viernes, 28 de febrero de 2014

Payada contra Rapeada II

Acá el enlace, viejo ya, de cómo llegué al gran duelo. Lo hemos revisado harto con el Baraja y parece que le faltan algunas partes, pero en esencia está completo, al menos, lo que dijimos nosotros.

*La traducción al castellano estándar de los versos estará entre paréntesis (-), los turnos serán identificados por letras S para mis rimas y R para las de ellos, cualquier otra acotación irá [entre paréntesis rectos]. Pudimos hacer notas al pié, pero por la red no funcionan mucho. Lamentamos toda la información tangencial a lo estrictamente literario. Para más fluidez, marcamos las acotaciones con rojo.




S: La intromisión me dihculpe
Usté señor, mal juglar,
Ese verso de - usía
con rimah luhe de callar.

S: A callar, dice tu vieja
Mentras mi cosa torcía (por “mi cosa” me refiero a mi pene. Al mío. Al del Baraja, jamás)
A callar niño, ¡porfía!
Esa fue la moraleja

[En este momento, los raperos, claro, se sorprendieron. Me miraron atónitos. El Tito, mientras, estaba atrás de mí, sentado tranquilamente con el saxofón entre las piernas.]

miércoles, 19 de febrero de 2014

Sobre mi primer Súper Héroe: Súper Corbata.



Producto de aquella versión falsa de la adultez, que me mostraban en todas partes cuando era niño, mi idea de ella fue siempre –incluso ahora- bastante idiota. De todos modos, no había una tendencia a idealizar. Después de ver durante toda mi primera infancia a mi padre llegar pálido, más arrugado, triste, de un trabajo de 9 horas diarias, todos los días, flaco, más pobre, pero siempre peinado, siempre con corbata, y siempre alegando que el trabajo dignifica, ahora grande, veo hacia atrás y noto que no había dignidad en él.

Ahí creé mi fantasía, esos personajes que en principio son para divertirse, pero que terminan siendo algo así como un gran grillete. Era un súper héroe, se llamaba, nada más ni nada menos, que Súper Corbata. Era un oficinista bastante normal, pero cuando había problemas, tomaba su corbata de oficinista –que tenía dos agujeros, pudiendo funcionar a modo de antifaz- y se enmascaraba para luchar contra el crimen. Primero, Súper Corbata fue un chico joven y fuerte con súper poderes. Después, envejeció y comenzó a usar armas de fuego. Después, ya no apresaba a los malhechores, los mataba, y no de frente: caminaba sigilosamente tras ellos y, cuando estaba bien cerca, ¡zas!, los estrangulaba con una de sus corbatas. Después, ya no solo mataba lo que comúnmente se conoce como un delincuente, ahora le arrebataba la vida a quién pillara caminando solitario por ahí, “para practicar”, según él, pero no nos engaña: matar por la espalda le comenzó a producir placer, mucho placer.

Nadie nunca sospechó de Súper Corbata, y, mi primer personaje súper héroe se transformó en mi primer asesino en serie. Nunca más imaginé súper héroes. No valía la pena, se volverían locos como éste; a Súper Corbata no lo culpo, bajo la rutina asesina, lleno de deudas, hambriento, esclavo del poco dinero, no es difícil perder la empatía. Por supuesto, nadie nunca logró pillar al Súper Corbata. Descubrieron que él era el “asesino de la corbata” por una nota suicida que dejó antes de colgarse -cosa obvia- con su propia corbata. Escribo esto porque hoy, mientras paseaba por la calle, vi a un sujeto demacrado como los que ya describí, y su corbata tenía dos discretos agujeros a modo de antifaz.

domingo, 16 de febrero de 2014

El SemoLate: Transcripción de entrevista. Arturo Pérez-Reverte.



-Voz en Off: Con ustedes, el implacable, el Varón de la Fortuna, el señor de los Olvidos, el amante de la mentira, el inigualable, el Seeemola.

(Aplausos del público)

S-¡¡Hola!!, Buenas noches a todos, buenas noches. Hoy quiero contarles que tenemos un programa espectacular. Esto, claro, gracias a nuestro invitado.

(Aplausos del público)

S-Le han dicho de todo a él, ¿ah?, de todo, que machista, que fascista, que mercachifle, betselero, incluso, ahora poco, ¡¡lo trataron de plagiador!!

