miércoles, 10 de enero de 2018

Ricardo Lagos v/s El Sémola



Siempre que alguien grita "fascista" o "nazi", pienso que me gritan a mí ¿Por qué? Porque cuando tenía 20 fui a una junta neonazi pensando que era un club de lectura de Miguel Serrano. Algún día me harán pagar por eso. A mí, al más ario.

El viernes pasado, saliendo del Blasco a Plaza Italia, unos muchachos gritan “ándate acá, fascista de mierda”. Pero no era yo el objetivo, le gritaban a Ricardo Lagos, al Tatita de la transición, que en ese momento entraba al teatro de la Chile. Rata: en lugar de hacer la fila como todo hijo de vecino, se coló y pasó primero. A nadie le molestó ese gesto, sólo a mí. Derechito a mi lista de enemigos.
Eso sí, los que pifiaban a Lagos no iban al teatro, sino que se juntaban poco a poco para una protesta pro mapuche que habría más tarde. Entre ellos vi a un excompañero de la universidad, uno de esos que presidía las asambleas y hablaba de quórums, bases, pasar máquina, etc. Nunca se me borró de la memoria la imagen de ese culiao saltándose la fila del almuerzo con la cara llena de risa, sin ningún pudor, como si fuera su derecho, COMO SI FUERA RICARDO LAGOS. La fila po, la institución más útil y sagrada de la izquierda y los weones se la saltan. Apréndanme a mí, que reservé un asiento en la retaguardia del teatro para entrar al final, sin hacer fila y sin molestar a nadie. Es la ventaja de estar en la retaguardia, de ser un apóstol de la Fortuna, de ser un tipo que le tiene mala tanto a los que protestan como a los burguesitos que comparten techo con Ricardo Lagos. "Un embutido de ángel y bestia", como decía Checho Hirane.

domingo, 31 de diciembre de 2017

La broma subida de tono



Lo más temido para un veinteañero me ocurrirá este 2018: cumpliré 30. Decidí que mi rostro de treintañero ya no será la mezcla actual entre chino del arauco y trompetista de cumbia. Pretendo esculpir con mi cara un rostro serio y duro, mostrarle al mundo que soy un pistolero que sobrevivió 30 vueltas completitas alrededor del sol. Con esa cara moriré, lo digo con seguridad y desparpajo, porque mi camino se volvió tan regular que percibo a lo lejos cómo terminarán mis días. Debería ser triste enterarse de que morirás como un oficinista de quinta, pero llevo toda mi vida asumiéndolo y, lo que debería ser desolador como la noticia de un cáncer terminal, me produce una sensación de libertad exagerada, como la noticia de un cáncer terminal. El cáncer de la mediocridad laboral, diría mi doctor.


En consecuencia, viendo que por delante me espera una canción repetitiva y tediosa, decidí que este año viviré salvajemente porque será mi último año de vida. Nada de pasar los fines de semana luchando contra el colchón o jugando Doom o leyendo poemitas de autores muertos. Volveré al Marcoleta, donde me dispararon años atrás, y apostaré lo que no tengo, más insolente que nunca, chueco e irrespetuoso; haré que me maten, de seguro, soy bueno en eso, pero no me iré sin batirme en retirada, conchetumares. Conquistar Italia, mutilar a un ginecólogo, robarse una micro, aplaudir durante la misa, quemar libros infantiles. Volveré al hipódromo y perderé todo mi sueldo apostándole al mal agradecido Bucéfalo Magno, mientras escupo al cielo y rompo todas mis promesas, una tras otra. “Último gol gana”, gritaré cuando los pacos me arrastren como antaño, porque ganar es perder con estilo, con extravagancia y ¿qué más extravagante que encadenarse a la muerte para vivir como corresponde? "Último día nadie se enoja", le responderé al juez que me condenará por actos inmorales de violencia visceral y me iré bailando, bailando, bailando, seré una sombrita con forma de persona y ritmo de fogata que se va silbando canciones tristes que orquestan sus pasos, recordando su último año de vida y todos los besos que gané al estar concentrado por morir en el intento. El Sémola, una broma subida de tono que entra dando machetazos en la trinchera número 2018.

sábado, 30 de diciembre de 2017

De chunchos y albos, sus Himnos.


