lunes, 16 de julio de 2018

Stand up tragedy



En Plaza de Armas, a dos pasos de un evangélico que grita sobre el pecado y el final, prostitutas y travestis ofrecen sexo a los viandantes. El consuelo nunca es gratuito.

Me ofende la actitud de las prostitutas cuando paso junto a ellas. Me miran como si fuera un cliente asegurado, plata fácil, necesitado de afecto. O de repente deben pensar que soy un tipo con ingresos, un oficinista exitoso, entonces se me quita lo ofendido y afloran el orgullo y la vanidad. Observo su rutina para ver con qué clase de hombres repiten esa actitud. Gordos sin cuello, la mayoría, gordos y aun así con ropa que les queda muy grande. No lucen como un oficinista exitoso, pero sí como alguien necesitado de afecto. ¿Soy uno de ellos? Un tipo pasa y la prostituta dice, creo, lo mismo que me dijo a mí cuando pasé junto a ella. Vamos, nene, venga para acá. El gordito, complicado, pasa de largo con cara de desastre, pero un par de pasos más allá decide devolverse. El ojo experto de la prostituta ya había clasificado a ese andrajo como un cliente, de modo lo esperó con una actitud muy coqueta. Conmigo hizo lo mismo, pero yo no volví. Yo caminé mucho más y me dispuse a observar desde lejos. Y es que necesitaba saber si era yo el blanco fácil o ella la cazadora experta. En eso me diferencio con el oficinista promedio, en la curiosidad científica.

Luego de cambiar un par de palabras a la rápida, caminan juntos hasta una puerta demasiado común y normal para ser un lupanar. Unos 40 minutos más tarde el oficinista sale del lugar. No luce satisfecho. Está apurado por alejarse lo más posible de ese sitio. Se relaja un poco luego de unas cuadras y su caminar se vuelve calmado, pero atento. ¿Qué estará pensando? ¿Estará pensando siquiera? Dobla por una esquina y entra a un local de completos. Disimuladamente me siento junto a él, en la barra. Pide un chacarero y le sirven un chacarero. Yo pido un churrasco napolitano, pero me sirven un italiano. Le hablo al tipo, como si fuéramos iguales, camaradas. Quería saber qué pasaba por su cabeza. Le digo “mira, pedí un napolitano y me dieron un italiano ¡por lo menos es geográficamente correcto!”. El gordito me mira y se larga a llorar. Lejos, la peor recepción que ha tenido uno de mis chistes. “No volver a ocupar, 1/10”, anoto en mi libretita.

jueves, 5 de julio de 2018

El Sémola antes del Sémola




Encontré este textito en un viejo archivo que utilicé como diario de vida. Soy yo, con algunos años menos, quejándome de pequeñeces.

«Hoy se murió David Foster Wallace. Este sí me sonaba, al menos, pero creo que se debe a la interferencia de William Wallace, quien no sé quién es y me da pereza buscar. En la mañana, en la radio hicieron una reseña completa de David Foster Wallace, cuestión que me ayudará a defenderme de manera más o menos digna cuando se toque el tema. La miseria de la ignorancia, que es insoportable en privado, en público es una verdadera tortura. El ojo escrutador del otro, siempre más culto, siempre más astuto, es implacable a la hora de evaluar el peso del contrincante. No sé por qué actúan de esa forma tan competitiva. Uno suponía que la gracia del mundo de las letras era que sus habitantes vivían alejados de la típica competitividad que tienen el resto de las esferas de socialización. Otra vez demuestro ser un imbécil, pero me alegra, porque así, por lo menos, me andaré con cuidado en la lectura de mis reseñas. Siempre plagio opiniones de otros; y eso no es nada. Frecuentemente plagio historias y miento y digo cosas que ni remotamente me pasaron. Me confieso contigo, querido diario, porque en estos días me estoy quedando sin alma por mi propia culpa, sepultándome en este cuerpo exigente y descuidado que toma las decisiones más importantes. Siento que autoflagelándome al contar mis falencias y errores arrojo un salvavidas al resquicio de alma que se niega morir ahogada en el mar de mi carne. Qué buen verso, por la chucha».

