jueves, 10 de mayo de 2018

De las madres y sus colchones



Mi hermana y mi mamá me convencieron de ir donde la señora Marta para que me “arreglara” las cejas. Más que cejas, poseo un par de bigotes sobre los ojos, deformidad que siempre ha molestado a mi mamá, quien al verlas sin fronteras definidas, chasconas, piensa que soy un sujeto desprolijo y asqueroso. Sentado en el patíbulo, bastó con que mi delicadita piel tocara la cera hirviendo para que un gemido doloso escapara por mi garganta. Una lágrima cayó también. Mi pataleta les produjo mucha risa a mis torturadoras, pero lejos de ofenderme, pensé en los dolores que ha soportado mi mami y cómo esto, a pesar de haberla demolido tantas veces, no impidió que estuviese ahí riéndose a pata suelta, atorada de alegría. Todas las veces que el perro infiel de mi padre la hizo llorar, las horas en vela esperando que me encontraran con vida, las caídas de pelo como marcas de impotencia al no poder detener la Rueda de la Fortuna… Y ahí seguía riéndose, infinita y superior a todo eso. Por cuestiones mucho más pequeñas yo me descarrié y me da terror que mi hermana deba enfrentarse a un mundo así de tortuoso. Por suerte, ese sentimiento se me borra enseguida.

Recordé la vez (o las veces) que me enamoré de una madre. Había algo en ella que me fascinaba y tiene que ver con un asunto muy doméstico: el espacio en la cama. Las mujeres sin hijos suelen ser unas dictadoras en lo que se refiere al espacio que ocupan sobre la cama. Un tercio es para compartir conmigo y los otros dos tercios les pertenecen de forma exclusiva; los ocupan tiránicamente para hacer descansar un brazo o una pierna, miembros cuya comodidad vale mucho más que todo mi cuerpecito. Las madres eran más justas compartiendo ese espacio, fue lo que me enamoró. Ahí siempre narraban sus planes y los de sus hijos con tanto amor que más de alguna vez intenté actuar como padre, resultando un desastre. Al final me convertía en una especie de hermano mayor (o menor) que se comía la comida del refri. Otras veces me convertí en “sexo de transición” entre su soltería y algo más definitivo que nunca podré entregar. Un suplemento, el patas negras por excelencia. A pesar del dolor, encarné ese papel con el orgullo que debemos tener sólo algunos privilegiados. En ellas había algo que mi idiotez me hizo ignorar completamente en su momento, pues mi entendimiento del humano termina donde terminan los límites de mi piel. Pero después de una caminata dolorosa, concluyo que el espacio que me compartieron en sus camas, ese rincón donde escondí mi corazón, fue una metáfora orquestada por una persona que se vio empujada a compartir su colchón con alguien más débil y delicado que ellas: sus hijos. Lo que verdaderamente me atrajo de esas mujeres es que sabían lidiar de forma amorosa con el niño que sigo siendo. Un niño peludo y caliente, es verdad, pero un pendejo irreductible. De haberlo sabido antes de que todo se destruyera, hubiese hecho más, pero acá estoy, olvidándolas poco a poco, impotente e inválido. Se acerca mi mamá, me hace cariño en el pelo y me siento mejor. “Tan maricón”, me dice, aun riéndose.