La venezolana de la pega consiguió la nacionalidad chilena y mi jefe, en un acto que bien podría ser un capítulo de nuestra intachable constitución, le enseñó el himno nacional. “Lo más importante es la mano en el corazón y que al final no se aplauda”. Clarito, en caso de que su cochina sangre caribeña la impulsara bailar, porque el himno nacional es el alma de este país, no es ninguna milonguita de lupanar o guaracha de callejuela. Obviamente El Sémola no podía dejar pasar esta preciosa oportunidad de tergiversar lo dicho por su jefe. Y la venezolana lo sabía, así que cuando me vio aparecer en su oficina no se sorprendió para nada. Le dije la verdad porque es la clase de cosas que hago: el himno del Colo-Colo es el verdadero himno de Chile.

Ahí sí que se sorprendió, pues no se esperaba tamaño sustantivo entre mis delicaditos labios. Colo-Colo. Y es que no soy la clase de sujeto que habla de fútbol, ya saben, soy lo contrario, la clase de sujeto que calla de fútbol. “Pero eso no quiere decir que la weá no me defina, chavista”. Le expliqué que en la vida estaban los buenos pa’ la pelota y los malos pa’ la pelota. Los primeros juegan y hacen comentarios atingentes durante los partidos, van a la cancha y conocen la pasión, los segundos nos dedicamos a hacer chistes y a escribir cosas en nuestros blogs, siempre al margen, lo que significa que, querámoslo o no, el fútbol está al medio, como si fuera el Sol y uno, no sé, como si el fútbol fuera el Sol y uno fuera Venus, por nombrar algún planeta sin ninguna clase de connotación de nada, sólo un planeta al azar, pudo haber sido otro, pero me salió Venus, lo que no significa nada.

Obviamente el himno de este país debería ser uno de fútbol, lo contrario sería un error. Luego me preguntó por qué el del Colo-Colo. “Por su primer verso: Cantemos todos de Arica a Magallanes. Fin. Como en pichanga de colegio, cuando alguien establecía que el límite del arco iba desde la mochila azul hasta el basurero rojo. Lo mismo pasa acá. Todos, desde Arica a Magallanes y, como dice más adelante, del mar a los Andes. Fin de la weá, eso es Chile y no es algo que aparezca en la cancioncilla que te enseñó Míster Lutero. Esa weá no es un himno, es un cuentecito de Unamuno o algo así”. Agregué que el himno del Colo habla de hidalguía, de mapuches, de valentía ciega y sugestiva, de un tal David Arellano (que suena a Mauricio Babilonia), de campeones que no necesariamente ganan, bastante olímpico todo, mucha pompa, y, como la misma canción lo dice, todo esto representa a Chile: contradicciones salvajes que se mantienen bonitas para la foto de curso. “No me weís, tú hace rato que erís chilena”.

Camino al Blasco me dijo que su marido era de la U. Celebré su elección, porque yo también soy de La Chile, aunque confesé no estar al tanto de ninguna de sus últimas 27 o 28 campañas. “El himno de la U es quizás la mejor canción del planeta. No se relaciona en nada con el fútbol y menos con Chile, tan así que al final de la canción tuvieron que agregar un inconexo “ceacheí” que ni pega ni junta. Habla de un viajero cachero, un borracho brindando en el bar con las chiquillas, es una canción pirata. No creo que un equipo que se restrinja a ese estilo de vida gane sus partidos, por lo mismo es mi equipo”.


