viernes, 8 de diciembre de 2017

Mi lucha


Cubrir la vida entera con la sombra de la mentira. Otro diciembre más en que mi abuela me obliga a cantar villancicos con el coro de la capilla. Mi favorita, el Burrito Sabanero, trata de un inmigrante ilegal entrando en lo que actualmente es Palestina, prontamente Israel. Además de las obvias referencias ocultistas del verso “el lucerito mañanero ilumina mi sendero”, la canción tiene un trasfondo pícaro. El que maneja al burro actúa como padre de un hijo engendrado por otro. “Yo ni la he tocado y se embarazó”. Habla de un animal típicamente identificado con la virilidad potente, pero torpe. Ciega y rabiosa, a mi entender, como son los burros que he conocido. “No seré papi, pero soy tu burro, sigo siendo viril, José es mi nombre”, nos quiere decir, por lo mismo es sabanero, porque su hábitat natural se encuentra entre las sábanas, como siempre lo he dicho de mí mismo, el homo lelctuli (aunque más por flojera que por sexo).


Me ubico entre las señoras y los nuevos catequistas del coro para entonar el himno más falso de todos. Ellos cantan, yo sólo muevo la boca, pero lo hago con pasión, como si disfrutara. Quien canta ora dos veces, decía San Agustín. Mi abuela aplaude. Lo mismo pasaba en el ejército. Cuando había que cantar el himno nacional, yo sólo movía los labios de modo épico. Algunos soldados me descubrieron, pero nunca me recriminaron nada, porque la verdadera patria de los pobres (pobres egoístas como éramos todos los soldados) termina donde terminan los límites de su propia piel. No hay himnos en esas tierras. Y así, fingir que canto más fuerte que todos y no cantar nada se transformó en mi religión. Es una tendencia que se puede extrapolar a todos los aspectos de mi vida, incluso a este, al blog, a todas estas palabras que fueron escritas por alguien más y que son brutalmente plagiadas por el Sémola. Que esta entrada sirva como (otra) disculpa.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Santiago en 666 palabras


En el Blasco con el Tito caí en cuenta de que yo, con 28 ediciones del Festival de Viña en el cuerpo, nunca he comprado droga. “Entonces no tenís calle”, me dijo y me dolió en el alma. ¡Qué he hecho en todos estos años! Perder el tiempo, de seguro, como el burguesito que me esfuerzo en ser, caminando por la vida como esa gente que sale del baño con papel pegado en la basta. El Baraja definitivamente sí que tiene calle, él sí que es gamblero como corresponde. Cordial, me invitó a comprar droga. Pagamos la cuenta (pagó él) y enfilamos a la alcantarilla más afilada de Santiago, allá donde mueren los choros y de donde parten las raíces de todo el árbol delictual de este país. Así es, amigos míos, fuimos a Parque Bustamante, que se encuentra a un metro por debajo del infierno.

No diré específicamente a qué edificio entramos pues, de hacerlo, es posible que peligre la integridad de mis seres queridos. Sólo diré que era una construcción evidentemente pre-carcelaria. El Tito me aconseja: “di los gramos y pásale el billete. No digas ninguna otra weá. Actúa como si fuera común pa’ ti comprar yerba”. Lo entendí perfectamente ¿Qué acaso no hay nada más humillante que ser nuevo en algo en que deberías ser muy experimentado? Por eso la gente que no aprendió a andar en bicicleta en su primera infancia suele no aprender nunca. No es una falencia motriz, es vergüenza a vean a un adulto cruzando la calle con rueditas de apoyo. Pero fui valiente y ejecuté con puro coraje eso que debí hacer al final de mi adolescencia. Tocamos el timbre y nos abrió una muchacha que medía como 1,60, bastante linda. La pillamos justo pintándose las uñas. Saludó al Tito con familiaridad, mientras yo la miraba intentando ocultar el miedo que ya se me escapaba entre los dientes: he visto muchas películas como para pasar eso por alto ¡Ts! A todas luces la joven era una mafiosa de lo más ruin, una yakuza sanguinaria. Calma, Sémola, calma; cálmate pero aparenta. Le dije “Hola, queremos comprar una mariguana”. Ella río, pero el Tito carraspeó un poco incómodo. Replanteé mi pregunta en caso de que no me haya entendido la primera vez (tal vez mi coa no es tan fluido como imaginé). “Le digo que nosotros queremos comprar un poco la droga mariguana, también le dicen el pito, se fuma”. Se siguió riendo y entró a su cubil en busca de la materia por la cual se está descascarando esta catedral llamada Chile. El Tito me dio una patada, imagino que para envalentonarme. La chica volvió, pero el Baraja habló con ella, impidiéndome interactuar. Ocuparon una jerga desconocida para este buen cristiano, la misma que quizás hablaron los piratas. Pesaron unos tubérculos y el Baraja me arrebató el billete que tenía en la mano para pagarle. Molesto, se despidió mientras la joven aun reía. 