martes, 1 de mayo de 2018

Santos en la corte



En mi familia siempre un hubo un culto al libro. Pero un culto vacío de cualquier contenido, una postura cosmética, tan tonta como aquellos que siguen alguna ideología por tradición antes que por convicción. Simplemente sabían que los libros eran buenos porque los fachos los quemaban. Nada más. Nunca leyeron y nunca les interesó leer, pero el hecho de que rindieran culto revela que, por lo menos, eran víctimas de alguna iniciativa cliché de los gobiernos que siempre trataron de generar buenos números para quebrarse en las convenciones. Yo empecé a leer para agradarle a un sujeto y empecé a escribir para desagradarle al mismo tipo. Llámenlo envidia, porque yo lo llamo así. El motivo de toda mi vida. Una frustración tremenda que se fortalece por no mover montañas. Ninguna iniciativa gubernamental torcerá (o enderezará, depende de quien mire) a este pechito, pechito que con penurias ha generado una relación tóxica con un grupo de libros que lo miran con reprobación mientras escribe este sinsentido.
En fin, en la casa de mi tata había un librero con volúmenes que nunca nadie tocó. Tienen pinta de haber sido rescatados de la basura (mi abuelo trabajaba en los camiones recolectores) y cumplen la función de adornar el muro en donde se ubica la tele. Todos son libros médicos o de cuestiones aburridas muy alejadas de la literatura. Química, por ejemplo. Pero uno de ellos era interesante porque estaba en rumano. Nunca sabré de qué trataba, porque un día se lo llevé a un profesor de la U para que me iluminara sobre su contenido y no me lo devolvió nunca. Ahora me entero que el profesor está muerto. Me quedé sin el libro y sin saber nada de lo que había ahí. Hay un lugar en el infierno para la gente de su ralea, profesor. Prontamente nos encontraremos en ese mismito lugar, profesor. Por cada santo en la corte, un diablo en el infierno, ese es mi lema, profesor.

domingo, 22 de abril de 2018

Entre el aullido y el canto



No voy a karaokes. Es un principio que respeto como si se tratase de una ley sagrada. No mentir. Trabajar duro. No ofender. No ir a karaokes. Es ridícula la idea de pagar por ir a cantar (mal) frente a un montón de gente borracha. Hasta yo, este pequeño hombre patético e insepulto, considero que la idea de los karaokes es una pésima pócima de vanidad vulgar que ojalá prontamente sea prohibida y borrada de todos los anales. Así que nunca he ido a un karaoke y nunca iré. Ah, pero ayer fui a uno. Es más, yo propuse la idea, dije algo como que iba a cumplir 30 y que tenía muchas ganas de ir a un karaoke y que ya estaba en edad de perder mi “virginidad de karaoke”. El Tito Baraja no aceptó, pero tampoco se negó, lo que equivale a aceptar. El Pecas ni siquiera reaccionó a mi idea. “Resistencia pasiva” diría Gandhi. Así que fuimos los tres.

Me demoré en reunir valor, pero al final decidí cantar. Quería una de Grinderman, una en donde hay que aullar mucho. (El aullido de los perros y el canto de los búhos son los sonidos más hermosos de la naturaleza y, curiosamente, ambos son nocturnos. No como esos malditos loros de mierda, despertando al trabajador que se dispone dormir una siestecita). Yo no sé qué clase de bajeza mental azotó al homúnculo que seleccionó las canciones del karaoke ¡No había canciones de Grinderman! De tal modo que me vi empujado a elegir cualquier canción y cantar el tema de Grinderman con cualquier weá de fondo. Salió una Shakira, no recuerdo cuál, yo estaba concentrado en mi canto. Auuuuu. El único que aplaudió fue el Tito (el Tito no cantó nada, pero bailó los temas que iban saliendo, uno tras otro. Y cuando vamos a la disco no baila nada, pero se canta todos las canciones. Eso pasa cuando eres ajeno a las convenciones humanas, cuando eres un rarito indecente como él). Ya que ninguno de los brutos presentes en el karaoke entendió mi performance, volveré a ir, todo sea por el arte.

domingo, 15 de abril de 2018

Betty contra Barba Negra



Trabajo de 9AM a 6PM en una oficina. Siempre llego media hora tarde. Uso la camisa arrugada, fuera del pantalón y sólo me afeito los miércoles en la noche. Al llegar a mi casa, lo que suelo hacer es jugar un video juego de piratas. Pura evasión: ser pirata es lo contrario a ser oficinista. Dejo una cita de uno de los personajes del juego, Mary Read, reconocida mujer pirata de la época: “Nadie que sea honesto tiene una vida fácil”. Mi sueldo roza los CLP$400.000.


