lunes, 26 de mayo de 2014

El jazz elemental


El jazz elemental

Caminando con las piernas más abiertas de lo normal,
hablando sobre música, cine y libros,
avanzaba del brazo de aquel tipo bien formal
y le susurraba al oído toda clase de de saberes.
Es la chica, mujer noble,
uno cincuenta y tres metros de pura personalidad
y se esfuerza por mostrarse como diva y le resulta,
porque el tipo que la secunda como blanco chambelán,
se hace el bello, el inte-re-sa-do.

Ella
lee a Nietzsche y a Platón y a Hegel,
de Telémaco escuchó varios cuentos que no recuerda,
pero que sin duda son mucho más que fantasías,
porque las palabras de sus labios no se escuchan,
se resienten,
como la bomba de Hiroshima o la dictadura de Franco.

Así flotaban sobre sus pies,
cuando pasaron frente a mí,
ella me miró, yo la miré, ella me miró, yo la miré,
hasta que dejaron de pasar frente a mí.
Claro,
una chica como ella necesitaba conocer a un Sémola como yo.
Era especial,
de esas cuyos pintalabios solo pillas en Bombay,
de aquellas cuyas curvas solo son pintadas por Dios,
de éstas cuya belleza implica sangre azul.

Y me acerqué,
así como que no quiere la cosa,
izquierda y derecha,
una primero, la otra después,
llegué hasta posicionarme a su nivel,
aunque nunca estaría al nivel de aquellos,
porque son crema suave y yo crema de afeitar.


“Hola”, le dije, “hola”, me dijo,
y una sonrisa que denotaba cierta práctica dejó ver un colmillo de puro nácar.
No sé qué es el nácar.
Interrogó mi imprudencia levantando levemente la ceja siniestra,
por lo que respondí: “te conozco”.
El chico que tanto blablá se había tragado,
ahora sólo quería vomitarlo,
y preguntóme qué estudiaba.
Le respondí que estudiaba Nefrología.
No sé lo que es la nefrología.
Para no parecer ignorante, el muchacho asintió
y las luces de mi vida apuntaron hacia la chica y su ceja
mil veces más negra que el azabache.
No sé que es el azabache.
“De dónde me conoces”, me preguntó,
con una exquisita mirada que me rescataba de este abismo…
Pero me encanta este abismo…
Le dije que en realidad no la conocía,
Que me había confundido al verla,
Que la había confundido con la tortuga nueva
de la tienda de mascotas que hay un par de cuadras más adelante.
Y volví a caer en mi querido abismo,
y se ofendió.
Malas palabras.
Y me dejó solo, mientras, 
ruborizada,
le reclamaba a su chico mi imprudencia.

Y acá les va esta coda:
El Tito,
el Tito Baraja siempre dice que cuando uno rechaza una mujer perfecta llegan otras 10,
ésta es la primera,
el primer sacrificio de una vida a la que solo le espera abundancia.

2 comentarios:

  1. Un amigo como el Tito es impagable: alguien que convierte nuestros errores en el primer paso para el éxito (el primero o el enésimo). La ceja de la chica era muy prometedora, estaba harta del galán. Pero... ¿es que no había otros animalitos en la puñetera tienda de animales? Un pangolín (no sé que es un pangolín), un ornitorrinco, un avefría, o un águila imperial, otro animal que no fuera una tortuga.

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    1. No confío en esa tienda de animales. Todas las mascotas que tienen se "venden" rapidísimo. Cosa normal, lo misterioso es que a dos casas más allá hay un restorán de comida exótica...

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