Camino a mi casa, ebrios, cantamos la estrofa que le enseñé durante la noche: “Seeeeeer un romántico bohemio cuyo ensueño es el querer/ veeeeer las amadas ya olvidadas y dejadas al pasar/ y en desnudo de mujer contemplar la realidad”. En la mañana, acompañándola al metro, pienso que esos versos debió escribirlos D’artagnan o Anne Bonny para una serie sobre Don Quijote. 

domingo, 17 de diciembre de 2017

Sémola = Pinochet



Ser de izquierda exige tener fe en el futuro de la humanidad y tratar con seriedad varios tópicos importantes. Carezco completamente de estas dos cualidades. Además, no confío en la democracia de un mundo donde la gente encuentra totalmente aceptable andar repitiendo hasta el absurdo fórmulas como “estoy cansado nivel Dios” o “toma tu revolucionario like” o “vuela alto Luis Dimas” o “que se acabe X” o “saaaaaaaapbe” o “paaaabre” o “Cuthulu es la cumbia” o “todos somos X” o “Arenosos en 3, 2, 1…”, ETC, ETC.  ¿Soy fachito? Según yo, no. Según mis amigos de izquierda, sí, porque le haré el juego a la derecha al no ir a votar hoy. O sea que Sémola = Pinochet. Y le dieron toda la semana con la weá, dale que dale que dale, hasta que me convencieron de que fuera a votar. En mis manos está el futuro del país. ¡Y qué manos, señor!, estas dos mierdas que jamás han hecho nada bien. Pero si se atrevieron a confiarme el futuro de la nación, tendrán que aguantárselas mientras hago lo único que sé hacer: dejárselo a la suerte.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Mi lucha


Cubrir la vida entera con la sombra de la mentira. Otro diciembre más en que mi abuela me obliga a cantar villancicos con el coro de la capilla. Mi favorita, el Burrito Sabanero, trata de un inmigrante ilegal entrando en lo que actualmente es Palestina, prontamente Israel. Además de las obvias referencias ocultistas del verso “el lucerito mañanero ilumina mi sendero”, la canción tiene un trasfondo pícaro. El que maneja al burro actúa como padre de un hijo engendrado por otro. “Yo ni la he tocado y se embarazó”. Habla de un animal típicamente identificado con la virilidad potente, pero torpe. Ciega y rabiosa, a mi entender, como son los burros que he conocido. “No seré papi, pero soy tu burro, sigo siendo viril, José es mi nombre”, nos quiere decir, por lo mismo es sabanero, porque su hábitat natural se encuentra entre las sábanas, como siempre lo he dicho de mí mismo, el homo lelctuli (aunque más por flojera que por sexo).


Me ubico entre las señoras y los nuevos catequistas del coro para entonar el himno más falso de todos. Ellos cantan, yo sólo muevo la boca, pero lo hago con pasión, como si disfrutara. Quien canta ora dos veces, decía San Agustín. Mi abuela aplaude. Lo mismo pasaba en el ejército. Cuando había que cantar el himno nacional, yo sólo movía los labios de modo épico. Algunos soldados me descubrieron, pero nunca me recriminaron nada, porque la verdadera patria de los pobres (pobres egoístas como éramos todos los soldados) termina donde terminan los límites de su propia piel. No hay himnos en esas tierras. Y así, fingir que canto más fuerte que todos y no cantar nada se transformó en mi religión. Es una tendencia que se puede extrapolar a todos los aspectos de mi vida, incluso a este, al blog, a todas estas palabras que fueron escritas por alguien más y que son brutalmente plagiadas por el Sémola. Que esta entrada sirva como (otra) disculpa.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Santiago en 666 palabras


En el Blasco con el Tito caí en cuenta de que yo, con 28 ediciones del Festival de Viña en el cuerpo, nunca he comprado droga. “Entonces no tenís calle”, me dijo y me dolió en el alma. ¡Qué he hecho en todos estos años! Perder el tiempo, de seguro, como el burguesito que me esfuerzo en ser, caminando por la vida como esa gente que sale del baño con papel pegado en la basta. El Baraja definitivamente sí que tiene calle, él sí que es gamblero como corresponde. Cordial, me invitó a comprar droga. Pagamos la cuenta (pagó él) y enfilamos a la alcantarilla más afilada de Santiago, allá donde mueren los choros y de donde parten las raíces de todo el árbol delictual de este país. Así es, amigos míos, fuimos a Parque Bustamante, que se encuentra a un metro por debajo del infierno.

