miércoles, 7 de enero de 2015

Aventura de año nuevo 3 (penúltima)


Llegamos muy borrachos a la ladera del Cerro Canal.
En el camino, el Pecas lloró dos veces.
Dijo que extrañaba su Musa.
No había nadie en los alrededores del Cerro Canal.
Nos pasamos, tránfugamente, por la reja que rodeaba al Cerro Canal.
Los tres, como ninjas, subimos al trote la ladera del Cerro Canal.
Los tres, como mosqueteros, inspeccionamos el Cerro Canal.
Como los Tres Chiflados, notamos que no había ningún puto fuego pirotécnico en el Cerro Canal.
Como los Tres Tristes Tigres, bajamos decepcionados.
El Pecas volvió a llorar.

Como las Tres Marías, venían tres hermosas muchachas caminando calle abajo.
“Hola, hermanita ¿acaso no habían fuegos artificiales en el Cerro Canal?”, pregunté.
“Sí, claro”, respondió.
“¿Y por qué no veo nada?”, pregunté.
“Porque ese no es el cerro, ADEMÁS QUE SE LLAMA CALÁN, NO CANAL”.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tengo una pésima memoria.
Como los Reyes Magos, seguimos a nuestras estrellas (en serio que estaban muy lindas).
Nos guiaron al Cerro Calán, no estaba tan lejos.
¡Oh, largas y funestas horas que nos separan del límite entre…


Al carajo, me aburrí de escribir así. Esto demuestra que la poesía no es lo mío. De hecho ni si quiera es un poema; la weá mala, mein gott, solo escribí un párrafo y lo re ordené en *versos*.

La haré corta. Una vez en el cerro Calán, nos pasamos solo el Baraja y yo por la reja. Había mucha gente, así que nos cuidamos más de que no nos vieran. Para eso, dejamos al bruto del Pecas vigilando el lugar por donde nos pasamos. “Si ves a los pacos, nos chiflas y nos escondemos hasta que se vayan”.
Subimos rápidamente la ladera del cerro y, ahí, en la cumbre, por fin vimos los cohetes, ordenaditos como militares. No eran como los cohetes del Correcaminos, pero eran igualmente bacanes, de un color amarilo eléctrico. Nos costó sacar el artilugio, porque estaban como soldados a una estructura que los mantenía de pie, mientras que una cinta (me imagino que respondiendo a algún mecanismo eléctrico) pasaba por cada uno de los tubos. Finalmente, lo logramos retirar, a punta de fuerza bruta (si a eso se le puede llamar fuerza). Ahí estábamos, los argonautas robando el vellocino.


Antes de llegar a la reja, cachamos que el cobarde idiota del Pecas no estaba. En su lugar, una furgoneta de Carabineros. El Titín se comenzó a poner nervioso (además de borracho, había fumado marihuana). Nos van a matar, nos van a disparar, entreguémonos, será el fin. Lo calmé diciéndole que, posiblemente, el Pecas, cobarde como la rata más pequeña, salió corriendo cuando vio a los pacos. Cosa que era de esperar, el güeón estaba bien sensible y siempre fue bien chueco. Que los pacos estuviesen ahí era pura casualidad. De cualquier forma, nos escondimos bajo un espino ubicado en la bajada del cerro, expectantes a que no hubieran moros en la costa (siempre quise ocupar esa expresión) para salir raja'os de ahí. 

En eso, comenzaron a lanzar los fuegos. Feliz año nuevo. Fue horrible. Las explosiones nos hicieron mierda, no los tímpanos, no los ojos, sino que la guata. Sonaban TAN fuertes (o nosotros estábamos TAN cerca) que me dieron ganas de cagar. Me retumbaban en todo el cuerpo, era como tener relaciones con Dios. Mientras aún nos atormentaba el zafarrancho, fui a cagar escondido bajo otro espino. Después de la masacre, nos fuimos. Lo que viene es feo feo, lo contaré otro día, porque la próxima entrada será la GLORIOSA entrada número 100. Todo un logro para un flojo de mieeeeeeeRRda como yo.

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