sábado, 17 de junio de 2017

A 10 años de la partida del Ilustre Enrique Campos Menéndez

El otro día se cumplieron 10 años de la muerte de Enrique Campos Menéndez, el escritor. A mí no me sonaba, llegué a él por accidente. Algunos indican que fue excomulgado de las letras chilenas cuando le robó el premio nacional a Donoso, galardón que parece haber obtenido por influencia de Pinochet. Parece que fue un pésimo escritor. Lo supuse porque en internet hay pocas referencias críticas de sus libros. Al principio, pensé que este silencio se debía a que su labor de asesor cultural del dictador eclipsaba su obra literaria, así que me armé de café y me leí algunas de sus publicaciones que hay en Memoria Chilena, pensando lo típico, que la mordaza que le pusieron fue injusta y que estaba desenterrando una reliquia. Error. Digamos que no me gustó su literatura. Es una prosa ampulosa, aunque lo importante es la evidente ausencia de humor que hay en sus escritos. Decepcionante, pues esperaba encontrarme con un compadre cáustico.

Sentí mucha simpatía con este ejercicio de nigromancia. De hecho, con la lectura de su autobiografía sentí algo capital. En ella hay varios pasajes en donde reflexiona sobre el arte de escribir y sobre la figura del escritor, validando a cada rato sus dotes para este baile. Suelta una apreciación clasicista de lo que es el escritor, algo anacrónico y totalmente ridículo si pensamos que fue escrito al final de los 70’, con máximas como esta: “Ser escritor exige certeza, ansia de saber y un desvelo continuo de perfección”. Luego, hay varios momentos en que deja bastante claro que está apuntando al Olimpo de la memoria, acción que esculpe con trágica seriedad:

“Lo serio, mis amigos, son los libros. Esa es la verdadera palestra del escritor. El cauce natural de su expresión. La huella permanente de su inquietud y de su tránsito”.

Por lo mismo, su orgullo dolido estuvo a punto de autoaniquilarse cuando confiesa haber perdido un concurso literario, de cierto renombre, que se llevó a cabo en Argentina. Según cuenta, antes de saber el fallo del jurado, ya tenía la champaña lista para explotar. Quizás hasta pensó palabras modestas con qué sopesar el pudor y la fama que acompañan a la victoria. Pero bueno, no ganó. Él se lo adjudica a la desventaja de su nacionalidad chilena en un certamen extranjero. Pero la derrota lo hizo reflexionar sobre la agudeza de su arte. Quizás no era tan bueno como pensó, confiesa. Su ánimo cambia cuando se entrevista con uno de los miembros del jurado. Éste le cuenta que había mandado a imprimir su libro en braile y que, oh musas, era el libro que los ciegos más solicitaban. Enrique Campos Menéndez lo cuenta con orgullo, como evidencia de que su derrota no fue la más justa, pero leyéndolo acostado en mi cama resuena como una gran broma. Su carrera literaria es una broma. Es un chiste, porque sus esfuerzos se concentraron en ser imperecedero y su esforzada pirueta parece haberlo convertido en lo contrario, en un olvidado más. Al respecto dice algo rico en humor, aunque sin querer, me temo, como esas jirafas recién nacidas:

“No me cuesta improvisar; pero es un género ingrato, que deja poco o nada en los anales literarios y menos que nada en la memoria de los oyentes. El aplauso no es buena compañía y los que se respaldan en ese halago se apoyan en el vacío”.

