viernes, 31 de octubre de 2014

Noche de Brujas


El año pasado, en esta misma fecha, varios niñitos golpearon mi puerta en búsqueda de dulces. Ni siquiera estaban todos disfrazados, solo vestían capas o portaban máscaras plásticas. Todos chilenos, ninguno peruano. Como no tenía dulces, varios de los malditos o me rayaron la puerta, o bien me reventaron huevos en mi ventana, o bien me dejaron obscenos dibujitos con caricaturas que me representaban lastimosamente. Decidido a que no se volvería a repetir esa misma historia, este puto año compré putos caramelos. Odio a los niños. No pretendía hacerlos felices con mis dulces, por lo que compré una bolsa grande de esas golosinas duras y fuertes, mentoladas. Se llaman “dulces” pero no son dulces, su sabor te despeja los bronquios dando la impresión de que te comiste un hielo. Todos ganan: ellos tienen sus caramelos, yo mantengo limpia mi puerta y, de paso, los hago comer estas mierdas.


Acá el problema. Este año en el Saturno solo hay un niñito, un peruano. A diferencia de los demonillos del año pasado, este llorón no tiene amigos que invitar y, para más remate, no celebra La Noche de Brujas (fiesta idiota que sirve solo para aumentar las caries). Niños malditos, me gasté tres mil pesos en golosinas que odio y que no me comeré jamás. Ahora voy saliendo a una fiesta. Pasaré por la casa del peruano y le regalaré la bolsa entera.

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