jueves, 18 de mayo de 2017

Snuff

No es realmente difícil hablar con una mujer, tomar la iniciativa. Tampoco es tan complicado lograr avances, es cosa de paciencia y puntería. Por el contrario, sí es difícil terminar con ella, decirle que ya no la quieres como al principio, que estás dispuesto a olvidar su cara. Lo haces sabiendo que trizarás su espíritu. Sabiendo que los recuerdos que acumuló con tu nombre volverán como estampida durante la noche. Aun así la dejas y te sientes un genocida, la bestia humana, pues no importa lo sensatas que sean tus razones, nada se comparará con el monumento de su tristeza, con su sueño aniquilado. Se mirará llorando al espejo y se preguntará qué hizo mal, qué hizo mal. Recordará rupturas anteriores y mentalmente construirá un mapa de su dolor, otra vez. Ahora recuerdo con amargura cuando tiempo atrás estuvo a punto de decir “te amo”. ¿Habrá callado por prudencia instintiva? ¿Por miedo? Hoy le dije que ya no la quería y momentos después, aun mirándonos, un relámpago cruzó el cielo y comenzó a granizar. Fuimos protagonistas de una película snuff, otra vez.

lunes, 8 de mayo de 2017

Marcalibros


Conocí a una mujer. Tenía una biblioteca en crecimiento, con títulos que yo no conocía, la mayoría en inglés. Me sorprendió ver que cada uno tenía un marcalibros en él, uno para cada libro, incluso dentro de aquellos que aún no había leído. Le pregunté el porqué y me respondió que el marcalibros era tan importante como el libro. Un amuleto, una brújula. Con miedo le pregunté por sus gustos literarios y me respondió que le gustaba “de todo un poco”. Le dije que fuera más específica, pero me cortó mostrándo algunos marcalibros. No he vuelto a hablar con ella.

Actitud totalmente contraria tenía mi amiga Zapato Nuevo. Ella memorizaba la página y la línea en la que quedaba, luego cerraba el libro sin ningún tipo de asco. Esta acción podía mantenerla durante la lectura paralela de 2 o 3 libros. Para ella, los marcalibros eran basura por reciclar. Con pudor le pregunté por sus gustos literarios y terminamos culeando por horas (minutos, más bien, culpa mía). “Hay que perder el miedo a cerrar el libro; ni que en él se escondieran grandes secretos, es sólo un libro”. Siempre hablamos de literatura, aunque, más que hablar, me dedico a escucharla.

El Baraja, fiel a su actitud competitiva, me comenta que es mil veces mejor que Zapatito Nuevo: “Si yo abro un libro es porque lo terminaré”. No marca páginas, según él, porque no se interrumpe. Como un cometa, no para hasta estrellarse contra el final. Le pregunté cuál fue el último que leyó y me dice que no lo recuerda, que era menor de edad. Ahora sólo lee cosas por internet, noticias, columnas, ese tipo de cuestiones. Párrafos sin páginas. Cartas, el horóscopo, esas cosas.

El Pecas me preguntó qué era un marcalibros.

Diego Vega comenta que en su retirada vida de anacoreta en Concepción marca los libros con boletos de micro, argumentando que allá aún se mantiene esa tradición (que las micros den boletos). Le digo que, por lo visto, sólo podría leer en ciudades que manejen boletos… Me increpa diciendo que todo eso son mistonguerías, que el verdadero lector no marca las páginas, simplemente abre el libro al azar y lee furiosamente para el divertimento propio y universal. Piensa: “se acabó ese circo de fingir que uno entiende a los otros, qué farsa más absurda, me hierve, estamos solos, por la chucha, entienda algo”, pero en lugar de eso, acota: “el sueño del pibe” y le da un sorbo a su mate.