Me reí satisfecho, como si luego de pegarle un paipe escondiera la mano y mi fechoría quedara impune. Luego recapacité ¿Habla de los aplausos o de los likes? Mientras otros muertos llenan las librerías con su legado, este tipo se encuentra encerrado en una pieza oscura y helada, en donde nada se escucha y donde nada se ve. No está sólo, con él están todos los escritores que se han extraviado en estos dos mis años de historia. Entonces mi risa se intensificó, pero se transformó en reflejo de congoja, de susto, una risa pícara, esa mismita risa que lanzas cuando te ves al espejo y descubres que estás viejo y que luces feo. Seamos sinceros: voy derechito a esa oscuridad. Pero ustedes también. No habrá tragedia detrás de ese paseo, ningún rastro de seriedad ni de alto espíritu. Yo llegaré a esa habitación muerto de la risa y veré que Enrique Campos Menéndez se ríe también, desde el principio. “El sol se apagará”, decía Bolaño cuando le preguntaban por la inmortalidad, argumentando que daba lo mismo ser Anagrama o ser un bloguero anónimo de la red. Enrique Campos Menéndez, el mal escritor, el fome, se ríe porque el escritor más leído del planeta también terminará ahí con él, es cosa de tiempo ¿Llegará riéndose? Por supuesto que no, jaja.

lunes, 5 de junio de 2017

Estafa

El evangélico de mi jefe nos regaló unas Moleskines. No sé cómo habrá llegado a esa decisión, pero quedé encantado, sobre todo porque venían con ticket de cambio. A diferencia de mí, los haitianos y el peruano consideraron que esas libretas eran un mal regalo. Ofrecí comprárselas. A cada uno le di tres lucas. En la librería, ese modelo estaba a veinte... Hoy fui con las cuatro libretas a dicha librería. Las cambié por ochenta lucas en libros. ¿Se considera estafa? Sí. ¿Por qué? Porque no puede ser que con ochentamil pesos sólo alcancen 6 libros. ¿El culpable?: Anagrama. ¿La víctima?: El Sémola.

jueves, 18 de mayo de 2017

Snuff

No es realmente difícil hablar con una mujer, tomar la iniciativa. Tampoco es tan complicado lograr avances, es cosa de paciencia y puntería. Por el contrario, sí es difícil terminar con ella, decirle que ya no la quieres como al principio, que estás dispuesto a olvidar su cara. Lo haces sabiendo que trizarás su espíritu. Sabiendo que los recuerdos que acumuló con tu nombre volverán como estampida durante la noche. Aun así la dejas y te sientes un genocida, la bestia humana, pues no importa lo sensatas que sean tus razones, nada se comparará con el monumento de su tristeza, con su sueño aniquilado. Se mirará llorando al espejo y se preguntará qué hizo mal, qué hizo mal. Recordará rupturas anteriores y mentalmente construirá un mapa de su dolor, otra vez. Ahora recuerdo con amargura cuando tiempo atrás estuvo a punto de decir “te amo”. ¿Habrá callado por prudencia instintiva? ¿Por miedo? Hoy le dije que ya no la quería y momentos después, aun mirándonos, un relámpago cruzó el cielo y comenzó a granizar. Fuimos protagonistas de una película snuff, otra vez.

lunes, 8 de mayo de 2017

Marcalibros


Conocí a una mujer. Tenía una biblioteca en crecimiento, con títulos que yo no conocía, la mayoría en inglés. Me sorprendió ver que cada uno tenía un marcalibros en él, uno para cada libro, incluso dentro de aquellos que aún no había leído. Le pregunté el porqué y me respondió que el marcalibros era tan importante como el libro. Un amuleto, una brújula. Con miedo le pregunté por sus gustos literarios y me respondió que le gustaba “de todo un poco”. Le dije que fuera más específica, pero me cortó mostrándo algunos marcalibros. No he vuelto a hablar con ella.

Actitud totalmente contraria tenía mi amiga Zapato Nuevo. Ella memorizaba la página y la línea en la que quedaba, luego cerraba el libro sin ningún tipo de asco. Esta acción podía mantenerla durante la lectura paralela de 2 o 3 libros. Para ella, los marcalibros eran basura por reciclar. Con pudor le pregunté por sus gustos literarios y terminamos culeando por horas (minutos, más bien, culpa mía). “Hay que perder el miedo a cerrar el libro; ni que en él se escondieran grandes secretos, es sólo un libro”. Siempre hablamos de literatura, aunque, más que hablar, me dedico a escucharla.

