lunes, 15 de octubre de 2018

El aburrimiento




Estoy tan aburrido que inventé un juego de cartas al estilo Magic, con la salvedad de que ambos jugadores tienen el mismo mazo con las mismas cartas. Esto únicamente para que la estrategia que ocupes y la suerte que toque te den la victoria. Ya no será el jugador con las cartas más caras el que gane. Escribiré un manual y haré un piloto con los idiotas de mis amigos para ver si la cosa funciona. Después iré a Mitos y Leyendas a presentarles mi idea. Al principio no les gustará porque sus ganancias dependen de que cada jugador compre muchas cartas, y como en mi juego todos tienen mismo mazo, no ganarán plata. Acá es cuando los sorprendo, les diré “y eso que el mazo también será gratis…”. “¡¿Gratis?! ¡¿Es acaso usted alguna clase de chiflado?!”, responderán y, en esa alteración, paaaaaaaf, la tiro: será gratis porque será digital, se jugará a través del celular. Quedarán silenciosos, no sabiendo aun si es una buena idea, totalmente desorientados, pero el más inteligente de ellos romperá el silencio y dirá “oye, imaginen la base de datos que tendríamos, seríamos un nuevo Pokemon Go”, empezarían a discutir ideas mientras los observo con satisfacción. “Señor Sémola, esto es una locura, pero el potencial es infinito. Aceptamos el trato”. Al principio no me pagarán mucha plata, pero no importa porque me darán el modesto cargo de director, trabajaré con todas las áreas, coordinándolo todo. Cuando se lance, las campañas publicitarias ya habrán hecho lo suyo, entonces el efecto hype se dejará notar con un número monstruoso de descargas. Luego implementaremos un modo de juego “Especial”, que consistirá en cartas especiales para cada usuario, una versión de juego donde podrás tener un mazo distinto al de tu rival. ¿Y cómo se conseguirán esas cartas? Se preguntarán ustedes. Estas cartas se consiguen realizando retos como caminar 20 kilómetros, vencer a 100 oponentes, jugar 30 partidas durante la noche, enviar cierto código QR a cierta dirección, etc. Las ganancias aumentarán, a tal punto que ya empecé a ver terrenos en el sur. Estoy cachando que me convienen caleta unas parcelas que hay cerca de Puerto Montt, porque por ahí cerca se están pensando proyectos para trazar carreteras concesionadas, cosa que en unos años la plusvalía aumentará y ahí sí que no tendré que trabajar nunca más en esta vida de mierda, por fin. Por el momento sigo siendo esclavo de este Excel maldito que conozco tanto como un náufrago conoce su isla luego de un par de añitos.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Consumiendo mariguana




[En un intento por perder todas las virginidades antes de cumplir los 30 años, el Sémola, idiota local, escribió una serie de textos bajo la influencia de distintas drogas ilícitas. Esta semana: Mariguana].