(Abucheos del público)

S-Con ustedes, es un honor traer a este escenario al que se dice, el escritor más leído de habla hispana, miembro de la RAE, ¡¡Arturo Pérez- Reeeeeveeerte!! ¡¡adelante, que pase, que pase!!

(Aplausos del público)

(Música)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Tardía continuación, inconclusa, de la conclusión. Aventura de año nuevo.

(La verdad, no subiré todo lo que pasó pa' año nuevo. Primero, por pudor. Segundo, por que no lo he escrito todo y, tercero, porque es penosamente largo. Me empecé a obsesionar con anotar detalles que a mí me parecieron relevantes  y graciosos, pero cuando los leía, notaba que no eran más que polvo. Así que hasta acá llega la cosa. Por lo menos hasta que logre sintetizar de manera más responsable y empática todo lo que me aconteció. PD: podría decirse, a modo de conclusión, que no conocí al Nicanor: Él me conoció a mí, joer).


Ahí mismo, dentro de nuestra celda temporal, en el cierto retén que no pretendo recordar, nos encontramos con que los carabineros estaban bien poco interesados en tomarnos los datos, o lo que sea, éramos nosotros dos (el Baraja y Yo), además de un viejo desnutrido que estaba como muerto. Lo miré y creí ver mi futuro. Entonces me acerqué, lo senté en una posición más digna y comencé a reanimarlo. El viejo, al verme, me abrazó y me dijo “Feliz año nuevo, hijo”. A pesar de su olor a orina y de su cara de adicto al neoprén, recordé a mi padre y, en su honor, le dije “Feliz año nuevo, papito”.
Por algún motivo secreto, desperté abrazando al viejo, lo que era lógico, pero también estaba abrazando al Baraja, que a su vez me abraza a mí y al viejo flaco. Reaccioné cuando una voz externa dijo “miren trío de maricones como duerme”. Eran los carabineros. Nos sacaron y nos dijeron que tuviéramos ojo, que nos soltaban así nomás (sin levantar cargos) por la fecha, pero que anduviéramos con cuidado. Al salir, el Baraja me preguntó por el Pecas, cosa grave, aún era medio pollo el chico, por lo que, en volada de tragedia de año nuevo, pudo haberle pasado algo. Fuimos al punto de encuentro y, en efecto, lo encontramos. Estaba durmiendo aferrado a una botella de coca-cola que en su interior tenía un líquido ámbar. “Hey, Pecas, arriba”. “Caaabros, dónde estaban, los extrañé”. Se levantó y nos abrazó, emocionado.
El sol estaba fatal, la resaca se mezclaba con su luz y con el polvo de los caminos, para formar una especie de nirvana de cemento: la peor de las resacas. Resolvimos ir a dormir los tres a la playa, cuando notamos que el viejo de la comisaría aún nos estaba siguiendo. Se llamaba Loco Cádiz, nombre demasiado rebuscado como para dejarlo ahí solo, al pobre. Era un mendigo de Valparaíso, según nos contó, ¿qué hacía allá? Ve tú a saber. Lo acogimos como uno de los nuestros. Llegamos a la playa y nos echamos en la arena, el viejo, calladito, se fue a un rincón, levantó unas marcas que había en la arena de la playa y comenzó a cavar. Yo lo miraba anonadado. Del hoyo sacó un melón con vino. “Lo guardaba pa’ la mañana”, estaba refrescante aquel vino, tomamos hasta llegar a ese estado en que la resaca, ante la nueva ingesta, se detiene hasta días posteriores . Acá un consejo, para que no les dé resaca, nunca dejen de tomar. Yo me dormí después de un rato, desperté, calculo, como a las 14 horas, estaban contando sus experiencias y, aunque no lo crean, a mí me fue mejor que a los 3. El Baraja tuvo el desacierto de abrazar a una abuela que pensó que la estaban raptando, el Pecas se perdió del grupo con el que andaba, y tuvo que abrazar a un caballero con la esperanza de que no se notara tanto cuando abrazara a la hija, a la que no abrazó. El viejo Cádiz dijo que él estaba buscando a su mujer. Es claro que, si estás buscando a tu mujer, pero en lugar de ello te encuentras con nosotros, es porque tu noche no fue la más buena. A pesar de las tragedias, estábamos todos con muy buen ánimo, charlando felices y satisfechos. Por el horizonte una figura se acercaba, era el Pelado, mi más mortífero enemigo de la vida. Venía igual que como lo habíamos dejado, y se negó, avergonzado, a contarnos lo que le había pasado a él – claramente, también le fue mal-. Pero, ni tonto ni perezoso, un poco ebrio, como nosotros, me dijo: “Oye Sémola, ¿no supiste?, en este momento se está haciendo una fiesta en honor a Nicanor Parra.”
Ya lo había olvidado, él era la meta desde el principio, lo pasé por alto ante el fervor de la fiesta. El Loco Cádiz nos dijo que él sabía llegar a Las Cruces, y que conocía personalmente a “Nicanor Barra”, agregó el viejo mentiroso. Entonces, los 4, nuevamente, equipados esta vez con su arma secreta, el Loco Cádiz, partimos para finalizar lo que habíamos dejado pendiente debido a importantísimos asuntos que tuvimos que atender. Y para seguir la jarana, el Pela’o sacó una botella de champagne que abrimos y bebimos al seco, incluyendo a nuestro nuevo amigo.

