domingo, 2 de diciembre de 2018

El antídoto contra la vergüenza



Me desagrada la absoluta falta pudor y la completa falta de criterio que se observa en las plazas de Santiago. Luego de varios minutos esperando a mi amiga (45 cochinos minutos de atraso), resolví sentarme en una banca a observar al mundo, esperando que esa meditación me ayudara a pasar la rabia. Lo primero que vi fue a un grupo de hombres semidesnudos haciendo ejercicios de dudosa efectividad. Ejercitarse para verse mejor es la clase de actividades ridículas que una persona decente intentaría ocultar, por esta razón se realiza en un espacio privado o dentro de los límites púdicos de un gimnasio (lugar, también, muy incómodo). Salir a hacer ejercicio a la vista de todos se ubica varios escalones más abajo en el descenso moral. El clímax de esa reunión fue alcanzado cuando pusieron música en un parlante. Música electrónica envasada y juvenil. “Lista para hacer ejercicio en la plaza”, debió llamarse.
Después llegó un tipo buenmozo y me preguntó si quería escuchar un poema. Cómo no, dije, la poesía me sacará el mal sabor. Era un pésimo poema. Las pocas veces que rimó lo hizo con verbos en infinitivo, maniobra que es la joya más barata de la tienda. Así partía: “Este poema de amor que he de cantar”. Al final me pidió dinero. “Una colaboración para la literatura”, me dijo, como si nada. Ni los escritores más soberbios hablan en nombre de la literatura (creo). Le di 100 pesos, para que no se diga que soy tacaño.
Más allá vi a un sujeto haciendo piruetas en una especie de elástico que puso entre dos árboles. Luego de unos minutos, bajó del elástico y comenzó a contorsionarse como babosa, para continuar con una serie de golpes al aire, puñetazos. Pero la vulgaridad alcanzó su tope cuando fue a darle patadas a un árbol. No eran patadas fuertes, sólo eran golpes performáticos. Lo que el kung fu necesitaba para consolidarse como arte: un chileno loco.
Por fin llegó mi amiga y, para congraciarse por su retraso, dio una interpretación erudita a todo lo que vi, porque sabe que es mi debilidad. “Unos tipos haciendo ejercicio, un sujeto con poemas, otro haciendo payasadas. Lo que viste fue la materialización de las redes sociales en el espacio público. Y entiendo tu molestia, porque la desvergüenza sólo debería poder vivirse si el resto de la gente lo recibe bien, si te dan likes. Acá en el exterior, donde no hay likes, mostrarse así es un despropósito”. Iba a agradecer tan sensatas palabras, cuando atacó: “Tú no eres muy distinto. Tienes un blog en donde subes tus piruetas de poemas, de dudosa efectividad, para acaparar la atención del mundo, además, cada vez que puedes alumbras que tuviste sexo. Se cachara que es mentira”. Siempre las mujeres ejercitan su crueldad con el pobre Sémola.
Después de un rato subimos a mi departamento. Obviamente no tuvimos sexo, pero sí nos tomamos un rico café, para después tener sexo. Pero lo que dice ella es real. Escribir es vergonzoso y no me diferencio mucho de los jóvenes de la plaza. Así que por favor, denme muchos likes para poder sobrellevar la humillación constante y la vergüenza perpetua que significa escribir. Una colaboración para la literatura.

domingo, 18 de noviembre de 2018

El espíritu de la escalera




El otro día, en el parque, presencié el momento exacto en que a un sujeto le cayó una rama en la cabeza. Era una rama gruesa. El impacto hizo que quedara ahí, el pobre, inconsciente. La vida es un jardín de senderos que se bifurcan:

1) Me reí mucho por el suceso, ignorando completamente la gravedad del accidente. Luego me acerqué al potencial cadáver y, sin dudarlo mucho, le pegué un brutal cabezazo a la rama que estaba sobre el tipo, de manera de también quedé inconsciente en el suelo. TEC cerrado, como mínimo. Cuando recuperé la consciencia horas más tarde, acusé que la rama nos pilló por sorpresa y dije que no descansaría hasta que la municipalidad me indemnice hasta los peos, porque esto demuestra una falta de mantenimiento tremendamente irresponsable, que expone a los ciudadanos a sufrir estos siniestros. Y funcionó, amigos, escribo esto desde mi casa en Rapel. Uno se hace su propia Suerte, que no les digan lo contrario.