Y así fue, amigos. Creo que es como perder la virginidad por segunda vez, esto de comprar droga. Uno piensa que es bien baquiano en las artes de la calle, pero si no has comprado droga (como yo ya lo hice) no eres más que un poserito. Al irnos el Baraja me retó, no entiendo muy bien por qué. Le dije que se llevara la marihuana y me respondió “¿estay güeón? Yo no fumo, eso me hace mal”. No me ha vuelto hablar desde entonces. En el cajón de mi cómoda guardo los gramos que me acercaron más que nunca a las mazmorras. Cuando venga la PDI y trajine hasta mi pertenencia más privada en busca de pruebas que me incriminen aun más, por favor ignoren toda la pornografía y consideren este texto como un atenuante de mi tan cuestionada inocencia.

[Por cierto, tengo un pito si alguien quiere (yo no fumo, me da la pálida muy fuerte), aunque tengo toda la tincada de que la peligrosa chica Breaking Bad nos vendió cilantro o algo similar]. 

martes, 24 de octubre de 2017

Cómo pronunciar apellidos



Siempre fui denostado por el resto de los lectores porque durante años pronuncié Baudelaire tal como se escribe; lo mismo con Rimbaud, Nietzsche, Goethe, Houellebecq, Wagner y un larguísimo etcétera. Los intelectuales gozan en ejercer el arte marcial de la corrección con saña. Era injusto. Ellos escuchaban el nombre de estos autores en sus colegios, en sus viajes o en boca de sus padres, pero uno se tuvo que conformar con la limitada fonética hispana criolla para musicalizarlos. Pasé tantas vergüenzas que dejé de hablar de libros. Hoy en día la cosa es distinta: Wikipedia permite reproducir cómo se pronuncian algunos nombres y, en el peor de los casos, el traductor de Google hace lo suyo. Hoy puedo pronunciar la mayoría de los autores que leo, pero sigo sin hablar de libros con nadie.

sábado, 7 de octubre de 2017

Mejor que Tinder, Tindersticks.

Una amiga entra al baño y deja junto a la cama su ropa. Yo aprovecho y pongo una canción, “No More Affairs”. La primera vez que leí la letra de ese tema pensé que trataba de un tipo que se despedía del cortejo. Tema pícaro, pensé inocente, tema para una cumbia. Por eso me llamó tanto la atención el tono de la canción. El tipo canta como si estuviera asistiendo a la ejecución de sus hijos. Desgarrado y derrumbado. Mi amiga sigue en el baño y veo sus zapatos, unos tacones increíbles. Sentí el impulso y lo hice. Me puse ambos y empecé a caminar por la pieza, haciendo ese clásico ruido, banda sonora de algunas mujeres. Toco, toco, toc. Es lo más incómodo que he hecho en mi vida ¿por qué alguien aceptaría caminar con eso por su propia voluntad? Era como estar siempre a punto de caerse, duelen los dedos, las rodillas. Pero me miré en el espejo y me veía espléndida. Mansas piernas. Debajo de todo el pelo era Miss Parque Almagro, como mínimo. Justito salió mi amiga y quedó un poco horrorizada al verme posando como Vampirella. Le expliqué, pero su principal defecto es una total ausencia de curiosidad, así que no pudo sentir empatía por el impulso que me obligó a vestir sus tacos. Correrá la voz entre las mujeres y, como el tema de Tindersticks, me tendré que despedir del cortejo para siempre en la vida. Es la sexta vez que me despido del cortejo este año. Ella se fue de mi casa y puse cumbia.


jueves, 28 de septiembre de 2017

Trap

“Sigue tu camino que sin ti me va mejor.
Ahora tengo otras que me lo hacen mejor”.

Llevo escuchando trap toda la semana. Pasando por alto el hecho de que los versos anteriores son los peores de la historia, debo decir que el trap llega tarde. Se trata de la superación del reggaetón. El Reggaetón, música que en su momento era marginal y carcelaria, pero que terminó gustándoles a los tíos del furgón, a los estudiantes de humanidades y a los comerciales de Santa Isabel. Hasta Luis Fonsi lo canta. Luis Fonsi. Lo mismo le pasó al jazz, al rock, hip-hop, punk, hasta al tango o las rancheras. Nadie escapa de esta rueda: la música popular va derechito al mismo cementerio  de donde los malditos publicistas sacan sus ideas. Pero el trap ya nos llega así, viene de vuelta, como si ya supiera que va a ser materia prima de jingles. Sobre el machismo en sus letras, es bastante predecible. Yo esperaba ver más cosificación femenina, pero en la mayoría de los videos aparece el trapero principal junto con sus amigos, hablando de sus lujos o de su droga (es lo que haría yo si fuese gay). Curiosamente aparecen pocas mujeres, lo que está muy bien, porque nadie debería prestarse pa eso. Sobre las letras, a pesar que hablan de sexo, usa una deixis muy  personal. No hablan de sexo, en otras palabras. Lo que hacen es hablar de ellos teniendo sexo, pero como que te lo sacan en cara de una forma muy rara. No sé si buscan enrostrarte que tienen mucho sexo o si buscan seducirte diciendo que tienen mucho sexo. Ninguna funciona. Mención especial a las chilenas que hicieron algo similar pero mejor. La fórmula: 40% reggaetón, 20% hip-hop, 2% Mara Salvatrucha, 5% Internet, 3% Peter la Anguila, 0% Nick Cave, 30% anestesia en el nervio lingual.
Próxima semana: J-Pop.

