martes, 31 de marzo de 2015

Recuerdos de La Vía Nocturna

Antes de irme de la casa de mis padres, hace años, tenía un blog que se llamaba “La Vía Nocturna”. Pretencioso desde la primera letra hasta la última, buscaba dejar por escrito lo que en ese entonces consideraba de vital importancia tanto para mí como para el mundo entero: mis pensamientos. En esencia no he cambiado tanto. La diferencia es que actualmente nada me importa mucho (o todo me vale un bledo) y, si me importara, no duden que hace rato me habría suicidado. Pillé en un documento una de las últimas entradas de ese blog. La he leído sus quince veces y no me extraña que me haya vuelto loco. Como dije, no he cambiado tanto, solo he perdido esa pasión que antecede las grandes catástrofes del espíritu, ya no soy tan radical en nada. Es una suerte, además, que hasta el momento no se me haya dado tribuna, porque cuando eso pase me iré y me llevaré a varios conmigo. Les dejo íntegra (mentira, le corregí algunas faltas de ortografía, aunque conservé algunas fórmulas idiotas y "errores" de estilo) una de las últimas entradas de La Vía Nocturna.



Fui a ver Hamlet. Me gusta esa obra y me gustó como la representaron. Pero no me gusta el teatro: la sola idea de enfrentarme a un arte que tiene como esencia la colectividad me repugna. Sumémosle que ando mal estos días, desganado, taciturno. Terminé la universidad, no puedo con ella. No quiero ir más, ni ver más a ninguno de mis compañeros, ni a XXX. Son encantadores, pero no quiero saber de ellos. Lo mismo con XXX y XXX, no los quiero ver más. Ni a mis padres, ni a mi querida hermana. Me quiero ir lejos y para siempre. Estar solo, morir solo. Me hago promesas que no cumpliré, me juro, a rajatabla, que me superaré el próximo año. Pero no. Me juro que le mandaré a alguien algún cuento o lo que sea para saber si lo que construyo “vale algo”. Pero no. Sobresalir nunca será mi meta. He aprendido que no hay que esforzarse por aquello. No quiero pertenecer a ninguna casta intelectual de pacotilla, nada que me OBLIGUE a pensar. No soy inteligente como ellos, ni tengo tanta imaginación como dicen, ni nada. Soy simple como un hongo y detestable como un murciélago. De los inteligentes será el reino de la tierra, de los constantes, el Cielo, a los otros, el infierno… pa’ mí? Pa' mí no hay nada. Y no lo hay porque así yo lo estipulo. Voy a seguir escribiendo y continuaré sin mostrárselo a nadie, para que cuando caiga duela, y para que cuando me siente a pensar en ello me vea ridículo, como cuando grito en público o como cuando hablo más de la cuenta. Yo no soy un iluminado. No soy superior. No soy capaz. Yo quiero, anhelo y necesito ser lo bajo, lo subrepticio, lo olvidado, lo indecente, lo decadente. Y no ese decadentismo afeminado de los poetas. Quiero ser el verdadero decadentismo, ése que no hace arte, ése que nadie mira. Yo soy eso, yo quiero ser eso. No oro sino que basura, no rosa sino que hongo, no halcón sino que paloma y cuervo, sal de ojos, gusano, carroña, señor de chinches y garrapatas, de garabatos y descuidos, mentiras. Sobre todo mentiras, que es lo único que justifica mi trabajo, mi muerte y hasta mi vida. Soy aquello porque elijo serlo y soy aquello porque es necesario. La luz existe porque hay algo con qué compararla. La luz existe porque hay algo con qué compararla. La luz, impoluta, brillante y eximia como sangre de ángeles, existe y resalta porque estamos nosotros.


Haré de lo risible lo único y arrastraré conmigo a las almas que olvidaron: a los malditos, de ellos seré su Jesús. De ellos.

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