martes, 4 de febrero de 2014

Sobre los sueños malsanos, la Fortuna y Bukowski.



Desayunando a las 4 PM en la cocina del Saturno, solo, mirando como un rayo de sol, que entraba por la ventanilla, me quemaba la mano, siento que el Tres Bastos hablaba muy acaloradamente con alguien: era el Baraja. Éste le decía que necesitaba hablar conmigo, pero el Tres Bastos le contestaba que yo estaba lavando la loza (me exigen lavar la vajilla del lugar y puedo dormir gratis en él…por siempre) y, que si entraba él, no terminaría nunca de lavarla. Generalmente, el Tito hubiese dicho “a la chucha, dile al pelotudo que me llame”, pero en lugar de aquello dijo “yo le ayudo, te lo juro güeón, le ayudo”. Viéndolo angustiado, a tal punto, que preferiría trabajar en lugar de irse -cosa rara entre caballeros de nuestra cepa- el Tres Bastos lo dejó entrar. Ingresó a la cocina con los ojos llorosos. El Tito me contó que cierta persona le contó a un amigo que estaba hablando con él hasta hace poco que, allá en Estados (H)Un(d)idos, demolieron el Hipódromo.
Qué hipódromo, se preguntarán. Yo no lo pregunté, porque no tenía sentido que el Baraja me refiriera otro hipódromo distinto del que siempre citamos, iban a demoler el Hollywood Park, en Inglewood, el hipódromo que le dio de comer al Dios de las resacas cuando la literatura (más que la literatura, la crítica) le dio la espalda tras escupirle en el rostro. Siempre fantaseamos en ir a aquel lugar, y tomar vodka seven y pelearse en la fila de las apuestas y perder todo el dinero y ganar la mitad y enamorarse de alguna gringa tetona y estar con caña resacosa todo el rato y comer barras de cereal. Pero nada de eso iba a pasar, nada de eso pasará, porque el hipódromo en donde Bukowski apostaba, fue demolido en Diciembre por “necesidades habitacionales”. Más que la tristeza producto del cierre del lugar en donde el viejo miserable hacía de las suyas, lo que sentíamos era la tristeza de que se muera completamente un sueño, por burdo que éste sea. Cuando conocí al Tito en el hospital, él fue el que se presentó, a sí mismo, como apostador compulsivo y él fue quien habló, por primera vez, del mítico hipódromo aquel en una conversación. Y fue tema recurrente, lo sacábamos al baile cada vez que alguien perdía plata: “no te preocupí compa, cuando vayamos a Los Ángeles nos haremos millonarios güeón, te lo aseguro”. Dudo que hubiese pasado, que fuéramos, y dudar, dudar para mí es un premio, ya que dudo si puedo seguir vivo todos los días y pardiez que lo hago, dudo si podré cargar toda mi vida con un pasado que me persigue y carajo que lo logro, hace rato que vivimos varios a los que no nos preocupa la incertidumbre, los mismos que le rendimos tributo a la Fortuna… Sin embargo, pareciese que hasta ella, la perra Fortuna, se tiene que inclinar algunas veces ante la Muerte. Pero ahí lo tienen: otra razón más para tenerle mala al país del norte.