El Baraja, fiel a su actitud competitiva, me comenta que es mil veces mejor que Zapatito Nuevo: “Si yo abro un libro es porque lo terminaré”. No marca páginas, según él, porque no se interrumpe. Como un cometa, no para hasta estrellarse contra el final. Le pregunté cuál fue el último que leyó y me dice que no lo recuerda, que era menor de edad. Ahora sólo lee cosas por internet, noticias, columnas, ese tipo de cuestiones. Párrafos sin páginas. Cartas, el horóscopo, esas cosas.

El Pecas me preguntó qué era un marcalibros.

Diego Vega comenta que en su retirada vida de anacoreta en Concepción marca los libros con boletos de micro, argumentando que allá aún se mantiene esa tradición (que las micros den boletos). Le digo que, por lo visto, sólo podría leer en ciudades que manejen boletos… Me increpa diciendo que todo eso son mistonguerías, que el verdadero lector no marca las páginas, simplemente abre el libro al azar y lee furiosamente para el divertimento propio y universal. Piensa: “se acabó ese circo de fingir que uno entiende a los otros, qué farsa más absurda, me hierve, estamos solos, por la chucha, entienda algo”, pero en lugar de eso, acota: “el sueño del pibe” y le da un sorbo a su mate.

El bloguero Maximiliano confiesa que posee la colección más grande de marcalibros de todo Puente Alto, pero eso no le impide pensar que son una ridiculez. Apoya esta afirmación el hecho de que sólo utiliza un par de esos marcadores para todas sus lecturas, dejando al resto en paz. Su marcador favorito es una paradoja: se trata de una delgada lámina de mica transparente con pétalos secos en su interior; no sirve de nada, porque sólo le entrega una coordenada aproximada de dónde realmente se ubicó la marcación. “Me veo obligado a doblar las páginas”, pero en secreto marca las páginas con sangre, lágrimas y saliva, como si fuera el último lector del mundo leyendo el último libro.

La bloguera Gisela dice ocupar banderas. Le pregunto si son esos papelitos con un color por un polo y un segmento transparente por el otro. Me responde afirmativamente. ¿Los post-it? Pregunto para confirmar, pero me silencia. Me dice que son banderas “como las que una pone cuando escala el Everest; la dejas hasta donde llegaste, para marcar el territorio, y luego la siguiente y así…”. Le pregunto si ocupa una por cada vez que deja una lectura inconclusa y me mira ofendida. “Obvio”, responde, “así cualquiera que retome el libro podrá seguir su conquista”. Le consulto si compra muy frecuentemente esas banderitas y me responde, con un poco de soberbia, que se las roba cada vez que puede, tal como el tercio que se roba el estandarte del enemigo como símbolo de victoria. “El enemigo son los supermercados”, masculla.
Morong no quiso responderme. Debe tener mejores cosas que hacer. Recemos porque esté estudiando. Riforfo ya habló de esto. Dijo que en la península se marcan los libros con billetes de 500 euros.

sábado, 29 de abril de 2017

Esquirla de choripán


“Por otro lado, parte del éxito del libro Rayuela se debe a lo legendario de su significante: R A Y U E L A. Suena como si un relámpago iluminara un lago o un glacial. Es un nombre perfecto y ahí radica su problema, porque el título termina comiéndose a la historia. Si el mismo libro (con los mismos personajes, la misma historia y el mismo desorden) se hubiese escrito en Chile, otro gallo cantaría, pues el nombre de ese mamotreto habría sido Luche. Y los editores, para no confundir al público con el subjuntivo o el imperativo del verbo luchar, lo hubiesen cambiado a El Luche, apagando cualquier tentativa dramática dentro de su título. El Luche no se habría acercado al éxito que tuvo Rayuela, pero indudablemente sería un mejor libro, porque se presentaría sin caretas y nada te obligaría a leerlo con cariño o condescendencia. En ese universo paralelo, la Maga habría sido conocida como la mujer impotente y subyugada que fue y Oliveira, por otro lado, como un gran conchetumre”. El anterior fue un fragmento de mi primera novela “Devuélvanme los choripanes”.