El bloguero Maximiliano confiesa que posee la colección más grande de marcalibros de todo Puente Alto, pero eso no le impide pensar que son una ridiculez. Apoya esta afirmación el hecho de que sólo utiliza un par de esos marcadores para todas sus lecturas, dejando al resto en paz. Su marcador favorito es una paradoja: se trata de una delgada lámina de mica transparente con pétalos secos en su interior; no sirve de nada, porque sólo le entrega una coordenada aproximada de dónde realmente se ubicó la marcación. “Me veo obligado a doblar las páginas”, pero en secreto marca las páginas con sangre, lágrimas y saliva, como si fuera el último lector del mundo leyendo el último libro.

La bloguera Gisela dice ocupar banderas. Le pregunto si son esos papelitos con un color por un polo y un segmento transparente por el otro. Me responde afirmativamente. ¿Los post-it? Pregunto para confirmar, pero me silencia. Me dice que son banderas “como las que una pone cuando escala el Everest; la dejas hasta donde llegaste, para marcar el territorio, y luego la siguiente y así…”. Le pregunto si ocupa una por cada vez que deja una lectura inconclusa y me mira ofendida. “Obvio”, responde, “así cualquiera que retome el libro podrá seguir su conquista”. Le consulto si compra muy frecuentemente esas banderitas y me responde, con un poco de soberbia, que se las roba cada vez que puede, tal como el tercio que se roba el estandarte del enemigo como símbolo de victoria. “El enemigo son los supermercados”, masculla.
Morong no quiso responderme. Debe tener mejores cosas que hacer. Recemos porque esté estudiando. Riforfo ya habló de esto. Dijo que en la península se marcan los libros con billetes de 500 euros.

sábado, 29 de abril de 2017

Esquirla de choripán


“Por otro lado, parte del éxito del libro Rayuela se debe a lo legendario de su significante: R A Y U E L A. Suena como si un relámpago iluminara un lago o un glacial. Es un nombre perfecto y ahí radica su problema, porque el título termina comiéndose a la historia. Si el mismo libro (con los mismos personajes, la misma historia y el mismo desorden) se hubiese escrito en Chile, otro gallo cantaría, pues el nombre de ese mamotreto habría sido Luche. Y los editores, para no confundir al público con el subjuntivo o el imperativo del verbo luchar, lo hubiesen cambiado a El Luche, apagando cualquier tentativa dramática dentro de su título. El Luche no se habría acercado al éxito que tuvo Rayuela, pero indudablemente sería un mejor libro, porque se presentaría sin caretas y nada te obligaría a leerlo con cariño o condescendencia. En ese universo paralelo, la Maga habría sido conocida como la mujer impotente y subyugada que fue y Oliveira, por otro lado, como un gran conchetumre”. El anterior fue un fragmento de mi primera novela “Devuélvanme los choripanes”.


lunes, 24 de abril de 2017

Temblor grado 6.9

Les contaré lo que me pasó hoy durante el sismo. Cerca de las 18:30 iba camino a la casa de mi mamá, en mi bicicleta, mi gran bicicleta, que es de color negro brillante con un cuadro de acero sin marca visible, sin cambios y sin suerte; es así porque está hecha con las partes de otras bicicletas que no lograron llegar hasta el final, es un híbrido de todos los espermatozoides deformes y flojos que murieron lejos de su meta: mi bicicleta es su revancha, una bestia nacida de sus cadáveres, mi fiel Guachalomo, capaz de soportar las más absurdas piruetas del ciclista torpe e irresponsable que me tocó ser. Máquina de rabia. Juguete de Satanás. El terror de los semáforos. Black Guachalomo. Quedará en la historia ese día en que no alcanzaste a frenar y reventamos el vidrio trasero de una camioneta que manejaba un pituco. Huimos sin sacudirnos las esquirlas, mientras el rubio nos intentaba atropellar, pero no lo logró, porque imprudentemente nos pasamos un rojo y nos metimos en el sentido contrario de una calle, “hasta nunca, roto”, le grité y el resto del día pasamos moviéndonos paranoicamente por Santiago, huyendo de todo hacia no sé dónde. Mi Black Guachalomo, al principio te odiaba porque me obligabas a hacer ejercicio y porque te pinchabas dos veces por semana y porque crujías como casa embrujada, sigues haciendo todo esto y estoy seguro de que, en fondo, te sigo odiando, maldita bicicleta de mierda, pero juntos odiamos con todo nuestro ímpetu al transporte público, sentimiento que nos une y nos da fuerzas, sentimiento que nos vuelve huracán en este gran vertedero llamado Santiago.

