sábado, 17 de febrero de 2018

Actualización laboral



En esta comedia mal actuada a la que llamamos “trabajo” ocurren cosas que deberían aparecer en los libros de historia, reemplazando a esas clásicas hazañas burguesitas carentes de humor.

Mi fiel compañero peruano, mi contramaestre, el Mamani, ha renunciado. Ha vuelto a Perú por problemas familiares y tiene toda la pinta de que no volverá. Allá va el estoico del grupo. Por más que los chupasangres de Recursos Humanos se esforzaban por hacer este ambiente de trabajo más grato, él sabía que en realidad nos querían más felices para que produjéramos más. Su protesta era producir más, sí, mucho más, pero siendo un perfecto infeliz. Nunca lo vi sonreír. Nunca saludó ni se despidió de nadie. Allá va, señores, el empleado perfecto de la bodega, el único que reamente trabajaba, no como esos haitianos sectarios que aún no me aceptan en su grupito.

En la reunión del lunes se habló sobre qué medidas tomaría yo para que su partida no afectara el rendimiento de la bodega. Tema vulgar, si me permiten. Los jefes sólo piensan en producir. Yo, por otro lado, me enfoqué en lo único importante tras su pérdida: ¿Quién se quedará con su casillero? Como buen empleado antiguo, tenía un casillero que se encontraba a la altura perfecta, envidiable, no hay que agacharse ni encaramarse ningún centímetro. Como si me lo hubiera hecho un sastre, como si hubiese salido del mismo cigoto que yo, mi verdadera alma gemela, ese casillero. Lo llevaré conmigo cuando me vaya y pediré que me entierren dentro de él cuando me llegue la hora.

miércoles, 7 de febrero de 2018

La innoble fealdad del chico



Podrás ser el sapiens más feo de la cristiandad, pero nunca faltará esa persona de criterio distorsionado que te encontrará hermoso. (Nuestras madres suelen encontrarnos preciosos; se podría pensar que se debe al amor que dicen tenernos, pero yo creo que es pura vanidad… no olvidemos que el 50% de la fealdad propia, que no es poca, viene de su carga genética. En otras palabras, si tu mamá pensara que eres feo, significa que ella también se encuentra fea a sí misma. No hay ninguna mamá que se piense fea y lo digo con conocimiento de causa, pues conozco a varias madres. Sin ir más lejos, a la mía la conozco desde que nací). Esa persona, encarnación del mal gusto, será un cubil acogedor que te ayudará a soportar esos momentos de congoja fruto de la propia horripilancia. Incluso podrás sentir aquello que las personas bonitas llaman “felicidad”, independientemente de las trampas puestas por la genética o los estándares de belleza.

Con la estatura no pasa eso. Si eres chico, hasta tu mamá te encontrará chico. El tamaño es un defecto innegable. Esto es serio. Según varios estudios, los que somos de baja estatura sufrimos infinitamente más que los de estatura alta: vivimos menos, tenemos menos parejas sexuales y estamos más inclinados a cometer crímenes violentos. Nos quedan dos opciones. La primera, migrar a una tierra  donde tu porte sea normal o prominente, allá donde la desnutrición o el Enanismo Insular tengan la cagá. Llegar y destacar como un semidios. El problema con esto es que replicaríamos el mismo maltrato que los altos nos han infringido desde siempre.

La segunda opción es combatir los estándares de belleza. Los que somos bajitos podríamos formar una coalición. “Volver a los 1.7”, se llamaría, en honor a los 1.70 mts de altura. En nuestra ONG no se aceptará nadie por sobre este tamaño, se consideraría una malformación invalidante y asquerosa, para que les duela soportar al monstruo que crearon con su violencia sistemática. Nuestro lema será “Lo de ustedes es racismo”, pues no hay que hilar muy fino para descubrir que esta segregación es impulsada por diferencias dizque raciales. Pero nunca podremos unirnos para luchar, porque en la primera sesión del comité me fijaría en quién es el más chico del grupo y lo trataría como a un duende mayor domo, maldito chico culiao inferior, jakjskjasj, tráeme un vino, obedece mierrda. Sería nuestro payaso hasta que se retire y así pasaríamos al siguiente y al siguiente hasta que me toque a mí. Hasta que nos toque a todos.


