sábado, 28 de febrero de 2015

Guadaña

(Esto me pasó hace una semana exacta. No lo pude subir porque he tenido problemas con mi internet (recién hoy me pude conectar (así es, puse un paréntesis dentro de otro paréntesis dentro de otro paréntesis)). Advierto que es una entrada larga, más de lo normal, en serio, la pulenta que sí)



Jamás pensé en conocer a una mujer tan loca. O sea, sí, obviamente lo he pensado, pero es tan probable como la mayoría de mis pensamientos idiotas: ser presidente o rubio o musculoso o presidente musculoso. En otras palabras, era poco probable. Se los cuento solo porque ella accedió a que lo publicara. Cuestión que siempre le pregunto a “ellas” y que, la mayoría de las veces, termina solo con un buen secreto entre las implicadas y yo.
Luego de pasarla a buscar a su trabajo, fuimos a un local al que soy frecuente, lleno de viejos chicha y de perros sin plata. Antes de la primera cerveza tuve que decirle lo del ombligo, confesión que se tomó con un humor demasiado saludable. Acto seguido, se levantó la camisa hasta la altura de sus pechos y me mostró el vientre (y los pechos, ambos, bien lindos).

¿Ves? Me depilé para ti.

martes, 17 de febrero de 2015

UMBILICUS


Cerca de donde trabajo hay un negocio que es atendido por una muchacha. Es bien linda. Sé su nombre porque usa una pequeña identificación sobre su pecho derecho. Es bien linda. Debe tener mi edad, o menos, aunque se ve de mi edad. Es bien linda. Cuando soy atendido por ella, me sostiene la mirada seriamente, lo que me hace pensar que busca algo más que venderme alfajores. Pero yo solo le doy las gracias y me voy. Cada vez que me volteo la sorprendo mirándome con sus intensos ojos. Hoy en la tarde, como de costumbre, fui. Ella estaba fuera arreglando unos afiches en la parte superior de un ventanal. Eso hizo que se le subiera la camisa con la que trabaja, dejando ver una zona que suele estar cubierta por ropa, esa que se ubica sobre el pantalón y bajo la camisa. Pude ver que tenía un ombligo notablemente peludo. Me dio mucha risa, cosa que disimulé siendo más simpático de lo común. Así, una cosa llevó a la otra y resulta que ahora saldré con ella el sábado en la noche. Tengo que llegar a ese ombligo aunque sea lo último que intente.

martes, 10 de febrero de 2015

Día laboral 1


En mi nuevo trabajo (que odio, por cierto) hay un ingeniero que generalmente recorre la construcción inspeccionando no sé qué cosas. Es un viejo de 60 años aproximadamente y tiene cara de malas pulgas, no saluda ni mira a los empleados como yo. Eso no es lo raro, tal comportamiento es de lo más normal en su calaña. Lo raro es que al viejo lo conozco. Lo vi hace mucho, mucho, cuando yo aún era un niñito. Por esa época estaba en el taller de ajedrez del colegio y cierto día fue un sujeto que era algo así como el maestro del maestro de nuestro maestro. Lo que hizo siempre lo recordaré, porque en esa época lo tildé de fantástico e inimaginable, como si fuera un super héroe. Nos pusimos todos (los doce o trece muchachos que éramos) ordenados en una fila con un tablero dispuesto frente a cada uno. El sujeto jugó con todos al mismo tiempo. Mientras caminaba, movía piezas. Obvio que perdí, todos lo hicimos.
Pero han pasado años y me he transformado en un jugador de ajedrez bastante competente. La Fortuna me lo puso en el camino y es tiempo de tirar los dados. Ayer, en una hoja de cuaderno que llevé de mi casa, escribí mi primer movimiento:

1. b4 

(esto significa que moví un peón al cuadrito b4 del tablero, un tablero imaginario pero tan real como tú y como yo).

Lo dejé anónimamente bajo la puerta de la garita donde este sujeto tiene su base, sin mucha esperanza. Pero, sorpresa, hoy pegó la misma hoja con su movimiento escrito en ella. Lo dejó luego de irse, lo que me hizo pensar que pretendía seguir adelante con esto sin violar mi anonimato. Además, en lugar de ser parco y distante como antes, el día de hoy el tipo anduvo feliz, mirando a todo el mundo a la cara y saludando como mormón. Veremos cómo sigue este asunto, pretendo ganar para luego extorsionarlo. 

lunes, 2 de febrero de 2015

De los ambiguos motivos de mi despido

“Toma asiento, te explico. Me imagino que habrás escuchado los rumores y, en realidad, no me parece prudente tener que trabajar con alguien que inspire desconfianza en el local. Es verdad que has vendido más que ningún otro vendedor en su primer mes y es verdad que has hecho harto por que el flujo de gente aumente en el local, cosa que nos ha ayudado a superar por mucho la meta del año pasado en estas mismas fechas. Pero no puedo pasar por alto el hecho de que los libros que vendes no son Best Sellers, ni puedo ignorar que durante todo el día te viene a ver gente de dudosa calaña, gente que se nota que no son lectores. Tampoco puedo desconocer que nuestras pérdidas por hurto han sido las más altas de todos los locales en toda la historia de la franquicia. Con esto no estoy afirmando nada, porque no tengo pruebas. Solo digo que desde que llegaste las cosas no son como antes. Te ofrezco, entonces, lo siguiente: en lugar de despedirte, propongo que renuncies. Si lo haces, no habrá investigación y no daremos malas referencias de ti. Esto, en retribución por lo de las ventas y debido a las sospechas que me generas. Tómalo o déjalo”.

Y lo tomé, claro. 

Trabajé vendiendo libros como por un mes y me gané una cantidad importante de plata. No me referiré a mi implicación en tales pérdidas por hurto. Solo diré que soy de las personas que cuida y hace libros, no de las personas que los venden como si fueran impresoras. Sigo en crisis. La próxima semana entro a trabajar a la constru. Veremos si duro más, aunque lo dudo. Nací para ser un flojo.