domingo, 9 de abril de 2017

Vocación ecuménica

Al principio era católico. Iba a misa e hice la catequesis. No aprendí nada. Seguí siendo católico, pero después de ver Jesús de Nazaret comencé a creer en Dios (confundí a Jesús con Dios). Empecé la confirmación, pero me aburrió pronto. No estaba dispuesto a sacrificar mis sábados. En esos tiempos prefería gastar mis fines de semana dibujando animales inventados mientras veía tele. Dejé de asistir a misa. Después dejé de ser católico y me volví testigo de Jehová. Lo hice porque me gustaba una compañera que era testigo de Jehová. Fui al Salón por cinco meses, acompañándola. Nunca pasó nada entre nosotros. Después me volví evangélico. Lo hice para andar con terno. Me salí cuando supe que sólo se podían vestir camisas de un sólo color. Y que ese color no podía ser ni negro ni rojo ni burdeo. Eso no es vida, me dije. Pensé en volverme mormón, pero terminé siendo anarquista. Lo hice porque tenía una compañera que era anarquista. A ella sí le agarré un pecho, pero fue sin querer. Dejé de creer en Dios tiempo después y también dejé de ser anarquista cuando noté que había que leer mucho. Después descubrí que en realidad era ateo. Dejé de serlo cuando supe que no era una religión. Entonces volví a ser católico. Me acomodaba, era cosa de disculparse y yo soy buenísimo disculpándome. Soy capaz de disculparme 14 veces por minuto. En mi caso, es lo más cercano a un don. No volví más a misa, pero siendo católico le conté alguna de mis aventuras al cura. El cura se espantó. Yo me espanté. Hoy, aunque mi abuela sostenga orgullosa que somos cristianos viejos, confieso que soy satanista. Creo en Dios, pero tenemos diferencias de opinión. Desacuerdos tensos. La mayoría tiene que ver con su sentido del humor. Debe ser porque es mormón.

martes, 4 de abril de 2017

Luna menguante


El atuendo que usan las mujeres para ir a la feria es perfecto. Cargan con la flojera matutina, ostentando una serie de elementos (como el aroma o el calor de la cama) que me sugieren su pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y su cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Y todas llegan a la misma conclusión, porque todas terminan vistiendo más o menos parecido, entre la holgura de un pijama y la performance del buzo. Es más tentador que la ropa diseñada para tentar.
Eso imaginaba mientras decidía qué empanada comprar en la feria de Parque Almagro. “De queso, de pino y ají”, me dijo. Yo quería una de pino, pero su oración no me dejaba claro el relleno del menú. “Perdón ¿de qué son?”, le pregunté. Me miró un poco molesta. “De queso, de pino y ají”, repitió. No entendía si las de pino eran distintas de las de ají. ¿Eran de pino con ají o de pino y, además, de ají?
a)     Queso + (Pino x Ají).
b)    Queso + Pino + Ají.
Yo no quería con ají ni con queso, aunque siendo fiel a mi pesimismo, podría haber otra alternativa absoluta:
c)     (Queso x Pino x Ají)
Pero daba lo mismo, porque no razoné mucho ante su oferta. Además del problema matemático, la ligereza de su ropa y la briza dominguera confabularon para correr parte de su vestido, descubriendo así uno de sus pezones. No entero, nadie tiene la Suerte de ver un pezón entero por voluntad del viento, sólo reveló su perímetro, entrando importantemente hacia el centro, sin mostrarlo en su totalidad. Una luna menguante.