jueves, 1 de febrero de 2018

Las cabezas de Frans Snyders




“Estaba mirando un estudio sobre cabezas de gato que hizo un pintor flamenco del SXVII. El tipo pintaba escenas de caza, así que sólo le interesa el gato en tanto fiera. No hay ningún rastro de ternura en esa aproximación, su gato es áspero y visceral. Después escribí la palabra “gato” en el buscador de imágenes de Google. La mayor parte son gatos cachorros, gorditos o disfrazados, tiernos como un peluche. ¿Se define un grupo humano por su visión de los animales? Hace 400 años éramos un mono supersticioso con ganas de masacre religiosa, ferales como las cabezas felinas del pintor; hoy somos un mono científico: civilizadamente hipertrofiado y salvajemente contradictorio. Leo opiniones de personas que prefieren a las mascotas antes que a la gente. Brígido. Brígido y curioso, porque esos mismos misántropos tratan como humanos a los animales, como si fueran sus hijos o sus hermanos. ¿El más afectado? Según yo es el gato. Bajo esta perspectiva, humanizar al animal es violento y apaciguador como un bozal. Es una clase de maltrato (simbólico, quizás) que jamás tendrá represalia desde el mundo animal. Podemos seguir apretando esta correa con total ausencia de culpa, pues la mayoría sólo somos empáticos con el dolor, no con esto tan raro que le estamos haciendo a los gatitos. Además, a los gatos no parece interesarles mucho la imagen que tenemos de ellos. Creo… Hoy, en lugar de haber pintado unas cabezas violentas y oscuras, el pintor flamenco hubiese hecho un meme. Un Keyboard Cat”.

Esto le dije hoy a mi gata. No me respondió nada. Sólo se acercó y se acurrucó en mis piernas, sin ninguna misericordia por el calor que hacía en la pieza.

domingo, 28 de enero de 2018

Apuntes por diversión #1


Un breve repaso de pura memoria sin un objetivo claro. Recordé un par de canciones folclóricas que rozan el tema de la homosexualidad masculina. Curiosamente, en los mismos temas donde el protagonista se representa a sí mismo como una fiera rompe catres, también le entra agua al bote y confiesa que es un poco coliguacho, revelación que llega durante el sueño. Lo confiesan con culpa, pero también con gracia. En el primer ejemplo está “Ja Jai” de Víctor Jara. “Si es sueño no vale”, nos parece decir, pero sabemos que es mentira:

“Anoche toíta la noche casi me mato de risa/ me soñé que me ponía ¡ja jai! calzones, enagua y camisa”.

El segundo ejemplo es de Tito Fernández en “Dicen que soy borracho”, un galló de cuadrilátero, un guapo de quinta, porque estar borracho es lo mejor de la vida, sale de casa de noche y vuelve de amanecida. También recurre al sueño para hacerlo pasar como chiste, pero no nos engañas, temucano:


“Me le apegué a mi señora/ suavecito y con dulzura/ haciéndole un cariñito/ cargaito a la ternura/ se me quitaron las ganas/ cuando agarré lo primero/ taba metido en la cama/ de un vecinó ques soltero”.

domingo, 21 de enero de 2018

Contra la ortografía

Si no cachan que es mentira, cuenta como argumento válido.

“[…] De hecho, está comprobado que el abuso de la escritura digital está erradicando completamente las faltas ortográficas, y eso está muy mal. Por ejemplo, en los códices medievales es frecuente encontrar errorcitos que no mostraban ningún intento por haber sido reparados. Ya sea por distracción o por olvido, era prácticamente imposible que un clérigo lograra terminar un escrito sin que adoleciera de faltas. Esto era considerado de lo más humano. Es más, si alguno de ellos escribía un texto largo sin ninguna errata era muy fácil acusarlo (y condenarlo) por brujería. Sin ir más lejos, cuando acusaron de herejía a Giordno Bruno, entre los argumentos que lo llevaron a la hoguera estaba el hecho de que logró escribir 6 códices seguidos sin ningún error. Así que mucho ojo con dártelas de cachiporra por tu ortografía, porque no tener estos errores te vuelve un burro, un chancho: sólo los animales carecen de errores ortográficos. A menos que sea obra del diablo o de un robot, que para efectos literarios es casi lo mismo, porque  alguno de ellos será el responsable del apocalipsis".

miércoles, 10 de enero de 2018

Ricardo Lagos v/s El Sémola



Siempre que alguien grita "fascista" o "nazi", pienso que me gritan a mí ¿Por qué? Porque cuando tenía 20 fui a una junta neonazi pensando que era un club de lectura de Miguel Serrano. Algún día me harán pagar por eso. A mí, al más ario.