2) Vi al tipo tendido después de su accidente y lo primero que hice fue respirar profundamente, mirar al cielo y exclamar “ooh, qué paja, por qué el mundo me empuja a ser el héroe que no quiero ser”. Tras comprobar que seguía vivo, llamé a una ambulancia, a la municipalidad, a los pacos. Llegaron prontamente mientras yo custodiaba al potencial cadáver. “Todos somos potenciales cadáveres”, anoto en mi libreta. Se lo llevaron y me fui con ellos al hospital. Vibra el celular de la víctima y contesto yo. Del otro lado, una venezolana me pide explicaciones que le doy con total calma, destacando que él está bien, que no se preocupe, que lo acompañaré yo hasta que llegue ella. Y llega ella, media hora después, me agradece y me dice que gracias a mí se salvó. Me invita a tomar café con su marido, que es el tipo inconsciente. Días después voy a su casa, me tratan muy bien, pero siento que la mujer se fija mucho en mí. “Cuenta como viuda”, anoto en mi libreta. La relación de ellos se acaba luego de unos meses y la caribeña pasa a ser mi polola, para luego ser mi esposa. Termino mis días rodeado de la gente que amo. El verdadero amor se encuentra donde menos te lo esperas, que no les digan lo contrario.

3) Veo el accidente y me hago el loco porque voy súper atrasado a la pega. Siento culpa, otra vez, muy angustiosa. Culpa tras culpa, así me muevo. Llego con un elegante retraso de 52 minutos y pongo manos a la obra, lo que significa que redacto pausadamente una entrada en donde quedo como pícaro. No me gustó, entonces redacto otra entrada en donde quedo como usurpador. Tampoco me gustó, entonces por fin decido trabajar, pero justo son las 13 horas, la mejor hora del día, la hora del almuerzo. Que el trabajo espere. Mientras como, en las noticias muestran al pobre sujeto que recibió el impacto de la rama. “Que los responsables paguen”, afirma. Ese pude haber sido yo, pero tomé las peores decisiones, las más desfavorables. “La Suerte ama a quien no ama su vida”, anoto en mi libreta.

domingo, 11 de noviembre de 2018

De los insultos y los halagos




Es fácil insultarme, pero imposible ofenderme. “Te vamo a matar, chico reculiao”, me gritaron desde un auto. La amenaza de muerte me resbala, porque estoy amenazado por medio Santiago y acá me tienen blogueando. Lo de “chico reculiao” es irrelevnte. Soy chico y me lo gritan con la intención de insultarme, pero lo acompañan con un “reculiao” que evidentemente hace referencia a mi éxito en el sexo. Tal vez por la semántica del garabato estén haciendo referencia al sexo gay, pero me es indiferente, porque me erijo como campeón de todos modos. En resumen, quien gritó quiso decirme: “eres pequeño de estatura, pero exitoso en las relaciones de tipo sexual, de modo que eres muy superior, a pesar de tu baja estatura. Por lo mismo te mataré, pues te envidio”. Otros insultos imposibles de reducir como el anterior, por ejemplo, “feo conchetumare”, tampoco me ofenden porque, si nos ponemos a pensar, sí soy un poco feo y definitivamente soy conchetumare, así que esa persona está haciendo evidente algo que todos saben. Es como si me informaran que soy hombre o chileno. No pueden luchar contra alguien que carece de dignidad.