Si ella supiera que ese atisbo de pezón es lo mejor que me ha pasado esta semana, por lástima me mostraría la pechuga entera, corriendo el peligro de que eso se transforme en lo mejor de mi vida. “Amiga, disculpa, es que mejor tápate porque se te escapa una antena”. Le hice el gesto con la mano. Soltó una fuerte carcajada y se acomodó el sostén, asegurando el tesoro. Ya oculta la luna, mi mente engranó: nadie hace empanas sólo con ají; obviamente son productos distintos. “Deme una de pino, amiga”. La pagué entre risas y me fui a sentar a una banquita. 
Por supuesto que era de Ají, debió confundirse por el momento incómodo. Pero no importó, porque tras de mí venía ella. Se sentó a mi lado y hablamos toda la tarde. El resto de la historia transcurre en una pieza desdibujada por el caos: piso tapizado con ropa en descomposición, cama vandalizada por el frío matinal y un cuerpo desnudo, a contra luz, escarbando la habitación en busca de qué ponerse. Mi cuerpo. En mi pieza. Solo.

viernes, 17 de marzo de 2017

Las penas del joven Werther

Yo le pediría condones. Ella respondería con la pregunta “¿cuáles quieres?”. Unos Werther, diría yo. “¿Cuáles son esos?”. Los ultrasensibles, le respondería. Reiríamos. Talla buena e inteligente. La invitaría a tomar un café y el resto es sexo, porque obviamente uno se compra condones para usarlos en eso, en relaciones sexuales con la joven de la farmacia. ¿Se dice farmacéutica o simplemente es una vendedora? El punto es que la amo.


Con ese plan en la cabeza me acerqué. “¿Me da condones?”, pero me respondió de la peor manera. “¿De qué tamaño?”, inquirió. Su pregunta me hizo perder el equilibrio. Es del tipo de cuestiones que te dejan pilucho. De qué tamaño. Primero pensé que me lo preguntaba por puro protocolo. Después imaginé que lo hizo por interés personal, ya que no es la primera vez que vengo a coquetearle. Después pensé que lo preguntaba como ataque, para incomodarme. Me quedé con esta última hipótesis, digo, para seguirle el juego. En esa línea pensé responderle algo que fuera igual de agudo, para que cachara con quién se medía, con el Sémola, no cualquier gancho. De qué tamaño. ¿Qué responder? Si decía “obvio que gigantesco, pues ese es mi tamaño de pene erecto” no haría falta mucho esfuerzo para ver que me queda más ajustada una bolsa de basura. Si decía “los más chicos del mercado”, perdería todo interés. Si decía “normales”, obviamente pensaría que hice un estudio de campo comparando mi querida pichula con la del resto, o que me la he medido un sinfín de veces para verificar que estoy dentro del promedio, cuestiones que claramente avalan una falta de seguridad propulsada por una importante cantidad de horas viendo pornografía (lo anterior sí lo he hecho, el punto es que ella no sepa). De qué tamaño. Y cuando una trucha no puede con la corriente, nada atrás de sus camaradas, de sus maestros. Qué diría Han Solo. Qué diría Hank Moody. Qué diría Tito Fernández. Y me llegó la iluminación. Respuesta aguda, ingeniosa, inteligente y chistosa. Respuesta pícara, en suma. Le respondí “no sé, averigüémoslo, po”. Así, esperando una respuesta equivalente al nirvana, pero me devolvió una mirada de extrema incomodidad. “Me refiero a si quieres el paquete de 3 o de 6”. Hirviendo de vergüenza pedí el paquete de tres, pagué y me fui sin emitir palabra alguna. Qué pésima la elección de sus palabras, por la chucha, se pregunta por cantidad, no por tamaño. Llámenme sensible o ultrasensible, pero yo no podría estar con alguien como ella. Las perdió todas conmigo. Seguiré en lo de la pornografía, no me queda de otras.