sábado, 29 de junio de 2013

L'araña literata.



Día de limpieza. En realidad mal nombre para el día de hoy, pongámoslo así: “momento de limpieza” y sigue siendo amplio y vago, ya que no limpié mi cuartucho, solo el librero de mi cuartucho, entonces el título definitivo de todas las novelas y entradas para el futuro de la humanidad debería ser: “día de limpieza del librero”.
 
Una de las cosas que saqué con mayor celo de la morada de mis papáses, es mi humilde y escueta colección de libros. Muchos hechos papilla, no tanto por el tiempo pero sí por lo innoble de sus materiales de este siglo de inercia. A pesar de aquello me he encargado de librar una eterna batalla contra el enemigo natural de la literatura. No es la ignorancia, ser literato y tener libros no implica que seas menos ignorante que cualquier otro, Pinochet tenía varios libros de su puño y “letra” (entre comillas, joder), además de haber leído otros tantos, y aún así pensaba que Ortega y Gasset eran dos weones que trabajaban juntos y que más encima escribían filosofía… Sí, juntos. Tampoco es la muerte, ya basta de eso, todos se mueren y todos nos moriremos y es tan certero que hay de dejarlo de ver como un enemigo del arte de las letras, es solo un futuro y puno. 

Chicos y chicas, el verdadero enemigo de la literatura es el polvo. Se te mete en los libros y los carcome como si fuera un mal lector, o, en el peor de los casos, un tumor, o, en el peor de los casos, como si fuera lava, magma, o, en el peor de los casos, como si fuera Dan Brown. Bueno la cosa es que el polvo atrae bichos y esos bichos, insectos, artrópodos (me costó un mundo escribir esa palabra) y otros animalillos que les da por anidar en ese polvo. Hace tres años aproximadamente, cuando llegué acá al Saturno, tenía unos cuantos libros y esos comenzaron a crecer en número debido a las adquisiciones de las que poco a poco me iba haciendo, ediciones buenas pero viejas. Y ahí estaba el polvo, dicen que no sé qué porcentaje de ese polvo es piel humana, qué asco, y qué irónico, ya que soy el único humano que habita esta pieza, que lucha porque esos libros perduren y al mismo tiempo soy contribuidor (¿existe esa palabra?) a esa capa de olvido a la que llamamos polvo. Estaba sacando el tomo II Díada de Sherlock Holmes, cuando desde atrás del libro aparece una araña de proporciones malignas. Ya recordarán que hace tiempo esta misma alimaña me amenazó de muerte, era la misma, tenía que serlo, y era más peligrosa de lo que imaginé, era una araña literata, como la del cuento de Bukowski (no recuerdo el nombre), que miraba de una esquina, la perra araña, la femme fatale, la más peligrosa, una araña que posiblemente se había leído las obras completas de Sherlock, una araña que se creía Ajab, una araña que estuvo en Macondo, una araña que sobrevivió a los aqueos, que conoció a Calipso, que se sabía al amigo piedra de memoria, que descubrió al asesino de “El Asedio”, que quería venganza, a lo Montecristo,  que buscaba a Tinajero, a lo Belano, que conocía letra a letra a los rusos, pero peor que el hecho de que la araña conociese a Tolstoi era el hecho de que Tolstoi la conocía a ella…y le temía. Y para qué hablar de las mil y una novelas negras que habitan mi librero, ella las había leído todas, por lo tanto era paciente la muy arácnida y metódica y asesina. Tenía que matarla, pero merecía una muerte ejemplar. Tomé “El beso de la mujer araña” y la aplasté mientras esta me observaba con sus ocho ojillos, splat, muerte irónica, la mejor de todas. Me encantan las arañitas, por tradición gamblera los íconos de mala suerte son de buena suerte, pero si la arañita sabe literatura solo hay que matarla. Era ella o yo.

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