viernes, 30 de mayo de 2014

No te metas con los lingüistas: Anécdota de Andrés Bello.





Según la RAE, uno de los significados de sorprender es “descubrir lo que alguien ocultaba o disimulaba”, acepción que se ocupa, por ejemplo, en “te sorprendí”, cuando una mujer pilla a su marido entre las piernas de otra, cosa que se puede permutar por “te pillé”. Sin embargo, esta acepción no es original del idioma español, pues el verbo tiene un sentido distinto en su variedad más castiza: es el sentido que comúnmente le damos y se podría relacionar con la primera acepción de la RAE, en donde sorprender es conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible; por lo que, cuando alguien ve algo que no se esperaba, pasa a estar sorprendido. El uso de la primera forma (te pillé), al menos en Chile, es bastante viejo, se remonta a los años en que las salitreras controlaban el capital nacional, de manera que el significado de la entrada se permeó con su parónimo inglés “to surprise”, que perfectamente puede traducirse de modo equivalente a la forma “te pillé”, por lo que, cuando alguien dice “te sorprendí” como sinónimo de “te pillé”, está haciendo uso de un anglicismo. 

                     Antes de dar paso a la historia, convengamos en que los lingüistas son de la peor calaña, la peor de las peores, específicamente los lingüistas hombres decimonónicos. Remontándonos a la misma época de las Salitreras, pero en Santiago, ocurrió que cierto día el Ilustrísimo filósofo, poeta, traductor, filólogo, ensayista, educador, político, jurista y lingüista (esto lo saqué de la Wikipedia, ni aunque me interesara el tema me sabría tantas profesiones) Andrés Bello, que cuentan las bajas lenguas era un Don Juan, como decía, cierto día le dio por chuparle el cuerpo a una de las chicas que vivían frente a la casa de cierto tipo que no viene a la historia. Y, como su profesión tenía al lenguaje agarrado de los testículos, el desplante léxico del intelectual era capaz de derretir hasta el témpano más grueso. Y lo logró. Lo que no sabía Andrés Bello, era que su esposa Isabel Dunn (segunda esposa, la primera murió de tuberculosis), más inteligente y más sagaz que el lingüista, estaba prevenida de sus malos pasos y de sus intenciones poco sanas para con la chica, mujer a quien la señora Dunn había visto muy feliz al hablar con el intelectual en las tertulias de antaño, esas cosas aburridas que en la actualidad se podrían comparar con las fiestas. Entonces, esperaba tras un matorral Isabel Dunn, espiando cada paso de su marido, cuando notó que éste entraba en  la casona de la señorita cuyo nombre la historia omitió. La sra Dunn se dijo: “Ah, con que ahora te dio por usar la lengua en otras cosas que no son hablar, maldito hijo de la ilustración” e, intuyendo que el académico estaba BESANDO a tan olvidada señorita, Isabel Dunn salió de su escondite y fue a encarar la situación, dispuesta a destajar a quien osara cruzarse. Luego de atravesar todos los cuartos necesarios, llegó a dónde estaba el rufián y lo encontró practicando lo que en buen latín se dice cunnilingus, ante tal SORPRENDENTE escena, enfurecida, gritó:

-¡¡TE SORPRENDÍ!!

Andrés Bello, desorbitado ante tal felonía proveniente del inglés, respondió:


-No, por tu cara, la sorprendida eres tú.

lunes, 26 de mayo de 2014

El jazz elemental


El jazz elemental

Caminando con las piernas más abiertas de lo normal,
hablando sobre música, cine y libros,
avanzaba del brazo de aquel tipo bien formal
y le susurraba al oído toda clase de de saberes.
Es la chica, mujer noble,
uno cincuenta y tres metros de pura personalidad
y se esfuerza por mostrarse como diva y le resulta,
porque el tipo que la secunda como blanco chambelán,
se hace el bello, el inte-re-sa-do.

Ella
lee a Nietzsche y a Platón y a Hegel,
de Telémaco escuchó varios cuentos que no recuerda,
pero que sin duda son mucho más que fantasías,
porque las palabras de sus labios no se escuchan,
se resienten,
como la bomba de Hiroshima o la dictadura de Franco.

Así flotaban sobre sus pies,
cuando pasaron frente a mí,
ella me miró, yo la miré, ella me miró, yo la miré,
hasta que dejaron de pasar frente a mí.
Claro,
una chica como ella necesitaba conocer a un Sémola como yo.
Era especial,
de esas cuyos pintalabios solo pillas en Bombay,
de aquellas cuyas curvas solo son pintadas por Dios,
de éstas cuya belleza implica sangre azul.

Y me acerqué,
así como que no quiere la cosa,
izquierda y derecha,
una primero, la otra después,
llegué hasta posicionarme a su nivel,
aunque nunca estaría al nivel de aquellos,
porque son crema suave y yo crema de afeitar.

sábado, 17 de mayo de 2014

De corbatas, rumores y gatos.

