lunes, 28 de abril de 2014

La llave de hueso, la llave de piedra, la llave de madera (Reseña).



[…] Se trata de un conjunto de folios que conforman algo muy parecido a un libro, pero el sentido de éstas, su disposición, no es lo suficientemente lineal como para considerarse tal. Las páginas de pergamino, según cuentan, se abren en varios sentidos, dando la sensación de que hubiese varios libros en una misma encuadernación. Hasta el momento se han identificado tres grandes secuencias, las cuales podrían considerarse “capítulos” distintos. Para alguien entendido en la literatura peninsular del siglo XIX, la Encriptofábula se encuentra escrita con un castellano común a la época, pudiéndose relacionar con variantes dialectales del norte de España. Internamente, según supimos, se trata de un texto escrito en verso, cuyas páginas están numeradas con una letra y un dígito que nada tienen que ver con el orden del texto versado. Asimismo, si se lee el relato en verso de una manera “acróstica”, es posible identificar otra unidad textual, en latín, un poco más compleja de entender. Según supimos, el mensaje que contiene este gran acróstico poco tiene que ver con el significado de los versos que lo componen, sin embargo, por sí mismo el acróstico presenta una clara unidad temática. Por tal motivo, la Encriptofábula representa un verdadero desafío para el filólogo que tenga la oportunidad de investigarla. Además de lo comentado, sobre el texto en latín no supimos mucho, igual suerte para el código (la letra y el número) en la esquina de las páginas. Esto sobre los aspectos formales de la obra. [...]

martes, 22 de abril de 2014

Los nuevos amigos del Tito Baraja



Mañana, por fin, Paul Auster me conocerá. En realidad no es tan relevante, excepto para el Tito: por vísperas de ir a ver al gringo se dejó un bigotazo, grueso y frondozo. Titín siempre luce una barba mal afeitada, pero ahora el bigote lo vuelve más exagerado, más grotesco, más Baraja que nunca. Quien lo vea pensará: “¡Voto a bríos! Jamás imaginé que tamaños mostachos fueran soportados por tan solo una persona”.  

Sus bigotes son tan grandes que tienen sentimientos.
Sus bigotes son tan grandes que tuvo que bautizarlos.
Sus bigotes son tan grandes que los peina con una reja.
Sus bigotes son tan grandes que le faltan el respeto a Dios.
Sus bigotes son tan grandes que los escuchas respirar.
Sus bigotes son tan grandes que incluso les creció una persona atrás.
Sus bigotes son tan grandes que en lugar de piojos, tienen rinocerontes.
Sus bigotes son tan grandes que fueron proclamados ave nacional.
Sus bigotes son tan grandes que hacen fotosíntesis.
Sus bigotes son tan grandes que en lugar de pelos, tiene cables.
Sus bigotes son tan grandes que en él duermen las almas de sus ancestros.

Si Auster no lo nota, será un desperdició. Pero yo seguiré haciendo chistes al respecto. 

PS: El de la foto es Nietzsche.