Otra cosa pasa con los halagos. No los soporto. Me pasa que cuando alguien me halaga siento que le debo algo, entonces lo halago torpemente de vuelta, porque la otra opción es besarse con esa persona y nadie tiene tanta energía para ir repartiendo tanto amor por el mundo. Como decía, siento que le debo algo a quien me halaga y yo no soporto tener deudas de ningún estilo. Los halagos que devuelvo son de lo más ridículo, eso me pone nervioso, no sé qué hacer con las manos, cómo sonreír, me pongo rojo, incómodo, y al final termino estresado pensando que mi interlocutor descubrió  a alguien poco sincero, que es lo segundo peor, porque lo primero peor, lo peor peor, lo más peor, es que realmente necesito los halagos, los necesito mucho. Es como si me viera obligado a comer betarragas (único alimento que no soporto) para no morir de hambre. Es un dilema nutricional. Con los años me he transformado en un dios gordo y enfermo, a punto de morir, pero imposible de matar.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Divergencias sobre la comida



Cuando tenía cinco años subí al techo todas las latas de atún y las estrellé contra el suelo del patio para poder abrirlas y comer su contenido (para que vean, a los 5 años tenía la inteligencia de un chimpancé, cuya edad mental es de 4 años). Mi mamá las escondió después de eso, lo mismo tuvo que hacer con el manjar, con las naranjas o con cualquier otro alimento, porque si había algo para comer, me lo tenía que comer. Aprendí a cocinar siendo niño, pero no por necesidad, si no que para disfrutar de la gula como corresponde, y pronto me di cuenta que mi fe no estaba en la literatura, en el sexo, en el éxito o en el dinero, no, mi religión era la comida. Lo supe cuando estaba en el ejército, dejé de lado mi prometedora carrera militar (nunca fue prometedora, la verdad) por trabajar en la cocina del regimiento. “Te vas a aburrir lueguito de la comida, de tanto verla”, me decían los más viejos, pero eso nunca me pasó, por el contrario, aumentó mi fe y me volví un verdadero chancho. Ocho, nueve panes, nada era suficiente, cinco, seis huevos, nada me detuvo, 3 kilos de naranjas, soy el glotón por excelencia, 10 yogurts, una caja de cereales, una falta de respeto para los países con hambruna. A mí sólo me define la comida ¡hasta “Sémola” es nombre de comida! Comiendo es el único momento en que puedo decir con total certeza que soy feliz. Ahora haré un punto aparte y me referiré a un tema vagamente relacionado con lo anterior, pero relacionado al fin y al cabo.

En Youtube sigo varios canales de cocina. Uno de ellos es conducido por Ignacio Riveros, quien es el joven, de origen humilde, que trágicamente sacó el segundo lugar en un reallity show de cocina. Las preparaciones que muestra en su canal sorprenden por su sofisticación. Todo lo que hace es digno de comerse en el Palacio de Versalles, pues son platos caros y alharacos. También sigo a un chef de nombre Chris Carpentier, sujeto que nació en cuna de oro. Lo curioso acá es que su canal de cocina se centra en preparaciones low cost como “qué preparar con las sobras del refri”. Son platos económicos y simples. El primero, un ex basurero que enseña recetas costosas y exigentes; el segundo, un tipo de nombre deslumbrante y dueño de un restorán, enseñando recetas baratas y de fácil preparación. ¿Qué diría Marx de esto? ¿Qué busco yo con toda esta lata? Nada. Simplemente estoy cagao de hambre y no tengo nada qué comer y nada para cocinar. Hoy la flojera es más grande. Si muero de inanición, sepan que no hice nada por evitarlo.

domingo, 21 de octubre de 2018

Sobre cosas relativas a la familia




Tres sujetos intentaban matarme. En un principio éramos dos contra tres, pero mi amigo cayó apenas empezó la pelea. Yo no, yo les di cara. Durante los primeros momentos me centré en esquivar sus ataques, a la espera de ver una brecha y, cuando la vi, ¡CHAAAZ!, acabé con uno de ellos, así, sin sonreír, con mucha flema. Los otros dos ya sabían que se las estaban viendo con un lobo viejo, con un weón curtido por miles de peleas. “Dos contra uno, tres contra uno, cuatro contra uno, chupen el pico, vengan de a ocho y les daré cara igual, la Injusticia es mi tierra natal, gringos culiaos”. Esas cosas le grito al computador cuando voy ganando en Dark Souls 3. Y vinieron por mí sedientos de sangre, testigos y víctimas de la batalla de mi vida. Pero justo llamó mi abuela.

