domingo, 29 de septiembre de 2013

Sobre el miedo.

Salgo rápidamente del Saturno porque me llaman los chicos. Que están en Bellavista y que hay unas comadres que engancharon con ellos. Salgo rápidamente del Saturno y me dirijo al metro, el guardia me deja pasar gratis. Sobre mi corazón, en mi chaqueta, mi petaca. Eristrioff, le doy un glup seco y profundo y espero a que haga efecto. Mágicamente se desocupa un asiento. Es milagroso irse sentado en el metro de Santiago, me pasa como cada 10 años. Estaba mirando el piso cuando una extraña melancolía me tocó, fue raro: por el suelo, moviéndose en línea recta hasta mi pie, vi una mota asquerosa de pelo y pelusas que era arrastrada por el vaho interior del metro. Cuando alzo la vista para no ver tan decrépito espectáculo, cacho a una vieja mirándome. Era negra, un poco gorda y no se le veían las pupilas debido a una cara arrugada e hinchada por la edad. Estaba vestida con algo un poco mejor que harapos. La Peta Ponce, pensé, y me reí. Me seguía mirando, fija, con una mueca que no puedo explicar, entre risa y dolor. Dejo de sonreírle. No Aguanto más y me pongo de pié en busca de la puerta, a través del reflejo del vidrio consigo ver su silueta que aún me mira. En cuanto me bajé del metro aquello se me olvidó, llegué a Bella y me di cuenta que el llamado era una mentira, que solamente estaba el Baraja con el Pecas hablando güeás y me senté entendiendo que les hacía falta para una buena y torcida noche de parranda. Cervezas primero, papas fritas después, roncola luego, piscola al final. Nos acercamos a unas chicas que se espantaron. Nos acercamos a otras chicas que también se espantaron. Íbamos hacia el paradero cuando dos minas nos gritaron en la cara, eran lindas, pero eran dos, pico, uno tendría que quedar solo y ese no sería yo. Comencé con lo clásico, que yo soy doctor de la clínica alemana, además de medallista olímpico, además de escritor y abogado. Risas. Fuimos al Coyote. Ellas ya estaban medias mareadas cuando las encontramos, al igual que nosotros. El Pecas nos siguió a pesar de que estaba solo, pero no le importó, estábamos pasando realmente un muy buen momento. Un par de horas después besé a Roxana, como la canción, besaba rico, tenía unos labios carnosos. Me dijo que se tenía que ir porque su amiga estaba demasiado borracha- era verdad, ya se había dejado agarrar por el Baraja- pero que me daría su número para ver qué hacíamos uno de estos días, a lo que respondí: uf! qué no haríamos. Se fueron. El Pecas quería seguir leseando por ahí y el Baraja también, en cambio yo solo quería masturbarme. Separamos caminos. Bajando por la costa norte del Mapocho tomé lo último que me quedaba de vodka, después de un rato me dieron ganas de bajar a la rivera del río. En cuanto logré bajar me dormí apoyado en uno de los muros. Soñé que una avispa me entraba en la oreja. Cuando desperté lo primero que vi fue una silueta al otro lado del río. Era la vieja. Mis huesos, sentí que mis huesos se querían doblar en lugares donde no había articulaciones, era como si siendo una hoja de papel me quisiera arrugar yo mismo. Estaba vomitado, temblando y la vieja seguía mirándome. No recuerdo cómo llegué al Saturno. Espero olvidar todo esto rápido, dicen que cuando te encuentras una bruja una vez, te la encontrarás siempre. Lo más insano de este asunto es que en el bolsillo de la petaca encontré una pelota de pelo, como la del metro. Espero olvidar pronto lo que me pasó esa noche.

1 comentario:

  1. Inquietante. Me gusta esa intromisión de los fantastico en lo cotidiano. Es básicamente lo esencial de eso que llaman realismo mágico. Muy bueno.

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