miércoles, 4 de septiembre de 2013

Sobre cómo arriesgo el gaznate por un piropo o dos.

Se acaba el invierno una vez más y me siento un poco deprimido. Por suerte me contactó el Aguja y me pidió uno de sus clásicos favores en los que no sabes lo que haces, pero lo haces. Lo hago por como paga, nada de plata ni de drogas, paga con información:
Parada en una esquina había una chica con un abrigo y una cartera, a todas luces una prostituta. La seguí de lejos por la calle Monjitas hasta Esmeralda. En esa recta comencé a acercarme, rápidamente. Objetivo: la cartera. Paso a toda velocidad y, CHUM, la robo y corro y corro como si no hubiera mañana. Mientras corro en la dirección acordada me pego el alcachofazo de que conozco a la chica, es la Violeta, la más linda entre las lindas, nunca sería capaz de acostarme con ella por dinero, sería un sacrilegio. Me siguen. Por los pasos que se escuchan deben ser dos tipos y corren como condenados, yo corro y corro y corro, pero luego de un par de cuadras me pisan la raja y no parecen cansarse. Yo, por otro lado, con el exceso de masturbación propio de estos días y por una vida de flojera profesional, ya no doy más. Un rato antes de detenerme y rogar por mi vida me toman ellos y me reducen contra el suelo. No los veo porque mi cara se apoya suavemente contra el pavimento, pero lo que me dicen y cómo me lo dicen es revelador: Nos vas a decil, sapo de mielda, quién te dio la olden. Colombianos, fuertes y rápidos como la mayoría. Peligrosos. Hago jaleo, pero una sola patada en el vientre me deja doblado de dolor y con ello se van mis ganas de gritar. Me registran y lo único que encuentran son veinte lucas en el bolsillo de mi polerón, cuando las pillan digo: No me hagan nada, no sé que lleva la cartera culiáa, él me pagó para que me la robara no máh. Uno de ellos me increpa, aun no lo puedo ver: Bueno, si te quieles salval nos dice dónde vive su patrón. No sé dónde cresta vive, pero me dijo que le dejara la cartera en una parte parte en dónde él la va a recoger. Pierdo las veinte lucas pero me salvo el pescuezo una vez más. Nos metemos en el forestal y dejo la cartera en una de las esquinas del Museo de Bellas Artes, me hacen una seña para que me marche, lo hago obediente. Unas calles más abajo me toca el hombro el Aguja, como siempre apareció de la nada. Ven, me dice. Con un dolor horrible en la panza lo sigo hasta la rivera contraria del Mapocho, desde ahí se podía ver el lugar donde había dejado la cartera. Los colombianos estaban en unas bancas por ahí. Por la hora y la poca luz no se veía nada, pero el Aguja miraba confiado y con una sonrisa filosa como él mismo. De pronto, unos gritos a lo lejos. Acto seguido luces de carabineros rodeando el área. Él, el Aguja, el Alfiler, el corazón de Santiago, lo había hecho una vez más, jaque mate. No me explicó nada sobre el asunto y aunque le preguntara nunca lo haría, pero lo que le pregunté, y la respuesta que me dio, me dejó helado:
-Oye, la chica a la que le robé ¿saldrá lastimada?

-No. La Violeta trabaja conmigo. A todo esto, te encontró lindo.

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