sábado, 16 de septiembre de 2017

La Fonda



“No hay nada más chileno que ser peruano”. Así empezó mi monólogo para animar la fonda de la oficina. Duré un par de minutos hablando claro antes de empezar a tartamudear. Pero el mensaje fue claro; le pedí a los extranjeros que no se transformaran en chilenos, que no hablaran como nosotros, que no bailaran como nosotros, que no se vistieran como nosotros… ¿Cuál es la gracia de ser distinto y querer actuar como la media? Uno de los haitianos respondió que lo hacía para sentirse aceptado. Esos haitianos farsantes; fueron los primeros en ponerse la camiseta de selección en los últimos partidos, gritaron chichichí lelelé cada vez que los mirabas, lo único que les faltó fue meterse a una AFP y listo, bautizados como chilenos. Haciendo ese circo es la única manera que tienen para que el jefe (evangélico) los pesque y los trate con un poco de respeto. ¿Por qué querrían la aceptación de un tipo así? “Apréndanle a los peruanos”, dije y apunté al grupito de incas (me miraban con odio, habrán pensado que los quería ofender; no señor, yo no cometo esas bajezas). Continué, “los weones llevan como 12 años en Chile y ná que se creen Ángel Parra, todo lo contrario, estas bazofias siguen siendo Lucho Barrios, íntegros peruanos, odiando a los chilenos como Dios manda. Lo primero más chileno es ser peruano y lo segundo más chileno es odiar a los chilenos. Aprendan algo, caribeños vende patria”. Risas, aplausos, el mejor galardón.

Cuando me puse hablar de Paul Schäfer me quitaron el micrófono y pusieron “La Consentida mega mix”, que incluía las típicas basuras que uno debe bailar obligado en el colegio. Pero el DJ Mamani, íntimo amigo mío, tenía instrucciones claras al respecto: después de unas cuantas cuecas estándar, ya entrados todos en la nebulosa de la borrachera, debía ponerle play a “Soltero”, de Míster Gato. Esa weá sí que es un himno nacional. ¡Dale, dale, dale!, ¡dale, Míster Gato! Sonó y primera vez que veo al argentino feliz, incluso bailamos un poco más tarde, pero en ese primer impulso se sentó junto a mí. Me tiró la típica, que gracias a San Martín nos habíamos independizado y que, por lo tanto, TODO se lo debíamos a ellos. Me declaré ignorante en el tema, de modo que en su celular mostró algunas entradas de Wikipedia que apoyaban su punto. “Argentino penca, leo y leo esta weá y no veo ningún Tinelli, Lamborghini, TVMach o Barbieri, cero vedettes, estos weones de la independencia eran cualquier cosa menos argentinos, charcha culuiao, tienen toda la pinta de ser chilenitos viviendo al otro lado de la cordillera”. Cuando pusieron otra cumbia, se fue a servir más terremoto, mientras yo me intentaba comer a la niña de finanzas. Pero nunca se me da, ahora resulta que ella está pololeando y yo estaba en un estado muy lamentable de embriaguez como para poner en conflicto la institución del pololeo.

Me acosté un sillón después de vomitar. Pude ver clarito como el Mamani reculiao me sacaba 5 lucas del bolsillo de mi chaqueta. Imagino que será de esas licencias que uno se toma cuando se flexibilizan las reglas morales por culpa del alcohol. Como sea, por la sutileza de sus dedos, que tuvieron la consideración de no despertarme, este Mamani es oficialmente chileno. Me llena de orgullo, ahora lo quiero como si fuese mi hijo.

sábado, 2 de septiembre de 2017

La entrada número 200

El encargado de RRHH, argentino, nos obligó a mí y al peruano a cobrar el cheque con él. Un argentino, un chileno y un peruano están haciendo fila a las 8:30 de la mañana. La vida como un chiste. El argentinito no me habla porque siempre le he dicho “el boliviano”, poniendo a prueba su xenofobia. “Che, no soy boliviano, soy argentino”. “Es que tu apellido es boliviano”, le respondo siempre. Y se enoja. Le inventé una historia: alguna vez tuve una polola boliviana con ese mismito apellido. “En volá era un pariente tuyo, onda, tu hermana”, agrego, haciéndome el inocente, y él monta en cólera. El peruano tampoco me habla. Me encuentra poca cosa y además es sordo. A veces me mira y le hablo sólo moviendo los labios, para probar si de verdad es sordo. No me responde nada. Tampoco me responde cuando le hablo de verdad. A los haitianos sí les responde, el problema soy yo. Y el argentino, a él tampoco le habla. A mí ellos dos me caen mal. No me fío de alguien que lleva una vida sin música. Tampoco me fío de alguien que trabaje como recursos humanos. Tampoco me fío del par de haitianos, ni de los bolivianos. En las oficinas de Chile todos somos antagonistas.

