martes, 20 de agosto de 2013

Sobre una mirada excesivamente romántica, idealista, hermosa, infinita y perfecta del Amor

La primera vez que me acosté con una chica fue también la primera vez que me enamoré. Le juré que la amaría por siempre y ella me juró lo mismo. Recuerdo que me dijo que estaba sorprendida, porque era la primera vez que se desnudaba ante alguien y que, a pesar de ser la primera vez, no se sentía ni avergonzada ni nada.
Es algo de confianza, una sabe cuando está ante alguien que verdaderamente te ama, una sabe.
Nos besamos mucho. Recuerdo que su pubis se frotaba contra mi pierna de manera instintiva. Me ensañé besando sus pechos. Era hermosa. Yo, el hombre más feliz del universo, a pesar de que tenía un forro de látex en mi pene. Luego, para ella, vinieron otros hombres y tampoco le dio vergüenza desnudarse. Y me dijo que yo no estaba a la altura, que no tenía ambiciones ni nada destacable.
De pronto follar y amar fue un asunto de estatus.
Yo seguí intentándolo, pero no tengo dedos para ningún puto piano, por ende, para ella tampoco tuve dedos. Y llegaron los otros hombres, uno tras otro. Al principio me dolía, porque me contaba. Después me dolía más, porque los veía. A la larga me dejó de doler. Luego se me ocurrió la peregrina e ilusa idea de pensar que, quizás, yo podría gustarle a otras chicas. Mala idea desde el inicio. Mala idea que funcionó. Al principio, para sacarla a ella de mi cabeza, luego, para sacarle celos, luego, para ser feliz. El problema de ese plan es que estaba yo metido en él. Lo que hubieran sido millones de follones, fueron en total como 12. Y lo que era un juramento único se transformó en un juramento estándar. Y lo que era amor se transformó en una mentira y las mentiras, señores, las mentiras se transformaron en mi vida.
No la volví a ver.
Por mi parte yo me he enamorado de mujeres distintas, como unas 6 o 7 veces… 6 o 7 veces por hora.

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