lunes, 24 de abril de 2017

Temblor grado 6.9

Les contaré lo que me pasó hoy durante el sismo. Cerca de las 18:30 iba camino a la casa de mi mamá, en mi bicicleta, mi gran bicicleta, que es de color negro brillante con un cuadro de acero sin marca visible, sin cambios y sin suerte; es así porque está hecha con las partes de otras bicicletas que no lograron llegar hasta el final, es un híbrido de todos los espermatozoides deformes y flojos que murieron lejos de su meta: mi bicicleta es su revancha, una bestia nacida de sus cadáveres, mi fiel Guachalomo, capaz de soportar las más absurdas piruetas del ciclista torpe e irresponsable que me tocó ser. Máquina de rabia. Juguete de Satanás. El terror de los semáforos. Black Guachalomo. Quedará en la historia ese día en que no alcanzaste a frenar y reventamos el vidrio trasero de una camioneta que manejaba un pituco. Huimos sin sacudirnos las esquirlas, mientras el rubio nos intentaba atropellar, pero no lo logró, porque imprudentemente nos pasamos un rojo y nos metimos en el sentido contrario de una calle, “hasta nunca, roto”, le grité y el resto del día pasamos moviéndonos paranoicamente por Santiago, huyendo de todo hacia no sé dónde. Mi Black Guachalomo, al principio te odiaba porque me obligabas a hacer ejercicio y porque te pinchabas dos veces por semana y porque crujías como casa embrujada, sigues haciendo todo esto y estoy seguro de que, en fondo, te sigo odiando, maldita bicicleta de mierda, pero juntos odiamos con todo nuestro ímpetu al transporte público, sentimiento que nos une y nos da fuerzas, sentimiento que nos vuelve huracán en este gran vertedero llamado Santiago.

domingo, 9 de abril de 2017

Vocación ecuménica

Al principio era católico. Iba a misa e hice la catequesis. No aprendí nada. Seguí siendo católico, pero después de ver Jesús de Nazaret comencé a creer en Dios (confundí a Jesús con Dios). Empecé la confirmación, pero me aburrió pronto. No estaba dispuesto a sacrificar mis sábados. En esos tiempos prefería gastar mis fines de semana dibujando animales inventados mientras veía tele. Dejé de asistir a misa. Después dejé de ser católico y me volví testigo de Jehová. Lo hice porque me gustaba una compañera que era testigo de Jehová. Fui al Salón por cinco meses, acompañándola. Nunca pasó nada entre nosotros. Después me volví evangélico. Lo hice para andar con terno. Me salí cuando supe que sólo se podían vestir camisas de un sólo color. Y que ese color no podía ser ni negro ni rojo ni burdeo. Eso no es vida, me dije. Pensé en volverme mormón, pero terminé siendo anarquista. Lo hice porque tenía una compañera que era anarquista. A ella sí le agarré un pecho, pero fue sin querer. Dejé de creer en Dios tiempo después y también dejé de ser anarquista cuando noté que había que leer mucho. Después descubrí que en realidad era ateo. Dejé de serlo cuando supe que no era una religión. Entonces volví a ser católico. Me acomodaba, era cosa de disculparse y yo soy buenísimo disculpándome. Soy capaz de disculparme 14 veces por minuto. En mi caso, es lo más cercano a un don. No volví más a misa, pero siendo católico le conté alguna de mis aventuras al cura. El cura se espantó. Yo me espanté. Hoy, aunque mi abuela sostenga orgullosa que somos cristianos viejos, confieso que soy satanista. Creo en Dios, pero tenemos diferencias de opinión. Desacuerdos tensos. La mayoría tiene que ver con su sentido del humor. Debe ser porque es mormón.