Un argentino, un chileno y un peruano hacen fila para cobrar su cheque, pero no se hablan porque son unos taimados. La vida como una sitcom. El chileno le tiene fobia a los silencios que duran más de 10 segundos, entonces se pone a hablar para rellenar, para que el silencio no se coma todo. Parte contando que hace 10 años estaba en el ejército. Un error de cálculo bastante desfavorable lo mandó a Iquique. Contó que le sacaban la chucha día por medio. No los peruanos ni los argentinos ni los militares de planta, sino que los chilenitos mismos, sus colegas en armas, el resto de los soldados, tipos de su edad. Nunca supo muy bien por qué. Unos decían que era por homosexual. Su virginidad era evidente, motivos para pensar que era homosexual. Otros lo inculpaban por ser pituco, ya que no tomaba ni decía garabatos en voz alta. “Che, ¿y qué hiciste?”.

 “No recuerdo qué día, pero sé que fue un poquito antes de las fiestas patrias, cuando me emborraché por primera vez. Hice de eso una ética. Con el tiempo terminé siendo una especie de deidad para algunos flaites. De hecho, cuando entré a la U pensaron que era un flaite. Nunca me quedó claro muy bien qué soy: un flaite que se aburguesó o un burgués que se aflaitó”. Esto ocurrió el 2007. Este mes se deberían cumplir 10 años de “eso”. Me dio mucha pena de pronto y algunas lágrimas se me escaparon, en silencio, haciendo la fila para el banco con un argentino xenófobo y un peruano canalla. Recordé las canciones de mi mamá, esas que me cantaba cuando me despertaba para ir al jardín. Lloré por un minuto más o menos. El argentino con un gesto fugaz se limpió una lágrima que venía de algún lugar remoto de su rostro y dijo: “Che, para que te lo creas, no se lo había dicho a nadie, pero mi abuela materna es boliviana”. Me mentía, pero en secreto agradecí el gesto. Quedó de invitarnos a mí y a toda la bodega a un asado el jueves. ¿Qué cosa lo habrá conmovido? No lo sé.

Sigo ebrio. La vida como una rueda que pasa varias veces por la misma piedra, como una moneda de 365 lados. La moraleja de esta historia: tampoco confíes en los sordos.Todos estamos sordos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Seré el nuevo inquisidor

Llevo una semana solo y durante este tiempo he hablado mucho conmigo mismo sobre un tema. Así, concluí algo radical: me despojaré de mi sexo, amputaré cualquier signo de libido, convirtiéndome en un caracol, en un molusco asexuado, huraño y eunuco, totalmente aséptico, higiénico, sin olor, translúcido e insípido. ¿Por qué? Porque siempre pienso en culiar. Y siempre que pienso en culiar termino cagándola, rompiendo cañerías que mojan a personas que no se lo merecen, exponiéndome al ridículo. Pero ya basta de ser una vergüenza imperdonable. Desde ahora seré el cuerpo plástico y frío de una muñeca. Pisé la trampa del neo puritanismo, me convencieron. A la hoguera lxs que vandalicen el amor manchándolo con los fluidos de una cachita. Censura para quienes hablen del sexo como si se tratase de una autopsia. Olvido para los poetas pornográficos. Ay de quién diga "culear". Ante ustedes está el nuevo acólito de la inquisición.