Si llama me asusto porque pienso que se murió mi tata, pero al contestar escuché que reclamaba por los remedios del poli y no sé qué cosa más sobre unos papeles. Mientras reclamaba veía con dolor a mi personaje ser despedazado por un par de gringos implacables. Nada que hacer. Pasé de dar cara a dar la cacha. Mientras tanto, mi abuelita seguía reclamando. No es la primera vez que llama pensando que soy el encargado de la Junta de Vecinos, que se llama como yo (mismo nombre y mismos apellidos). Uno esperaría que la abuela te registre en su celular con algo como “nietecito lindo” o “el mejor nieto”, pero sólo me tiene por mi serial nombre civil.

Es curioso lo poco que le importan a la familia mis metas personales. Debe ser que aun me ven como un niño. Imagino qué haría mi mamá si se llegase a enterar que tengo un blog. No haría nada, le daría lo mismo, una causa mistonga, el delirio de un tonto. Todo lo que pueda escribir, para ella no es más importante que mi corte de pelo o que mi esperable crisis financiera, cuestión sobre la que ama reclamar.

Me da cierta envidia la orfandad de algunos personajes literarios. Suele ocurrir que algunos protagonistas carecen de familia o de lazos familiares sólidos, esta libertad está detrás de la aventura. El personaje de la novela que estoy leyendo tiene una hija que muy cómodamente se fue a vivir con su tía luego de que su madre muriera. Y listo, nadie le pide pensión ni nada. Ahí empieza la aventura del padre, que de padre no tiene un pelo. Qué falsedad. Para mí, un personaje solo y huérfano es tan inverosímil como una fantasía medieval. Quizás, esta orfandad es una decisión que los autores toman para simplificar un poco el panorama psicológico de los personajes, pues si tuvieran una familia problema a cuestas (como supongo que son todas las familias), tendrían muchas más cosas que comentar, de forma obligada. Eso se traduce en más páginas que escribir y en más páginas que corregir, situación que es el mismísimo infierno. Así que: Personajes sin familia como recurso editorial, tesis para postular al grado de doctor en literatura. La familia es esa clase de fantasmas que te acosan, la única forma de librarse de ese lastre es una masacre a escala nuclear que borre a una población entera, no hay de otro modo.

Cuando íbamos por los 10 minutos de monólogo le hablé a mi abuela para decirle que era su nieto, no el caballero de la Junta de vecinos. “Sí sé”, respondió y un segundo después, colgó sin despedirse. Mañana la iré a ver para que tomemos once. De nuevo me retará por el tatuaje que me hice. La quiero mucho.

lunes, 15 de octubre de 2018

El aburrimiento


Estoy tan aburrido que inventé un juego de cartas al estilo Magic, con la salvedad de que ambos jugadores tienen el mismo mazo con las mismas cartas. Esto únicamente para que la estrategia que ocupes y la suerte que toque te den la victoria. Ya no será el jugador con las cartas más caras el que gane. Escribiré un manual y haré un piloto con los idiotas de mis amigos para ver si la cosa funciona. Después iré a Mitos y Leyendas a presentarles mi idea. Al principio no les gustará porque sus ganancias dependen de que cada jugador compre muchas cartas, y como en mi juego todos tienen mismo mazo, no ganarán plata. Acá es cuando los sorprendo, les diré “y eso que el mazo también será gratis…”. “¡¿Gratis?! ¡¿Es acaso usted alguna clase de chiflado?!”, responderán y, en esa alteración, paaaaaaaf, la tiro: será gratis porque será digital, se jugará a través del celular. Quedarán silenciosos, no sabiendo aun si es una buena idea, totalmente desorientados, pero el más inteligente de ellos romperá el silencio y dirá “oye, imaginen la base de datos que tendríamos, seríamos un nuevo Pokemon Go”, empezarían a discutir ideas mientras los observo con satisfacción. “Señor Sémola, esto es una locura, pero el potencial es infinito. Aceptamos el trato”. Al principio no me pagarán mucha plata, pero no importa porque me darán el modesto cargo de director, trabajaré con todas las áreas, coordinándolo todo. Cuando se lance, las campañas publicitarias ya habrán hecho lo suyo, entonces el efecto hype se dejará notar con un número monstruoso de descargas. Luego implementaremos un modo de juego “Especial”, que consistirá en cartas especiales para cada usuario, una versión de juego donde podrás tener un mazo distinto al de tu rival. ¿Y cómo se conseguirán esas cartas? Se preguntarán ustedes. Estas cartas se consiguen realizando retos como caminar 20 kilómetros, vencer a 100 oponentes, jugar 30 partidas durante la noche, enviar cierto código QR a cierta dirección, etc. Las ganancias aumentarán, a tal punto que ya empecé a ver terrenos en el sur. Estoy cachando que me convienen caleta unas parcelas que hay cerca de Puerto Montt, porque por ahí cerca se están pensando proyectos para trazar carreteras concesionadas, cosa que en unos años la plusvalía aumentará y ahí sí que no tendré que trabajar nunca más en esta vida de mierda, por fin. Por el momento sigo siendo esclavo de este Excel maldito que conozco tanto como un náufrago conoce su isla luego de un par de añitos.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Consumiendo mariguana