El viernes pasado, saliendo del Blasco a Plaza Italia, unos muchachos gritan “ándate acá, fascista de mierda”. Pero no era yo el objetivo, le gritaban a Ricardo Lagos, al Tatita de la transición, que en ese momento entraba al teatro de la Chile. Rata: en lugar de hacer la fila como todo hijo de vecino, se coló y pasó primero. A nadie le molestó ese gesto, sólo a mí. Derechito a mi lista de enemigos.
Eso sí, los que pifiaban a Lagos no iban al teatro, sino que se juntaban poco a poco para una protesta pro mapuche que habría más tarde. Entre ellos vi a un excompañero de la universidad, uno de esos que presidía las asambleas y hablaba de quórums, bases, pasar máquina, etc. Nunca se me borró de la memoria la imagen de ese culiao saltándose la fila del almuerzo con la cara llena de risa, sin ningún pudor, como si fuera su derecho, COMO SI FUERA RICARDO LAGOS. La fila po, la institución más útil y sagrada de la izquierda y los weones se la saltan. Apréndanme a mí, que reservé un asiento en la retaguardia del teatro para entrar al final, sin hacer fila y sin molestar a nadie. Es la ventaja de estar en la retaguardia, de ser un apóstol de la Fortuna, de ser un tipo que le tiene mala tanto a los que protestan como a los burguesitos que comparten techo con Ricardo Lagos. "Un embutido de ángel y bestia", como decía Checho Hirane.

domingo, 31 de diciembre de 2017

La broma subida de tono



Lo más temido para un veinteañero me ocurrirá este 2018: cumpliré 30. Decidí que mi rostro de treintañero ya no será la mezcla actual entre chino del arauco y trompetista de cumbia. Pretendo esculpir con mi cara un rostro serio y duro, mostrarle al mundo que soy un pistolero que sobrevivió 30 vueltas completitas alrededor del sol. Con esa cara moriré, lo digo con seguridad y desparpajo, porque mi camino se volvió tan regular que percibo a lo lejos cómo terminarán mis días. Debería ser triste enterarse de que morirás como un oficinista de quinta, pero llevo toda mi vida asumiéndolo y, lo que debería ser desolador como la noticia de un cáncer terminal, me produce una sensación de libertad exagerada, como la noticia de un cáncer terminal. El cáncer de la mediocridad laboral, diría mi doctor.


En consecuencia, viendo que por delante me espera una canción repetitiva y tediosa, decidí que este año viviré salvajemente porque será mi último año de vida. Nada de pasar los fines de semana luchando contra el colchón o jugando Doom o leyendo poemitas de autores muertos. Volveré al Marcoleta, donde me dispararon años atrás, y apostaré lo que no tengo, más insolente que nunca, chueco e irrespetuoso; haré que me maten, de seguro, soy bueno en eso, pero no me iré sin batirme en retirada, conchetumares. Conquistar Italia, mutilar a un ginecólogo, robarse una micro, aplaudir durante la misa, quemar libros infantiles. Volveré al hipódromo y perderé todo mi sueldo apostándole al mal agradecido Bucéfalo Magno, mientras escupo al cielo y rompo todas mis promesas, una tras otra. “Último gol gana”, gritaré cuando los pacos me arrastren como antaño, porque ganar es perder con estilo, con extravagancia y ¿qué más extravagante que encadenarse a la muerte para vivir como corresponde? "Último día nadie se enoja", le responderé al juez que me condenará por actos inmorales de violencia visceral y me iré bailando, bailando, bailando, seré una sombrita con forma de persona y ritmo de fogata que se va silbando canciones tristes que orquestan sus pasos, recordando su último año de vida y todos los besos que gané al estar concentrado por morir en el intento. El Sémola, una broma subida de tono que entra dando machetazos en la trinchera número 2018.