Llegué al carrete y estaban todos re borrachos, de hecho vi a un sujeto que era igual a mí haciendo el ridículo, hablándole a las minas, diciendo que era escritor, pero que en realidad no escribía nada, pero después caché que yo era ese tipo y que en verdad estaba un poco desdoblado, pero no me importó porque estaba re vola’o también y me pareció de lo más normal, entonces apareció una mina disfrazada de píkachu y, puta, me enamoré, pero ella no se enamoró, pero aun así se acercó y, por lo menos yo, sentí que me estaba coqueteando, pero eso no significa nada porque, por lo menos yo, siempre que alguien me habla siento que me están coqueteando, entonces no me paso casi nunca ninguna película, pero esta mina me hablaba porque pensó que yo vendía coca, de hecho me dijo “yo creo que tú vendes coca” y le respondí que niiiica, que con qué plata, pero después caché que era el único con chaqueta en la fiesta y empecé a notar que estaban todos disfrazados, entonces ella vestida de pikachu era como normal entre la muchedumbre, yo era el rarito porque no estaba disfrazado porque uno no se disfraza después de los 25 años, o sí, de hecho, me iba a disfrazar pero se me ocurrió fumar un pito que me regaló la amiga argentina del Tito Baraja y después se me olvidó disfrazarme de Chómpiras, que es lo mismo que yo, pero con gorrito, en lo demás somos iguales, entonces me conviene caleta ese disfraz, porque sin el gorro soy el Sémola, el del pasito de baile, pero con el gorro soy el Chómpiras, el ratero, entonces me dio plancha estar sin disfraz y fui a la cocina a ver si había algo para comer, pero en la cocina me volví a encontrar a la niña disfrazada de pikachu y me dijo “oye, apuesto que vendís coca”, loco, le dije, entonces, le dije, loco, yo no vendo coca, pero después de decirle eso pensé que quizás me quería pillar porque era de la PDI, entonces me dio terror y salí nomás del carrete, me fui, y me puse a caminar como El Aparecido, el de la canción del Víctor Jara, porque no me quejé ni del frío ni del sueño, pero más adelante, por una calle sin nombre, me encontré con unos punkys y les dije unos chistes sobre anarquía y me invitaron a tomar vino en una fogata que había dentro de un auto que estaba en una calle sin nombre en Santiago, acá en Chile, y uno me preguntó si vendía coca, pero le dije que así como vender, vender, vender, no, nica, eso está mal, “no sabís cuántos inocentes mueren por un jale”, les dije, po, pero mientras decía esto saqué una bolsita de mi chaqueta que tenía un poco de cocaína. Obvio que no era mía, no, no, no, eso sí que no, lo que pasa es que se le quedó en mi casa a la amiga morena del Baraja, pero no se las vendí a los punkys, se las regalé, y les dije que tuvieran ojo porque justo ese día que andaba con coca que no era mía, ojo, que no era mía, había una PDI persiguiéndome para inculparme de cosas que yo nunca había hecho y que nunca haré, porque yo no vendería nunca droga, si lo hiciera cago altiro porque tengo mala suerte para esas cosas, mi cabo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Pensamientos en el umbral de los 30


Querido diario: Cuando soy irremediablemente malo en algo, suelo tomar una postura política que justifica mi tontera. Hace poco una chica me recriminó que mi cama no estaba hecha. Es que hacer la cama es para fachos, respondí seriamente. Lo mismo digo de los que tienen linda caligrafía: fachos. Los que lustran sus zapatos: fachos. Los que sólo bailan birth pop, los que firman autógrafos en sus libros, los que cruzan sólo con luz verde, los que saben enrolar: todos fachos. ¿Escribe perfectos alejandrinos? Facho. ¿Cutis terso y sin imperfecciones? Facho. ¿Calugas? Fachaso ¿Mide más de 1,75? Faaaaaaacho. Querido diario, me duele esta inconsecuencia. Mi postura política, pues, mi pesimismo y forma de mirar el mundo no provienen de una conclusión filosófica, no son fruto del pensamiento. La catedral de mi moral tiene pilares de cartón construidos, oh, sobre la arena. Mi moral es una postura cómoda tomada por un chiquillo que no sabe hacia qué punto cardinal apunta su nariz.

Querido diario, hoy fui donde mi abuela materna, en San Luis de Macul. No suelo ir, pero mi mamá me obligó diciendo que pronto el Alzheimer le comerá toda la memoria y ya dará lo mismo ir o no ir, que aproveche ahora que aún recuerda algunas cosas. Obviamente no me recordó. Yo pienso que me había olvidado incluso antes de su entrada al Alzheimer; al conversar con ella finge conocerme y se le nota que miente, cuestión que me molesta, porque ese lado de la familia siempre subestimó mi inteligencia. Esto me hizo pensar… es posible que su intento de engaño fuera un acto reflejo, una reacción primitiva al hablar conmigo. Querido diario, es muy posible que la gente dude de mi inteligencia por mi tono de voz y por mi cara y por cómo suena mi risa y por mi peinado. De ser así, estoy seguro de que mi abuela es facha también.