sábado, 23 de septiembre de 2017

La cueca del ángel y el botón


Dos años atrás inventé un paso de cueca insuperable.
El botón, se llama.
No requiere pañuelo, es a mano limpia.
Lo que hago es abrocharme y desabrocharme el segundo botón de la camisa. 
Varias veces.
Un amago.
Como que me la saco y no me la saco.
Se ve la zorra. Me veo mino.
Compensa mi falta de talento en el resto de las habilidades cuequeras.
El Tito Baraja inventó otro paso sólo para oscurecerme.
Lo estrenó ayer.
El Ángel, se llama.
Es una oposición bastante provocadora para con mi técnica.
En lugar de cero pañuelos o de un pañuelo SON DOS PAÑUELOS.
Uno en cada mano.
Se mueven paralelamente, como si fuera diestro y siniestro al mismo tiempo.
Simétrico.
Más que ángel, parece Locomía
y yo,
con el botón,
más que mino, parezco aweonao.

sábado, 16 de septiembre de 2017

La Fonda



“No hay nada más chileno que ser peruano”. Así empezó mi monólogo para animar la fonda de la oficina. Duré un par de minutos hablando claro antes de empezar a tartamudear. Pero el mensaje fue claro; le pedí a los extranjeros que no se transformaran en chilenos, que no hablaran como nosotros, que no bailaran como nosotros, que no se vistieran como nosotros… ¿Cuál es la gracia de ser distinto y querer actuar como la media? Uno de los haitianos respondió que lo hacía para sentirse aceptado. Esos haitianos farsantes; fueron los primeros en ponerse la camiseta de selección en los últimos partidos, gritaron chichichí lelelé cada vez que los mirabas, lo único que les faltó fue meterse a una AFP y listo, bautizados como chilenos. Haciendo ese circo es la única manera que tienen para que el jefe (evangélico) los pesque y los trate con un poco de respeto. ¿Por qué querrían la aceptación de un tipo así? “Apréndanle a los peruanos”, dije y apunté al grupito de incas (me miraban con odio, habrán pensado que los quería ofender; no señor, yo no cometo esas bajezas). Continué, “los weones llevan como 12 años en Chile y ná que se creen Ángel Parra, todo lo contrario, estas bazofias siguen siendo Lucho Barrios, íntegros peruanos, odiando a los chilenos como Dios manda. Lo primero más chileno es ser peruano y lo segundo más chileno es odiar a los chilenos. Aprendan algo, caribeños vende patria”. Risas, aplausos, el mejor galardón.

Cuando me puse hablar de Paul Schäfer me quitaron el micrófono y pusieron “La Consentida mega mix”, que incluía las típicas basuras que uno debe bailar obligado en el colegio. Pero el DJ Mamani, íntimo amigo mío, tenía instrucciones claras al respecto: después de unas cuantas cuecas estándar, ya entrados todos en la nebulosa de la borrachera, debía ponerle play a “Soltero”, de Míster Gato. Esa weá sí que es un himno nacional. ¡Dale, dale, dale!, ¡dale, Míster Gato! Sonó y primera vez que veo al argentino feliz, incluso bailamos un poco más tarde, pero en ese primer impulso se sentó junto a mí. Me tiró la típica, que gracias a San Martín nos habíamos independizado y que, por lo tanto, TODO se lo debíamos a ellos. Me declaré ignorante en el tema, de modo que en su celular mostró algunas entradas de Wikipedia que apoyaban su punto. “Argentino penca, leo y leo esta weá y no veo ningún Tinelli, Lamborghini, TVMach o Barbieri, cero vedettes, estos weones de la independencia eran cualquier cosa menos argentinos, charcha culuiao, tienen toda la pinta de ser chilenitos viviendo al otro lado de la cordillera”. Cuando pusieron otra cumbia, se fue a servir más terremoto, mientras yo me intentaba comer a la niña de finanzas. Pero nunca se me da, ahora resulta que ella está pololeando y yo estaba en un estado muy lamentable de embriaguez como para poner en conflicto la institución del pololeo.

Me acosté un sillón después de vomitar. Pude ver clarito como el Mamani reculiao me sacaba 5 lucas del bolsillo de mi chaqueta. Imagino que será de esas licencias que uno se toma cuando se flexibilizan las reglas morales por culpa del alcohol. Como sea, por la sutileza de sus dedos, que tuvieron la consideración de no despertarme, este Mamani es oficialmente chileno. Me llena de orgullo, ahora lo quiero como si fuese mi hijo.