miércoles, 16 de octubre de 2013

De ciertas posturas que uno debe tomar para hacer títulos que no tengan nada que ver con lo que se escribe bajo ellos



Hace rato que me alejé de la norma, al menos de la norma lingüística. Ahora mi país es Argot. 

He vuelto a mi antigua casa por un asunto bastante trivial, un trámite. Mi familia me recibió con los brazos cerrados y me dijo que anduviera con cuidado, que con mi vida no se llega muy lejos. Les agradecí su preocupación, pero les rogué que, por favor, no metieran sus narices en mi parte trasera, en mis asuntos (no me metan la ñata n’ la raja). Alterados por esta jerga impura y soez, mi padre me dice que me calme, que no me han hecho nada malo. Yo, por mi parte, le evoqué aquellos maravillosos momentos en que me dijo que entrar a estudiar literatura era la idea más aberrante y baja de todas las ideas aberrantes y bajas, por lo que salirse de aquella carrera –cosa que, en efecto, hice- era semejante a declararle la tercera guerra mundial al Vaticano. En su momento me dolió, pero ahora que lo recuerdo, en lugar de doler, siento una cosa así como una culebra de alambre púas jodiéndome el estómago. En fin, me respondió que aquello había pasado hace tiempo, y que tenía que volver, ya que mi madre y mi hermana estaban constantemente preocupadas por mi salud. Me defendí arguyendo que mis testículos estaban bastante crecidos como para que ellos me controlaran el destino (tengo las güeas bien grandeh como pa’ que me vengan a paquear). Mi madre calmó las aguas… Concluido el trámite, no pude evitar ver cómo estaban de acongojados por mi triste mutación. Entonces, tuve que decirlo: “Mamá, papá, hermana, yo los amo, siempre los amaré y siempre serán lo único bueno que me ha pasado. Entiendan, por favor, que aquellos momentos hermosos que marcaron mi infancia serán siempre mi mayor tesoro. El problema, claro, es que si me quedara con ustedes les haría mucho daño, y los amo lo suficiente como para darme esa licencia.” Mi madre me dijo que no fuera estúpido, que no hay nada en el mundo que yo pudiera hacer que a ellos los dañara. Alto ahí, mamita. Y, con una humildad digna de un incendio forestal o de una crisis económica, prendí un cigarro y le dije que me refería a esto, a fumar, que estaba científicamente comprobado que les haría daño. Para mi sorpresa, entendieron la broma y, de paso, mi postura de vida. Me quedé hasta que ya fue lo suficientemente tarde. En la micro de vuelta al Saturno, lloré como si se me hubiera caído el pene, ese llanto es libertad.
Algún día debería escribir un libro sobre el valor literario de la mentira. La "verdad" como mímesis de la realidad y la "mentira" como proyección de la imaginación. Será el libro más malo del siglo.

1 comentario:

  1. Con respecto a lo de los títulos: Me he acordado del Quijote

    Capítulo LXVI-2. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer


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