sábado, 29 de julio de 2017

La mujer rota



En mi casa hablábamos sobre mal entendidos que derivaban en lecturas de importante calibre. Como todo estudiante flojo, comenté que en varias ocasiones entendí pésimamente los libros que me obligaron a leer en el colegio, pero que el resultado no siempre fue tan malo. Por ejemplo, leí Alsino bajo total distracción y, en parte por ignorancia y en parte por enfrentarme a un nombre nada binario, entendí que uno de los personajes llamado Abigail era un hombre; lo imaginé calvo, ya mayor, Abigail es nombre de caballero y se notaba que le tenía ganas al protagonista. En la prueba me desayuné con el hecho de que se trató todo el tiempo de una mujer, cuestión totalmente decepcionante, pues la trama gay era mucho mejor. Una de las invitadas dijo que deliraba cuando iba a la panadería y alguien decía “¡qué fresco es el pan!”, “siento húmero el pan”, “el pan está calentito”. Primero se imaginaba hallullas y marraquetas de buena calidad, pero luego de perder parte de su ignorancia (o inocencia), no podía evitar imaginar al dios Pan tentando a los humanos, tan cochino como siempre, húmedo, caliente y duro. Yo conté el cómico esfuerzo que levanté por inventarme una mitología personal en torno a la Fortuna, su rueda, la diosa. En ese tiempo, en cuanto leí el título ‘La Mujer Rota’ entendí ese ‘rota’ como un verbo, onda, la mujer que rota, que gira, o sea, la Fortuna. Leí el libro y para mí tuvo más sentido que el adjetivo del sentido original. Me enteré de mi error ya en la universidad, conversando con mis compañeros. En esto me apoyó una, dijo que su primera impresión ante ese título fue clasista, del tipo "la mujer rasca". Obviamente era un libro facho, agregó. Otra de ellas, la más severa, dijo que cuando joven vio la foto solemne y extraterrestre de Joseph Goebels acompañad de esas clásicas líneas que se le adjudican “miente, miente, que algo quedará”. Por su foto en blanco y negro, evidentemente se trataba de un escritor y su frase obviamente era un consejo literario. Cuando reparó en su error (viendo el History Chanel), ya era tarde, pues ya era una mentirosa afilada y durante un año escribió bajo el perturbante pseudónimo de Eugenio del Alba. La otra chica, la cínica, dijo que estuvo buscando por tres semanas el libro “El Hoy”, que fue encomendado por su profesor. Se sintió pasada a llevar cuando descubrió que era “Eloy”, pero se sintió peor cuando terminó ese libro, que nada tenía que ver con el hoy. Se fueron sobrias y estoy seguro de que una de ellas me robó un par de calcetines. No me dieron tiempo de preguntarles por lo del trío. Igual hubiesen dicho que no.

sábado, 15 de julio de 2017

Nieve


Anoche llamó mi hermana. Estaba llorando. Dijo que su gata había escapado y que llevaban horas buscándola, sin novedades. Llamó otra vez en la mañana. Encontraron su cuerpo bajo un arbusto, lejos de la casa. Al parecer murió de frío. La fuimos a enterrar al cerro: aún había nieve, un buen paisaje. Caminando de vuelta me dijo que, a pesar del frío y de la muerte, el cadáver de la gata aun tenía pulgas cuando lo recogió. Confesó que eso le dio risa. “No hay respeto en la naturaleza”, dijo, como si contara un chiste. Es la primera vez que me dice algo que delata su falta de inocencia. Ahora en mi casa, pienso que quizás ya no sea virgen. Hoy en la noche habrá temperaturas bajo cero. Iré a la Blondi.

martes, 4 de julio de 2017

Itaú

Yo, que soy un conchetumare con tilde en todas sus vocales, el comic sans de la wea, sé reconocer el potencial cuando lo veo. En el boxeo, los golpes más espectaculares vienen desde abajo ¿Qué motiva que una persona común y corriente haga cosas espectaculares? Algo metafóricamente similar. Por ejemplo, las bicicletas Itaú son feas y malas. Vienen con defectos, chillan al frenar, son lentas, naranjas, toscas y pesadas. Eso provoca que sus usuarios se esfuercen el triple, convirtiéndolos en unos arrojados. No hay respeto en el mundo de las Itaú. No hay tregua. Con esa bicicleta horrible no hay espacio para la prudencia, te conviertes en una bestia que no respeta ni las leyes del tránsito más básicas, como el sentido de las calles o el color rojo de los semáforos. Todo motivado por el complejo de inferioridad que les otorga este feo vehículo.