El muchacho con el que vivo trabaja de 9AM a 7PM. Llega a la hora, pero su almuerzo dura más del tiempo reglamentario. Se compró una plancha que le permite dejar sus camisas estiradas con el mínimo esfuerzo. Obviamente ocupa su camisa dentro del pantalón. De hecho, estoy seguro que la ocupa dentro de los calzoncillos, para mayor seguridad. Al llegar a la casa, lo que suele hacer es ver Betty la Fea. Pura inmersión: Betty la Fea transcurre en distintas oficinas, es una gesta administrativa sobre el acenso social. De oficinistas para oficinistas. Meritocracia. Dejo una cita de Betty, bastante letal. Si no digo que es de Betty pasaría por una pachotada de Hemingway: “La cabecera de la mesa está donde yo esté sentada”. El sueldo de mi compañero supera el millón de pesos.


domingo, 8 de abril de 2018

Por qué esterilizar a los gambleros



El Pecas contaba que cuando era adolescente estuvo a cargo de cuidar mucho tiempo a su medio hermano. Tanto tiempo que le hizo cometer una canallada: «Me demoré 4 días en generar en él un reflejo condicionado. Cada vez que yo decía “amor”, él respondía “libre”. Ocurría el 100% de las veces, bajo cualquier circunstancia. Pronto llegó la navidad y cuando las señoras cantaban “noooche de paz, noooche de amor” mi hermano, de un año apenas, gritaba a todo pulmón “¡libre!”. Sonaba chistosísimo “Noooche de paz / Noooche de amor [¡libre!]…”. Se le pasó con el tiempo».

Se iba a culpar por los traumas actuales de su hermano, cuando lo interrumpí con una idea igual de radical. «Imagínate tener gemelos. Los aislaría y los criaría de modo que piensen que son un sólo sujeto. Onda, les pondría el mismo nombre, me referiría a ellos en singular, estarían siempre juntos, harían las mismas cosas... Con el tiempo terminarán siendo UN ser en dos cerebros, una pura persona, pero en dos cuerpos. Luego, en alguna convención científica, gracias a mi bi-hijo demostraría cosas asombrosas. Estoy seguro que podría dar pruebas de la existencia de telepatía entre ellos. Luego vendría el Nobel y no le trabaría ningún día más a nadie».

Basándose en mi idea, La Zapato Nuevo pensó otra cosa mucho más oscura y accesible (tener gemelos es muy poco probable). «Primero tengo una hija. La aíslo de todo y la crío haciéndole pensar que ella soy yo. Me explico, mi hija crecerá pensando que otra versión de ella misma la está cuidando. Le enseñaré a pensar como pienso, a sentir como siento, a hablar y moverse como yo, a reaccionar como yo, a que mire con mis propios ojos... Será mi mente en un cuerpo más joven. Más que una hija, será un clon de mi mente. Le dejaré instrucciones para repita esto en unos años más, con su propia hija. Así se alcanza la inmortalidad, se los presento».

Se nos olvidaba que uno de los derechos del niño es el derecho a la identidad. Ese día también se nos olvidó pagar la cuenta. Siempre olvidando cosas. La memoria es frágil.

domingo, 25 de marzo de 2018

Resumen de mis vacaciones



Releí el montón de cartas que escribí para una polola que ya no está conmigo. Vergüenza y pena. Únicamente me siento vivo cuando me rompen el corazón, el resto del tiempo soy la sombra del fantasma de un hombre. Nunca mandé estas cartas. Si en el futuro alguien las leyera, meterían presos a mis hijos y a los hijos de mis hijos, por weón.

Soñé que iba a tener sexo con una gótica. Súper gótica, en realidad. Labios pintados de negro y tatuajes de runas en la espalda. Cuando se estaba desvistiendo vi que tenía calzones naranjos con puntos amarillos y me daba mucha risa lo incoherente del atuendo. Ropa de Gitane DeMone y calzones de Timoteo. No pude seguir durmiendo, por la risa. Desperté tan virgen como me dormí.

Canciones oscuras, pero sexys, un poco tristes. Hubo un día que desperté con una canción de Warpaint en la cabeza. Ese día no tuve sexo. Otro día desperté con una de PJ Harvey en la cabeza. Ese día tampoco tuve sexo. Otro día desperté con una de Melody Gardot en la cabeza. Ese día tampoco tuve sexo. Otro día desperté con una canción de Savages en la cabeza. Ese día tampoco tuve sexo. El resto de los otros días tampoco tuve sexo. Creo. Tengo sospechas con lo que pasó un miércoles en donde me curé tomando vodka.