[En un intento por perder todas las virginidades antes de cumplir los 30 años, el Sémola, idiota local, escribió una serie de textos bajo la influencia de distintas drogas ilícitas. Esta semana: Mariguana].

Llegué al carrete y estaban todos re borrachos, de hecho vi a un sujeto que era igual a mí haciendo el ridículo, hablándole a las minas, diciendo que era escritor, pero que en realidad no escribía nada, pero después caché que yo era ese tipo y que en verdad estaba un poco desdoblado, pero no me importó porque estaba re vola’o también y me pareció de lo más normal, entonces apareció una mina disfrazada de píkachu y, puta, me enamoré, pero ella no se enamoró, pero aun así se acercó y, por lo menos yo, sentí que me estaba coqueteando, pero eso no significa nada porque, por lo menos yo, siempre que alguien me habla siento que me están coqueteando, entonces no me paso casi nunca ninguna película, pero esta mina me hablaba porque pensó que yo vendía coca, de hecho me dijo “yo creo que tú vendes coca” y le respondí que niiiica, que con qué plata, pero después caché que era el único con chaqueta en la fiesta y empecé a notar que estaban todos disfrazados, entonces ella vestida de pikachu era como normal entre la muchedumbre, yo era el rarito porque no estaba disfrazado porque uno no se disfraza después de los 25 años, o sí, de hecho, me iba a disfrazar pero se me ocurrió fumar un pito que me regaló la amiga argentina del Tito Baraja y después se me olvidó disfrazarme de Chómpiras, que es lo mismo que yo, pero con gorrito, en lo demás somos iguales, entonces me conviene caleta ese disfraz, porque sin el gorro soy el Sémola, el del pasito de baile, pero con el gorro soy el Chómpiras, el ratero, entonces me dio plancha estar sin disfraz y fui a la cocina a ver si había algo para comer, pero en la cocina me volví a encontrar a la niña disfrazada de pikachu y me dijo “oye, apuesto que vendís coca”, loco, le dije, entonces, le dije, loco, yo no vendo coca, pero después de decirle eso pensé que quizás me quería pillar porque era de la PDI, entonces me dio terror y salí nomás del carrete, me fui, y me puse a caminar como El Aparecido, el de la canción del Víctor Jara, porque no me quejé ni del frío ni del sueño, pero más adelante, por una calle sin nombre, me encontré con unos punkys y les dije unos chistes sobre anarquía y me invitaron a tomar vino en una fogata que había dentro de un auto que estaba en una calle sin nombre en Santiago, acá en Chile, y uno me preguntó si vendía coca, pero le dije que así como vender, vender, vender, no, nica, eso está mal, “no sabís cuántos inocentes mueren por un jale”, les dije, po, pero mientras decía esto saqué una bolsita de mi chaqueta que tenía un poco de cocaína. Obvio que no era mía, no, no, no, eso sí que no, lo que pasa es que se le quedó en mi casa a la amiga morena del Baraja, pero no se las vendí a los punkys, se las regalé, y les dije que tuvieran ojo porque justo ese día que andaba con coca que no era mía, ojo, que no era mía, había una PDI persiguiéndome para inculparme de cosas que yo nunca había hecho y que nunca haré, porque yo no vendería nunca droga, si lo hiciera cago altiro porque tengo mala suerte para esas cosas, mi cabo.