lunes, 10 de marzo de 2014

Escape del Marcoleta

“¡Conchetuchucha!”, grité al percatarme de que había olvidado al Baraja en el Marcoleta. Lo olvidé por el susto. Salí raja’o. Se encontraba re ebrio, el Tito, yo no; yo estaba al 70% de mis facultades cognitivas, lo que es caleta, por eso el sentimiento de culpa, porque pude haber hecho algo pa’ rescatarlo y no lo hice. Al carajo. Corrí y corrí, “enajenado” como dicen los que saben, “hecho un pico” como dicen los otros -me incluyo-,  por Dieciocho, a cien por hora. No, siendo bien objetivos, iba más rápido aun, urgidísimo.

Todo partió cuando algún idiota abrió el hocico más de la cuenta, esto por haber ganado -más de la cuenta- en el cacho. “Dados reculia’os”, pensaba mientras seguía corriendo. Yo, en realidad, no vi qué pasó, me enteré después. Mientras quedaba la grande, yo estaba sentadito en paz junto a la barra, hablando con el Perilla de cosas usuales, que cómo te fue, que a quién te agarraste, etc. Pero desperté de mi estado de placidez (estado que nunca es recomendable en el Marcoleta) poniéndome en guardia ante el griterío. “Quedó la zorra otra vez”, me dijo el Perilla. Yo no me iba a meter, es mi regla número uno. La zarabanda continuaba, zas, fá, zas, pam, golpes de mierda, ese sonido escalofriante que hace el choque los nudillos contra una nariz virgen, track, pam, y la camorra no paraba, se unían más a ese pequeño Arauco, no quería mirar, no quería, o sea, quería, pero el miedo era mayor, en serio.

Le estaba dando la espalda a la batalla, no en un sentido metafórico, sino kinésico: todo ocurría a mis espaldas. El Perilla veía todo y se notaba como sorprendido, cosa rara en un barman del Marcoleta, que lo ha visto casi todo. Supe que tenía que salir cascando cuando lo vi agacharse al tiempo que sonaba un disparo, TAN. Oh, mierda. Sentí como la caca me recorría más de lo que podía soportar con mi queridísimo esfínter; me dije “tate, morí, me pasó eso que le pasa a los cadáveres, que sueltan todo lo que tienen una vez muertos”. Pero no tengo tanta Suerte. Seguía vivo, la bala de mierda había destrozado una botella que se encontraba como a 5 metros de mí, pero, con el miedo, sentí que me había pasado raspando. Me tuve que girar, no para ver qué pasaba, sino para salir corriendo. Raudamente,  lorié a ocho tipos -más o menos- que estaban en pie, todos de un mismo equipo, uno armado: un choro de antaño. Una voz desconocida dijo en alto: “él la tiene”. Y me miraron los maleantes al mismo tiempo. Otra vez la caca. No esperé a que escucharan mis explicaciones sobre lo que sea que NO tuviese y rajé pa’ fuera. Creí escuchar otro disparo, pero no estoy seguro. Y ahí me tienen, corriendo rápidamente, propulsado por un esfínter inútil y unas nuevas ganas de vivir, o, mejor dicho, unas viejas ganas de no morir. Doblé por Diez de Julio Huamachuco y noté que estaba cerca de autopista, ahí me podía esconder, me decía seguro, me escondería en uno de esos recovecos. Comenzaron a sonar sirenas de Carabineros por todos lados, por lo que me calmé, paré la carrera y continué al paso, pa’ no levantar sospechas, pardiez. Nadie me seguía. Pobre Tito, pensé, pobrecito, lo deben haber calzado primero que a todos. A la mierda el Tito Baraja, no me iba a devolver al Marcoleta aunque me pagaran con años de vida, así que me fui p’al Saturno, aún asustado y un poco triste. Al llegar veo al Baraja, todo destartalado, tomando cafecito en la cocina. Antes de que yo pudiese articular cualquier palabra, me dice: “No sabes lo que me pasó en el Marcoleta…”

2 comentarios:

  1. Se me había olvidado que tenías este diario virtual maraco, Sémola, donde la mitad de tu vida se transforma en una pura hueá, porque la haces parecer real y aunque sea real, huevón, contarla por un blog la hace pura escritura, o sea que todo es menos importante...y todo esto te lo digo pa decirte que erí' un chuchetumare, debiste haberme comprado al menos una chela camino al Saturno, si sabías que iba a llegar pa' allá, a lo mejor sin mi Suerte, medio moribundo (y ya, como esto lo escribo no es que piense que eres un chuchetumare, ni que voy a llegar sin Suerte -mi pene no se escapa de mí, ni aunque el universo conspirara en contra de Don Tito-).
    Otra cosa que no contaste: llegaste pasao' a peo -no a caca, eso se puede ocultar- al Saturno.
    Ya no te escribo más, Sémola culiao.

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