Hice experimentos relativos a mi condición humana. La cerveza me da mucha caña. El vodka no me da caña, pero me hace perder la memoria unas 4 horas antes de dormir. El vino me da una resaca en donde me pongo triste y caliente. El pisco combina todas las anteriores, además de gastritis. Si fumo durante la borrachera, me veo infinitamente mejor, pero duro mucho menos despierto.

Terminé de leer Plataforma de Hoellebecq, el Juguete Rabioso  de Arlt y comencé Los Siete Locos del mismo. Dejo una cita que saqué del primero. Representa cómo me fue en las vacaciones: “Cuando uno ha renunciado a la vida, sólo subsisten los contactos con los comerciantes”.

lunes, 12 de marzo de 2018

Actualización Laboral: Secretaria y planta de tomates




La secretaria nueva tiene todas las cualidades que debería tener una mujer para enamorarme. En primer lugar, se parece mucho a Denisse Malebrán. Y listo. Es todo lo que necesito. Por ser familiar de mi jefe, lo esperable es que fuera una evangélica ejemplar, pero resultó ser tan pagana como bonita. Dijo unas cosas sobre el aura del lugar, de no sé qué color, valoró las energías negativas de la oficina y nos preguntó el signo zodiacal a todos, haitianos incluidos (quienes respondieron con total simpatía, calentones). Yo llamé su atención porque tenía un incienso prendido en mi puesto de trabajo.

 —¿Es incienso de benjuí?
—No, es de almizcle— mentí, hasta ese momento no sabía que los inciensos tenían sabor. Suelo prender uno para matizar un poco el olor a peo. Incluso para mí es insoportable, y eso que soy 70% peo.
—Ah, estai buscando purificar el ambiente, por lo que veo.
—Totalmente, las energías de la oficina han estado un poco tirantes en la última temporada— volví a mentir. La verdad es que ni energía hay acá, es todo tan monótono que no hay espacio para ninguna clase de aproximación mágica a nada. Hay un desamparo esotérico absoluto.
—¿Pero pasó algo? ¿Una pelea o algo así?
—La pobre señora Luchita, tengo entendido que está enferma y parece que no le queda mucho. Estamos todos muy afectados con su pronta partida— mentí, la señora Luisa tiene 80 años y es una muerte más que esperable. Sólo a RRHH le importa estar al tanto del asunto, es lo único que hacen en ese departamento sanguijuela, preparar Emails para las desgracias de los empleados. Eso y descontarte los atrasos, conchetumares.
—Mmm, no, pero no es eso. Es algo más. Mira, yo puedo ver cosas que otra gente no ve y “algo” me dice que acá ocurrió algún incidente que embarró el aura.
—Quizás fue lo que le pasó al Mamani, al compañero peruano que se tuvo que devolver a su país.
—Mira, puede ser, los peruanos tienen una energía mucho más profunda que los chilenos.
—No sé de energía, pero él tenía problemas profundos con una mafia que lo obligó a devolverse al Perú— mentí, ni siquiera se llama Mamani y se devolvió a Perú porque su mamá tenía que operarse de un riñón o algo así y necesitaba que la cuidaran o algo asá.

Luego de hacerme el lindo, le mostré la planta de tomates, lejos, lo más interesante de la oficina. Está en la típica canaleta que recorre internamente el muro exterior del edificio. Es el lugar más húmedo y más feo, adornado siempre por oficinistas gordos que fuman nerviosos para combatir el estrés. De alguna manera misteriosa llegaron las semillas a la canaleta. La humedad propia de ese muladar hizo que las semillas germinaran, dando nacimiento a una frondosa y robusta planta de tomates, ahí, en el punto más abandonado y tercermundista del edificio. La chica quedó maravillada. Dijo que esa planta era el ejemplo más hermoso de lo que podía ocurrir en un lugar invadido por oficinistas. En todos lados la vida se abre camino, demostrando que sólo se necesita un poquito de espíritu, un rayito de sol, para que la naturaleza pueda emerger hermosa y radiante. Su optimismo era propio de alguien en su primer día de pega. Yo, acostumbrado a interponerme en los machetazos de la rutina, sólo pensé una cosa cuando vi la planta: tomates gratis. Adjunto una foto de la aludida.