarlo en algún lado para que alguien X lo recoja, pero no es suficiente, una maldición así debe ser entregada con pericia. Se me ocurrió la genial idea de ir a mezclarlo entre los libros de la Feria Chilena del Libro, lugar macabro y capitalista del cual me despidieron hace un tiempo por supuestos robos.

martes, 21 de abril de 2015

La balada del Caído

[Instrucciones:

Léase con tono umbrío, aunque musical, imaginando que se emborracha solitario dentro de un bar ruinoso, fingiendo cargar sobre sus espaldas un peso descomunal, cuando en la realidad no hay peso que pueda resistir. Lea y musicalice profundizando su voz, como si de pronto vuestro pecho fuera una caverna llena de espacio, nido de ecos, caja de nada. A preferencia del lector, intercambie la palabra “Santiago” por el nombre de la urbe más cercana o más lejana, la que usted quiera. Muchos mueren luchando, nosotros lo haremos bailando].


La balada del Gamblero

 I

Sin niuno en el bolsillo
y con un ron entre las tripas,
vas cayendo y te desquitas
con Santiago y sus vecinos.

El Gato Blanco fue vendido
entre trampas y cigarros,
con esta caña no me paro
pa ver esté* mundo torcío.

Cien lagrímas* cruel rocío
no hay lugar para las dudas,
no recuerdes que no ayudas,
que la primera en ser quemada
fue la esperanza con sus críos.
La piedad fue desarmada
como el fango contra el río:
El silencio está podrío,
el silencio está podrío.

miércoles, 8 de abril de 2015

Sobre las metas en la vida. Las verdaderas metas en la vida.


Nunca conté cómo terminó eso del año nuevo, cuando con el Tito nos robamos unos fuegos artificiales con los que casi incendiamos un parque entero. Tampoco he contado cómo terminó la gesta del Detective Sémola, hombre como muchos, valiente como pocos y mentiroso como ninguno, logré resolver el caso menos importante del planeta. Nunca me he referido explícitamente a mi conversación con Nicanor Parra, larga charla que redefinió (lo habré escrito bien? Re-de-fi-nió) la visión que yo tenía sobre la literatura y las lechugas. La joven del ombligo, eso terminó de varias maneras, todas desquiciadas. En general, hay muchas cosas que no he contado, como cuando me puse a pelear con un payaso (perdí) o como cuando choqué con una paloma (perdí también). Mis derrotas, mis queridas derrotas, cuando corrí por Banderas semidesnudo escapando de un neonazi celoso. Cuando me detuvieron por dormir en el Palacio de la Moneda. Cuando, borracho, pensé que era un fantasma, lo que terminó conmigo en el hospital. Cuando me encontré un billete de $1000 que luego se transformó en cien lucas. Cuando vomité a un carabinero. Cuando desperté dentro de una librería. Cuando me robé un ejemplar del Quijote. Cuando me robé otro ejemplar del Quijote (el primero lo extravié). Cuando perdí una partida de ajedrez con un ingeniero maestro. Cuando, desde varios metros de distancia, le di a un tarro con una piedra. Cuando soñé con Quevedo. Cuando recorrí Chile casi entero a pie. Cuando desperté hipotérmico a las orillas del Mapocho…

Solo yo viví y sobreviví a tales calamidades. 

Esto que leen está escrito por un hombre que ha vivido (y muerto) dos veces en busca de alcanzar la negrura necesaria para escribir como esta historia se lo merece, riendo tanto y tan fuerte que la vergüenza y la dignidad se transformaron en tiernos ropajes por quemar. Nunca he contado quién es El Copa Rota, ni tampoco he explicado qué tatuajes tengo en qué partes por cuáles motivos. No he dicho por qué me llaman (y me llamo) El Sémola.