sábado, 19 de abril de 2014

De la página en blanco



El orto día salí borracho de una local en Recoleta y llegué sin un zapato a mi casa. Eso pasó hace más de una semana. Hace más de una semana que no salgo de mi pieza, pues tengo solo un par de zapatos. Bueno, tenía. Le pedí al Baraja que me buscara mi querido zapato pero dijo que no lo pilló. Al darlo por muerto, decidí no salir del Saturno hasta tener un par nuevo…
Como tenía para rato, pensé en avanzar la novela que me encargó, antes de morir, el legendario Vilches. Pero la inspiración es cosa seria. En estos 8 o 9 días, creo que no he avanzado ni dos páginas. Hago de todo por acabar con la uniformidad blanca de la hoja, pero me distraigo fácilmente: me hago un café, miro por la ventana, duermo una siesta, releo lo que había escrito antes, café, y se me pasa el día. De cualquier forma, de lo poco que llevo, estoy bastante orgulloso.
Ese Vilches era un cabrón instruido, por lo que sus referencias -las "recomendaciones" que me dejó antes de irse-, más que ser literarias, fueron todas teóricas. Tengo que aceptar que entendí muy poco de todos los textos que me dejó por leer. Es un infierno la crítica literaria, un verdadero Infierno. Cuando llegué a esa conclusión, entendí por qué el Vilches me pidió que leyera a aquellos autores: porque era un bromista. Me hizo perder el tiempo a propósito, leyendo a rusos, alemanes, uno que otro franchute, etc. No me dejaron nada, solo me aburrían, ante lo cual me hice la pregunta: ¿por qué me habrá pedido que lea esta mierda? Recordé nuestras conversaciones, muchas de ellas, en donde, antes de marcharse, me decía cosas como “En ese local hay una chica que se muere por ti”, “Llama a este número y pregunta por un tal ‘Colombia’, él te dirá cómo se llega al Marcoleta”, “Recuerda ver tele hoy, posiblemente aparezca en pantalla”. Todas y cada una de esas recomendaciones eran mentiras. Y no tenía sentido que me mintiese, pero lo hacía. Yo caí las primeras 20 veces, por lo menos, hasta que me percaté que uno de sus pasatiempos era jugarme extrañas bromas. Antes de irse a Brasil me dejó la lista de autores. Murió y, por la pena, pasé por alto el hecho de que era un conchesumadre, y tuve que volver a la universidad, a su biblioteca, a buscar libros aburridos y complejos. Cuando terminé todos los jodidos textos, me di cuenta que había caído nuevamente en su trampa, solo que fue la última. 

domingo, 6 de abril de 2014

Sueño de un Sémola por la Noche



Debo contarles mi sueño antes de que se me olvide. Fue raro. Lo soñé la otra noche.

Un borracho, de corbata y maletín, me contaba una historia más perturbadora que niño asesino. Se supone que un grupo de científicos, del cual él era un auspiciador, había creado una bacteria con la capacidad de descomponer los hidrocarburos  en átomos agua y carbono. Tate. Para mí, que soy un ignorante en ese tipo de artes, eso no me decía  nada; el borrachín luego me explica que, por fin, gracias a la bacteria, muchos de los residuos plásticos del planeta podrían “desaparecer”, ya que si se exponía, por ejemplo, una botella de plástico ante una cepa, los bicharracos convertirían aquella botella en una masa de polvo cuyo nivel de contaminación sería mucho menor, esto en cuestión de días…

La cosa es que si todo fuese tan bueno y pulcro, el hombre no estaría borracho, demacrado, sudando frío y asustado, hablándome mientras se le descarriaban los ojos. “Pero no nos imaginamos que eso, eso sería tan peligroso” susurró. Me dijo que las empresas petroleras se habían enterado del bicho, y que, por algún motivo que yo ignoraba, querían el control de la bacteria. Claro, no lo harían por las buenas. Los científicos sintetizaron la bacteria con el fin de ayudar a la humanidad, pero las petroleras la querían evitar pérdidas: “Es cosa de que suelten la cepa en las refinerías para que el petróleo se vaya al carajo y, con el petróleo esfumado, ellos no ganan más plata y pierden su poder”, explicó el borracho.
El grupo científico, como buenos justicieros, estuvo de acuerdo con hacer colapsar al mundo con la finalidad ulterior de un futuro mejor. Soltaron la cepa bacteriana en esa isla de basura que flota en el Pacífico. Teóricamente, con el tiempo, la cepa llegaría a las refinerías de todo el mundo, acabando con el oro negro; así, al ser el petróleo un bien tan caro y tan escaso, los esfuerzos de la humanidad se aunarían en crear algún sistema de energía renovable, sana y limpia. 
“¿Y entonces qué pasó, por qué estás tan asustado?”, le pregunté ante su nueva palidez. “Pasó que una peste acaba de llevarse a un millón de asiáticos… Nadie sabe de dónde viene dicha peste; lo que sí saben es que es rápida y letal: la bacteria en cuestión se come el carbono de las células tan rápido que parce ácido”. Bebí mi trago y le pregunté si éste era el fin de la humanidad. Rió fuertemente y me dijo: “es el fin de toda la vida”.

Desperté asustado y prendí el televisor. Los chinos siguen vivos.