Pero todo da lo mismo, querido diario. Esto que escribo es para que mis cuidadores, a futuro, tengan algo con qué entretenerse y para que no me odien tanto si me escapo del asilo. Lo he asumido: moriré de Alzheimer porque heredaré ese padecimiento. Así, el único patrimonio que puedo atesorar, mis secretos, no serán más que una papilla de células anarquistas que se rehúsan a trabajar. Una pena, porque lo único que siempre tuve fueron esos secretos. Los guardo muy celosamente, incluso de mí mismo. Accedo a ellos sólo cuando estoy borracho, en ese estado en que uno se mueve por inercia y no por voluntad. De modo que, aunque quiera, no le podré comunicar mis secretos a nadie. Tampoco es que sean la gran cosa, son más bien un conjunto de canciones mal pronunciadas. Cosas así. Tartamudeces mentales. Errores de cálculos. Saltimbanquis. Maldito diario, apuesto que eres fachito.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

De prójimos, cuchillos, maldiciones y sables láser.




En ese tierno libro llamado Plataforma, el protagonista se tira una cuña que podría hundir al Titanic: “Uno cobra conciencia de sí mismo en su relación con el prójimo; y por eso la relación con el prójimo es insoportable”. Por mi formación católica y otras malas costumbres, pienso que tamaña afirmación es una extravagancia propia de alguien que busca, desesperadamente, ser polémico. Pero recordemos que el prójimo no es cualquier gancho, sino que, por su etimología, es aquel que es próximo, de esos que están cerca, de esos que pueden acuchillarte si te descuidas. Si tenemos eso en cuenta, habrá que tener ojo con él.
“Con menos de 30 likes no se me para”, fueron las primeras palabras que le escuché decir. Qué ordinariez. Luego me enteré que buscaba a personas con su mismo nombre en Facebook para darles like a todas sus fotos; “así sus amigos pensarán que se anda dando autolike como los weones”, agregó. Qué terrorista. “Dame dos piscolas y de bailo hasta los comerciales de AFP”, dijo a la hora de almuerzo y casi me persigno al escuchar eso, porque también es algo que diría yo, si es que ya no lo he dicho antes. Qué plagio. “Odio tanto a los animales que me hice vegana”, fue otra de las que se sacó. Qué mujer. Olvidé decir que era mujer, tuve que decirlo al principio, pero se me fue. Su historia laboral es la típica historia, dando tumbos por oficios de alta rotación, cuestión que también me caracterizaba hasta que caí en esta oficina que también funciona como enfermedad terminal. Ahí está, entonces, la persona que con toda seguridad me acuchillará, caminando como pirata y bailando como Iggy Pop (se parece un poco a Iggy, una versión femenina del mismo).
Para la fonda que se celebró el jueves pasado, se acercó discretamente. En secreto, me mostró un reloj plateado que se había encontrado en la calle, una baratija china sin ningún valor. Dijo “mira, podríamos pescar un papel, escribir alguna incoherencia ocultista, amarrarlo al reloj con un hilo negro y dejarlo semi enterrado en el antejardín”. No necesité que me explicara el resto del plan. Nuestro jefe, evangélico supersticioso insoluble, al ver ese amuleto enterrado en el jardín, iba a pensar que le estaban echando una maldición. Con algo de suerte, esa maldición nos daría un par de días libres y le cagaría la vida un par de semanas. Lo primero que hice después de entender su plan fue escribir incoherencias ocultistas en un papel (mi especialidad). Lo enterramos de forma piola, lo que no impidió que ella rezara “te invoco señor diablo de los evangélicos” para sellar el ritual. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, dice la Biblia y “sólo deben haber dos”, dicen los Sith sobre sí mismos. De modo que, después de tanto andar, al fin he encontrado a mi aprendiz, a mi discípula. Luego del ritual se comió a la niña de finanzas, weá que estoy intentando hacer desde hace meses, pero que a ella le costó una tarde y un par de chelas. Quizás el aprendiz es otro…

domingo, 9 de septiembre de 2018

Consumiendo K-pop




[En un intento por perder todas las virginidades antes de cumplir los 30 años, el Sémola, poeta menor, escribió una serie de textos bajo la influencia de distintas drogas ilícitas. Hoy: K-Pop].