No diré específicamente a qué edificio entramos pues, de hacerlo, es posible que peligre la integridad de mis seres queridos. Sólo diré que era una construcción evidentemente pre-carcelaria. El Tito me aconseja: “di los gramos y pásale el billete. No digas ninguna otra weá. Actúa como si fuera común pa’ ti comprar yerba”. Lo entendí perfectamente ¿Qué acaso no hay nada más humillante que ser nuevo en algo en que deberías ser muy experimentado? Por eso la gente que no aprendió a andar en bicicleta en su primera infancia suele no aprender nunca. No es una falencia motriz, es vergüenza a vean a un adulto cruzando la calle con rueditas de apoyo. Pero fui valiente y ejecuté con puro coraje eso que debí hacer al final de mi adolescencia. Tocamos el timbre y nos abrió una muchacha que medía como 1,60, bastante linda. La pillamos justo pintándose las uñas. Saludó al Tito con familiaridad, mientras yo la miraba intentando ocultar el miedo que ya se me escapaba entre los dientes: he visto muchas películas como para pasar eso por alto ¡Ts! A todas luces la joven era una mafiosa de lo más ruin, una yakuza sanguinaria. Calma, Sémola, calma; cálmate pero aparenta. Le dije “Hola, queremos comprar una mariguana”. Ella río, pero el Tito carraspeó un poco incómodo. Replanteé mi pregunta en caso de que no me haya entendido la primera vez (tal vez mi coa no es tan fluido como imaginé). “Le digo que nosotros queremos comprar un poco la droga mariguana, también le dicen el pito, se fuma”. Se siguió riendo y entró a su cubil en busca de la materia por la cual se está descascarando esta catedral llamada Chile. El Tito me dio una patada, imagino que para envalentonarme. La chica volvió, pero el Baraja habló con ella, impidiéndome interactuar. Ocuparon una jerga desconocida para este buen cristiano, la misma que quizás hablaron los piratas. Pesaron unos tubérculos y el Baraja me arrebató el billete que tenía en la mano para pagarle. Molesto, se despidió mientras la joven aun reía. 

Y así fue, amigos. Creo que es como perder la virginidad por segunda vez, esto de comprar droga. Uno piensa que es bien baquiano en las artes de la calle, pero si no has comprado droga (como yo ya lo hice) no eres más que un poserito. Al irnos el Baraja me retó, no entiendo muy bien por qué. Le dije que se llevara la marihuana y me respondió “¿estay güeón? Yo no fumo, eso me hace mal”. No me ha vuelto hablar desde entonces. En el cajón de mi cómoda guardo los gramos que me acercaron más que nunca a las mazmorras. Cuando venga la PDI y trajine hasta mi pertenencia más privada en busca de pruebas que me incriminen aun más, por favor ignoren toda la pornografía y consideren este texto como un atenuante de mi tan cuestionada inocencia.

[Por cierto, tengo un pito si alguien quiere (yo no fumo, me da la pálida muy fuerte), aunque tengo toda la tincada de que la peligrosa chica Breaking Bad nos vendió cilantro o algo similar]. 

martes, 24 de octubre de 2017

Cómo pronunciar apellidos



Siempre fui denostado por el resto de los lectores porque durante años pronuncié Baudelaire tal como se escribe; lo mismo con Rimbaud, Nietzsche, Goethe, Houellebecq, Wagner y un larguísimo etcétera. Los intelectuales gozan en ejercer el arte marcial de la corrección con saña. Era injusto. Ellos escuchaban el nombre de estos autores en sus colegios, en sus viajes o en boca de sus padres, pero uno se tuvo que conformar con la limitada fonética hispana criolla para musicalizarlos. Pasé tantas vergüenzas que dejé de hablar de libros. Hoy en día la cosa es distinta: Wikipedia permite reproducir cómo se pronuncian algunos nombres y, en el peor de los casos, el traductor de Google hace lo suyo. Hoy puedo pronunciar la mayoría de los autores que leo, pero sigo sin hablar de libros con nadie.