miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cuento: Presión Social.

(Como no me ha pasado nada y como el Detective Sémola es un verdadero inútil, prefiero pegar íntegro un cuentito que escribí hace algún tiempo -como hace dos años-)

Presión Social

Cansado, después de un agotador mes casi infinito, llegaba a casa con mi pequeño sueldo. Al doblar por una esquina poco transitada, se me acerca un tipo de mala cosecha y me amenaza con un cuchillo, exigiendo el dinero de mi salario. Era un asalto y él su perpetrador. Le dije:

“Amigo, no eres menos ni más que yo. Sé que robas porque es lo único que sabes hacer, que te viste obligado, que la vida no se te ha dado fácil; pero, por favor, considera que yo también tengo que mantener a 2 niños y que con mi sueldo, sí, el que me vas a robar, apenas me alcanza”

El tipo, aunque mostró cierta conmoción a través de sus ojos, me acercó más la cuchilla, al tal punto que podía sentir su temperatura en la piel de mi cuello. Me respondió:

“No me importa, no me cuentes tus problemas, no me importa, solo dame la plata”.

La terrible angustia de verme sin fondos al inicio de mes me empujó a responderle:

- Bueno, lo siento. Tendrás que robarle a un muerto, porque no puedo permitir que te lleves mi dinero.

- De qué estás hablando- bramó, y sentí que el filo me rozaba la garganta.

Levanté mis manos en señal de rendición, cerré los ojos, tragué saliva y comencé a decir lo que, quizás, serían mis últimas palabras.

- Que yo no apruebo la violencia, sería incapaz de hacerte daño. Tal cosa sería caer dentro del sistema nefasto en el que estamos inmersos. Tampoco puedo entregarte mi plata, la necesito, y no tengo el valor para llegar con las manos vacías a mi hogar. Entonces, prefiero morir, amigo. Solo pido que, cuando me acuchilles, intentes matarme rápidamente. No quiero que mi familia sepa que agonicé de dolor antes de estirar la pata, eso los haría sufrir más aun.


El tipo hizo el amague de enterrarme el cuchillo, pero no me lo clavó. Pensó en mis palabras. Pensó que, tanto él como yo, éramos víctimas de un engranaje con sed de sangre. Hizo el amague de enterrarme el cuchillo, pero no le dio el cuero. Se acordó de su hijo, de su polola, de su madre y concluyó que la salida no estaba en la violencia, sino que en la búsqueda de un bien mayor y común para todos en la sociedad. Bajó el cuchillo dispuesto a dar media vuelta para volver a su casa con las manos vacías, pero con el corazón renovado. Bajó el cuchillo y se sorprendió cuando, de un rápido movimiento, le arrebaté el arma de sus manos. Su cara se abrió de sorpresa cuando se lo clavé en el vientre, con el fin de seguir apuñalándolo repetidas veces en la misma zona. Se consternó al sentir que las rodillas se le doblaban por el dolor. Se sintió idiota cuando, sin parar de ser apuñalado, me vio sonreír manchado de su propia sangre. Aún estaba vivo cuando le escupí en la cara. Yo estaba tranquilo, total, diría que fue “en defensa propia”.

1 comentario:

  1. Qué quieres que te diga, no le culpo. Se pasa muy mal cuando le atracan a uno y en esos momentos la única sed es la de venganza. Cualquier argucia es buena para joder a ese cabrón que nos lo ha hecho pasar tan mal. Pero no, no está bien tomarse la justicia por su mano. Tenías que haberlo detenido, haber llamado a la policía, hacer la correspondiente denuncia, asistir a los juicios como testigo de cargo... mata a ese cabrón.

    ResponderEliminar