Llevo 8 horas viendo videos de k-pop y siento que logré ver a través de sus pasos, de todos sus pasos, y pude dar con la siniestra mente que opera detrás de estos hermosos jóvenes. Y es que no sólo sus rostros están intervenidos por una simetría quirúrgica que ni Dios ni Milo Manara podrán igualar en belleza, sino que también sus peinados, sus historias, su ropa, su música… todos ellos son cabezas del mismo monstruo y ese monstruo no es otro que el deseo adolescente. Me paro frente al espejo con mi naturalidad fingida (campo en el que los idols me dan clases) y practico mis poses y mis movimientos en contextos distintos: hip-hop, break dance, música romántica, Hiper N’cinc, Turbo Backstreetboys, elementos que aparecen en todos sus temas. Recordé a los jóvenes que practican monacalmente estos bailes en el GAM. A riesgo de ser acusado como pederasta, tengo el vicio de observar sus dinámicas, siempre en busca de las respuestas más complejas, esas reveladas solo a los iniciados. Por ejemplo, he notado que siempre bailan en sitios con espejos o con ventanales que puedan fungir como tales. ¿Será porque quieren corregir sus pasos? No creo. Como en el Axé, esta música no es para bailar con pareja, sino que es para bailar con una cámara, con una audiencia, un coqueteo muy de internet. Ante la falta de otro es mejor mirarse uno mismo; la academia lo hace desde siempre y re bien que le ha ido.

Mientras sigo practicando, pienso que el K-Pop es lo que pasaría si los 90’ resucitaran en una reducción kitsch, sin Nelson Acosta o Eduardo Frei, una depuración de los 90’ en la época del Internet, el mejor lugar para que el deseo adolescente se desate como la bestia que es. Es una quimera que funciona muy bien si vemos el número monstruoso de visitas que tiene cada video. No hay intelectual que tenga tal impacto. Cada video tiene más views que chilenos en Chile. Tampoco hay intimidad, sólo muchas opciones para que al menos te identifiques con una, motivo por el cual hay grupos con muchos miembros (incluso hay uno que tiene a un gordito entre sus filas). Lo que los une es necesidad desesperada por parecer unos marginales, unos weones locos, malos, delictuales. Aunque la delincuencia kitsch, claro está.

Díganme por qué no puedo hacer esto todo el día. Por qué tengo que trabajar, señor. Yo seguiría metiéndome en esta música. Seguiría practicando hasta no hacer el ridículo la próxima vez que vaya al GAM. El abuso de la consonando CH hace pensar que los coreanos están webiando, pero viejo, esto es serio. Si el animé o Bollywood son la reacción más mediática de un país invadido culturalmente por otro, el K-pop es la venganza. Kapoppies, de ustedes seré el monarca.