Hablo mucho. Tengo que controlarme. Hablar menos. A veces me sorprendo hablando solo, inventando canciones o cuentos medios tontos. Lo hago incluso cuando me baño o cuando lavo los platos. No habría problema si lo pensara solamente, claro que no, pues nadie escucha los pensamientos de uno. Pero no, tengo que decirlo en voz alta. El otro día, mientras lavaba, reinterpreté una discusión que tuve tiempo atrás. La diferencia es que en mi versión de los hechos yo salía ganando. Victoria dramática, pura gloria. Alguien escuchó esa autodisputa y me tildó de loco. “Te recomiendo que vayas al psiquiatra”.
Y bueno, eso es lo más interesante que me ha pasado esta semana. Ya basta. Se acabó. Dejaré mis hábitos de gamblero, me pondré corbata y buscaré un trabajo como Dios manda. Y pagaré el pasaje de la micro y esperaré con ansias el Mundial de fútbol y veré televisión hasta que me salgan hernias y leeré a libros con moralejas y pagaré las cuentas y volveré a la universidad a terminar una carrera, con título, mierda, profesional, con toda la parafernalia. DOCTOR SÉMOLA. No doctor honoris causa. No. Doctor médico. De esos lindos. Forrado en plata.

─ Buenos días Doctor Sémola.
─ Buenos días ¿Habrá pacientes hoy?
─ Sí, de hecho habrá varias. La primera llegará en unos momentos, pero antes quiero pedirle un favor.
─ Qué clase de favor.
─ Quiero que revise mi genital privado.
─ ¡Eso es antiprofesional! Yo soy su jefe, no su amante.
─ ¡Pero usted es el doctor con las manos más suaves de Chile!
─ ¡Aah! Me convenciste. Está bien, te revisaré. Bájate los pantalones.
─ Muchas gracias, doctor Sémola, muchas gracias. Le pagaré a final de mes.
─ ¡Olvídate del dinero! Esto yo lo hago porque las vaginas son mi pasión.
─ ¡Pero, Doctor, yo no tengo vagina! ¡Soy hombre!
─ ¡Eso está por verse! ¡Bájate los pantalones!
─ Mire.
─ ¡Crestamáquina!

Y me invitarán a la tele y almorzaré con un político y conduciré la sección de un matinal... Pero también estaré enfermo. Mortalmente enfermo. El cáncer del éxito me comerá desde adentro y, cierto día (día de certeza, como la muerte), cuando la presión de la estabilidad desequilibre mi cordura, me pondré la chaqueta y saldré a caminar. A lo lejos veré un par de bigotes: mi amigo, el Tito Baraja. Me hará un guiño. Lo saludaré con un abrazo. Llorando, le pediré perdón. Él, más viejo y más acabado, recriminará mi ausencia y me invitará volver al Marcoleta. Emborrachémonos. Yo demoleré mis altares y volveré como marqués por su marca. Ese será el fin del Doctor Sémola. Estoy tan seguro de que así será, que no me molesto ni en intentarlo.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Sobre la hermosa danza de las estrellas en amplio valle del universo



Hoy estaba con el Titín sentado en las banquitas de La Quintanormal, leyendo el horóscopo de un diario viejo. Hace rato ya que dejé de buscar mi zapato; por lo que me armé de valor, de un calcetín extra, y decidí salir como si nada me faltase. Pero me falta un zapato. Como decía, estábamos hablando sobre el horóscopo, de su signo, que los Acuarios son los más hombres, que los Acuarios les ganan a los Tauros y sobre todo a los Piscis, que son unos maricones. Yo le rebatía que no tiene sentido que las estrellas intervengan ni en la personalidad ni en el destino y, para mi sorpresa, él tampoco pensaba eso, solo que, me dijo, era interesante ver cómo su signo aplastaba en gallardía a todo el resto de los animales -y a la balanza-.

Mientras hablábamos pasó una chica. Muy linda. Tenía como treintayrica años. Nos vio y se nos acercó con la mayor naturalidad. Acá viene lo bueno. Le dijo al Tito que estaba conmovida por cómo él me leía el diario, viendo que, a todas luces, yo era un indigente (mi zapato). El Tito respondió que aquella es la gran labor que heredó de sus antepasados, que ayudar no era una cosa de la religión, sino del género humano. La mujer, emocionadísima, se presentó como académica de la insigne Universidad de Chile, profesora de la carrera de periodismo. Me preguntó mi nombre. Le dije que me llamaba Sémola, y que gracias a mi altruista amigo llevaba varios días sin drogarme, que me había pagado una ducha y que, además, me leía el horóscopo para subirme el ánimo: podría encontrar un trabajo pronto, le dije. Se enterneció mucho más.
Notó que leíamos un diario viejo, de otro día, y se ofreció a leerme el horóscopo actual, buscando por internet de celular, claro, era una chica moderna. Yo le dije que prefería que se lo leyesen a mi genial amigo, que si el mío decía algo triste me sentiría muy mal. La mujer le preguntó su fecha exacta de nacimiento, para que fuera más precisa la profecía -aunque, en realidad, quería saber la edad de mi amiguín-. Creo que el Baraja mintió un poco con el año, pero el día posiblemente era el correcto: 20 de Febrero. La señorita se dispuso a leer el signo Piscis. El Navaja la paró, diciéndole que él era Acuario. No, le dijo, usted el Piscis.


Me reí tanto que les contagié las carcajadas. Le dijimos la verdad de nuestras identidades, que los dos éramos unos futuros y potenciales indigentes, con la diferencia de que yo había perdido un zapato. La chica se tomó la mentira con mucho humor y, como regalo de despedida, le dio su teléfono al Tito Baraja, mi amigo sirenita.