miércoles, 19 de noviembre de 2014

La naturaleza cacomórfica y monstruocefálica de Ismael

[[Teletón Chile, simplemente referida como «la Teletón», es un evento benéfico televisivo realizado anualmente en ese país desde 1978, salvo en aquellos años cuando se realizan elecciones presidenciales. La Teletón de Chile, la cual fue liderada por Don Francisco, fue la primera teletón y, debido a su éxito, ha sido imitada en otros países de la región.]]


En esta ciudad insana, acequia de la hispanidad, hay algunos monstruos que por mí son muy queridos. Monstruos en el sentido estricto: adefesios que “presagian” calamidades que ocurren constantemente, insignias de su naturaleza cacomorfa o monstruocefálica. Uno de ellos se llama Ismael. A pesar de tener tan literario nombre, su estampa se aleja de cualquier forma de belleza -pero no de arte-. Ismael nació con una condición invalidante, sus piernas terminan a la altura de la rodilla en un nodo grueso y amorfo, junto con pequeños apéndices inservibles. Una de sus manos, además, es como una ramita flácida de piel, adornada con dedos igualmente atrofiados. Tiene un solo brazo funcional que utiliza para moverse sobre una patineta que él mismo adaptó para tal propósito (yo la bauticé como Pequod, jejeje). 

No le tengo lástima. Es un desgraciado, sí -¿quién no?-, pero la lástima se reserva solo para aquellas personas lastimosas. Este sujeto es un mal parido cualquiera, grosero como pocos e inteligente como menos.

Lo conocí hace un par de años, cuando yo aún era un pollo inocente y estafable. Ese mismo día tuve la estúpida idea de preguntarle si alguna vez había ido a la Teletón, “para que te arreglen, po, para que te mejores”. Me lanzó una mirada intensa, chorreando desdén. Luego, agregó:

Yo no soy defectuoso, soy diferente. No quiero que me torturen con operaciones de mierda, ni quiero dar lástima con mi cuerpo. Yo quiero que todos me acepten así como soy; que pueda encontrar un trabajo apto para mí y que, sobre todo, no me traten como si estas piernas fueran fruto de un accidente.

No supe qué contestarle. Su postura ante el tema era sólida y, de golpe, noté que las capacidades de este monstruo eran muy superiores a las mías. También comprendí que su dignidad le impedía postrarse para mendigar–Ismael vende pequeñas chucherías, es común verlo en el centro- , a tal punto que constantemente rechaza el dinero de quienes se lo facilitan con ánimo de limosna. “Como si ellos fueran superiores a mí”.



Condenarse por voluntad propia es, en cierta medida, un acto rebelde que me llena de algo muy parecido a la satisfacción. Pero ser condenado por la voluntad social, verse sin la capacidad para decidir qué hacer, es otro escupo limpio e insolente de la humanidad hacia su propio reflejo. Ya basta de Teletón.

1 comentario:

  1. Sé que es una tontería pero no hago más que pensar en cual podría ser un trabajo adecuado para ese tío.

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