Att, Mr. Simple.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Estrategia vil y canalla



Mi estrategia de cortejo más vil y más canalla consiste en decir que los gatos me odian. Funciona así: conozco a una mujer que tiene un gato mascota al que ama. “¡Chuu! No me llevo muy bien con los gatos. Como que me tienen mala. Una vez uno me mordió la oreja a pito de nada, siempre se me tiran”, digo y eso las decepciona, porque, si te odia un animal, no debes ser un tipo muy sano. Así y todo consigo ir a su casa. Me advierten “recuerda que tengo un gato, no te vayas a asustar”. “No, tranqui, no le haré nada”. Entramos tensos, pero el gato me ve y corre a mis brazos. Me ronronea, me acaricia y se acuesta arriba mío. “¡Oh! No sé qué onda, nunca me había pasado esto”, digo, y le hago cariñito hasta que se duerme, emocionado por el extraño milagro que acaba de ocurrir. Weá que me esperaba, si los gatos me aman. No solo los gatos, también las palomas, los perros, las polillas y algunas variedades de arañas. Soy como Tarzán, pero sin los abdominales ni las afasias. La dueña del gato asume que fue espectadora de una conexión especial, algo que la ciencia jamás podrá explicar. “Creo que es amor”, concluye.

Ahora bien, lo que todos se preguntan ¿funciona esta técnica? No. Jamás ha funcionado y es imposible que funcione. Y ese fue otro tip para que utilices en tus conquistas. #Semolagalan #Drsemola.

lunes, 20 de agosto de 2018

Sémola > Milgram




“El Sémola lee libros gruesos, él sabrá del tema”. Ese fue el silogismo que impulsó a mi jefe. Me obligó a hacer una clase de ortografía y redacción para el área de finanzas y para RRHH. Tenía toda la mañana para obrar como quisiera, así que planifiqué 3 horas de clases seguidas y luego una rigurosa prueba en donde demostrarían todos los conocimientos adquiridos. Tiempo de preparación de la clase: 2 semanas. Partí hablando de mi precaria infancia, para después exponer una aguda crítica a la izquierda actual. Entremedio, un corolario de citas de Nietzsche sobre diversos temas, unos pantallazos de Seinfeld, mis teorías sobre Evangelion y, para el final, mi vida nuevamente, pero esta vez sobre el asunto de las ETS. Les obligaría a escucharme por 3 horas a modo de venganza por todo lo que me han hecho pasar. Pero fue un error porque lo disfrutaron y, siendo bien sincero, yo también lo disfruté. Nadie se preocupó de la materia; en su lugar, me hacían preguntas o contaban situaciones similares a las mías. Compartieron sus puntos de vista y se emocionaron genuinamente, demostrando ser un curso prometedor, el sueño de todo docente. “No hay malos alumnos, hay malos maestros”. Esa fue la conclusión de la clase, imaginando las torturas que debieron pasar mis alumnos en los salvajes colegios de Chile. Además, hay otra conclusión que puedo proyectar en el formato pregunta/respuesta: ¿Qué hubiese sido de mi vida si me hubiera dedicado a la docencia? Un disfrute, eso es lo que hubiese sido.

Luego vino la prueba. Tiempo de preparación: un día. Me preocupé de buscar las tareas más cabronas, los parónimos más raros, ejercicios extenuantes y largos ubicados de manera que fuera completamente imposible sacar una buena nota. Por ejemplo, la parte de selección múltiple tenía 40 preguntas cuyas alternativas iban de la A a la G; algunas de estas alternativas tenían varias líneas de longitud. ¿Había algo de la materia en la prueba? Nada, si ni les pasé materia. De hecho, yo fui la nota más alta con un 3.8 (un moradito, dirán los optimistas como yo). Quien me seguía se sacó un patético 2,1. “REPROBADOS, mediocres, saqué mejor nota que ustedes”, fue la conclusión de la prueba, además de otra conclusión que puedo proyectar en el formato pregunta/respuesta: ¿Qué habría sido de los estudiantes si yo me hubiese dedicado a la docencia? El infierno, eso habría sido. Pocas veces había sentido tanto placer como al rajar a un curso completo. Qué lindo el carmín del lápiz rojo. Qué buenas cruces. Mi jefe preguntó por qué habían estado tan malas las notas y contesté que no se habían esforzado lo suficiente. Quedamos de repetir la clase el mes que viene. Y así me aseguro peguita un mes más. Otra más de la mano invisible.