Así soy yo. La bicicleta Itaú del blog, de la literatura, de la vida.

sábado, 17 de junio de 2017

A 10 años de la partida del Ilustre Enrique Campos Menéndez

El otro día se cumplieron 10 años de la muerte de Enrique Campos Menéndez, el escritor. A mí no me sonaba, llegué a él por accidente. Algunos indican que fue excomulgado de las letras chilenas cuando le robó el premio nacional a Donoso, galardón que parece haber obtenido por influencia de Pinochet. Parece que fue un pésimo escritor. Lo supuse porque en internet hay pocas referencias críticas de sus libros. Al principio, pensé que este silencio se debía a que su labor de asesor cultural del dictador eclipsaba su obra literaria, así que me armé de café y me leí algunas de sus publicaciones que hay en Memoria Chilena, pensando lo típico, que la mordaza que le pusieron fue injusta y que estaba desenterrando una reliquia. Error. Digamos que no me gustó su literatura. Es una prosa ampulosa, aunque lo importante es la evidente ausencia de humor que hay en sus escritos. Decepcionante, pues esperaba encontrarme con un compadre cáustico.

Sentí mucha simpatía con este ejercicio de nigromancia. De hecho, con la lectura de su autobiografía sentí algo capital. En ella hay varios pasajes en donde reflexiona sobre el arte de escribir y sobre la figura del escritor, validando a cada rato sus dotes para este baile. Suelta una apreciación clasicista de lo que es el escritor, algo anacrónico y totalmente ridículo si pensamos que fue escrito al final de los 70’, con máximas como esta: “Ser escritor exige certeza, ansia de saber y un desvelo continuo de perfección”. Luego, hay varios momentos en que deja bastante claro que está apuntando al Olimpo de la memoria, acción que esculpe con trágica seriedad:

“Lo serio, mis amigos, son los libros. Esa es la verdadera palestra del escritor. El cauce natural de su expresión. La huella permanente de su inquietud y de su tránsito”.

Por lo mismo, su orgullo dolido estuvo a punto de autoaniquilarse cuando confiesa haber perdido un concurso literario, de cierto renombre, que se llevó a cabo en Argentina. Según cuenta, antes de saber el fallo del jurado, ya tenía la champaña lista para explotar. Quizás hasta pensó palabras modestas con qué sopesar el pudor y la fama que acompañan a la victoria. Pero bueno, no ganó. Él se lo adjudica a la desventaja de su nacionalidad chilena en un certamen extranjero. Pero la derrota lo hizo reflexionar sobre la agudeza de su arte. Quizás no era tan bueno como pensó, confiesa. Su ánimo cambia cuando se entrevista con uno de los miembros del jurado. Éste le cuenta que había mandado a imprimir su libro en braile y que, oh musas, era el libro que los ciegos más solicitaban. Enrique Campos Menéndez lo cuenta con orgullo, como evidencia de que su derrota no fue la más justa, pero leyéndolo acostado en mi cama resuena como una gran broma. Su carrera literaria es una broma. Es un chiste, porque sus esfuerzos se concentraron en ser imperecedero y su esforzada pirueta parece haberlo convertido en lo contrario, en un olvidado más. Al respecto dice algo rico en humor, aunque sin querer, me temo, como esas jirafas recién nacidas:

“No me cuesta improvisar; pero es un género ingrato, que deja poco o nada en los anales literarios y menos que nada en la memoria de los oyentes. El aplauso no es buena compañía y los que se respaldan en ese halago se apoyan en el vacío”.

Me reí satisfecho, como si luego de pegarle un paipe escondiera la mano y mi fechoría quedara impune. Luego recapacité ¿Habla de los aplausos o de los likes? Mientras otros muertos llenan las librerías con su legado, este tipo se encuentra encerrado en una pieza oscura y helada, en donde nada se escucha y donde nada se ve. No está sólo, con él están todos los escritores que se han extraviado en estos dos mis años de historia. Entonces mi risa se intensificó, pero se transformó en reflejo de congoja, de susto, una risa pícara, esa mismita risa que lanzas cuando te ves al espejo y descubres que estás viejo y que luces feo. Seamos sinceros: voy derechito a esa oscuridad. Pero ustedes también. No habrá tragedia detrás de ese paseo, ningún rastro de seriedad ni de alto espíritu. Yo llegaré a esa habitación muerto de la risa y veré que Enrique Campos Menéndez se ríe también, desde el principio. “El sol se apagará”, decía Bolaño cuando le preguntaban por la inmortalidad, argumentando que daba lo mismo ser Anagrama o ser un bloguero anónimo de la red. Enrique Campos Menéndez, el mal escritor, el fome, se ríe porque el escritor más leído del planeta también terminará ahí con él, es cosa de tiempo ¿Llegará riéndose? Por supuesto que no, jaja.