Hoy puedo decir con total propiedad que sí sé quién es Willam Wallace. William Wallace es Mel Gibson.

lunes, 2 de julio de 2018

Personajes de una novela naturalista


Sobre los inconvenientes de morir como mártir, había escrito una entrada que partía así: “[…] Tenía tantas ganas de ir al baño que tomé riesgos importantes para demorarme lo menos posible en llegar a la casa. Todo en bicicleta. En el camino, una micro que iba junto a mí tuvo que maniobrar evasivamente por culpa de algún vehículo imprudente. Lo evadió sin considerar al pobre Sémola que pedaleaba a su lado. Así, dos toneladas de vehículo me empujaron al resto del tráfico de la Alameda. ‘Ya, hasta acá llegué. Moriré. Fin de la weá. Por lo menos nunca entré a un Starbucks’, pensé, mientras aceptaba mi negra suerte, pero la conductora del auto que actuaría como mi verdugo tuvo reflejos de campeona y logró esquivarme en el último segundo. Me dijo que era un conchetumare. No me enojé porque es verdad […]”.

Antes de subir el texto completo pensaba corregir las típicas cacofonías que se me cuelan por miles, pero caché que ya no estaba en condición de eso. Padre, he pecado. Y es que durante la semana gané un concurso interno de Recursos Humanos y el premio era una gift card para canjear en Starbucks. Como nadie quiso comprarme la maldita tarjeta, tuve que ir yo mismo a bendita tienda. Madre, he pecado. La atención fue destacable con un único reparo. La barista se espantó cuando le dije que mi nombre era Sémola. Que así me decían y que convenía ese sobrenombre, expliqué, porque mi nombre civil es más común que la piorrea y siempre hay dos o tres ganchos con ese mismito nombre. No se lo tomó muy bien. Respondió que le daba plancha decir “Sémola” en voz alta. Me ofendí, claro, pero no le dije nada porque soy educado. Miento, sí le dije algo, porque no soy tan educado en realidad, le dije que me ofendía. Lo entendió como un chiste y pidió que me quedara cerca para evitar hacer el payaso llamándome por mi pseudónimo. Le pregunté su nombre. Pilar Castillo. Diantre, ¿qué onda?, ¿tú papá es arquitecto que te puso ese nombre? Me dijo que no, pero que ella sí era estudiante de arquitectura. Me recordó a Roman Jakobson. En francés, “roman” es novela y adivinen qué estudiaba este sujeto. Determinismo puro y yo no me salvo. No hace falta forzar los significados para encontrarme con una verdad áspera. Mi cuerpo está diseñado para realizar duras labores agrícolas: nací para reemplazar al burro agónico del patrón. Nací para trabajar en campos de sémola. No soy libre, estoy determinado por mis nombres, tal como mi amiga Pilar o como Jakobson, con la diferencia de que no seré ni arquitecto ni erudito; y es que según esta lógica, la falta de talento es culpa de mi mamá, quien no me bautizó con un nombre destacable. Nombre de rebelde, nombre de Backstreet Boy, de líder, de futbolista. No, me puso un nombre sin ninguna clase de alcurnia y la única vez que pude elegir cómo llamarme, terminé teniendo un nombre con menos alcurnia aún. Si como mi nueva amiga, Pilar Castillo, hubiese tenido un nombre con buena estrella ¿serían distintas las cosas? Respuesta corta: no, pero seguiré pensando lo contrario, porque es más fácil culpar a los demás. Me puse triste. Para subir mi ánimo, le di dislike a todos los videos de los Ases Falsos. Funcionó.Todo es culpa de ellos.

domingo, 17 de junio de 2018

Día del padre




Discreta y urgente, mi amiga informa que debe hacerse un test de embarazo. Me asusté como nunca antes, compré un test y la esperé pensando en que ahora sí la había cagado en serio. Qué Suerte. “Parece que no era tan estéril como pensaba, jejeje”, iban a ser mis palabras para recibirla, con el test en la mano. Romper el hielo, amigos, maquillar un poco la catástrofe. Y así lo intenté, pero no hubo risas. Luego de darme una mirada de fastidio, me mostró que ella ya se había comprado un test. “Bueno, es mejor que sobren a que falten; me refiero a los test, no a los hijos, jejeje”. Tampoco rió. Realizado el ritual, salió del baño como toda una adulta: su cara era una mezcla entre fastidio e incredulidad, paja, en otras palabras. Pero yo esperaba agónico el paso de los minutos, retorciéndome de nervios, pensando en cómo mierda le explicaría a mi futura hijita cosas como el sexo o el marxismo. Ya podía palpar los distintos traumas que tendría esa pobre criaturita, todo por culpa de su padre, el antiejemplo, el mismo sujeto al que detuvieron el 2015 por robarse una gallina.

El test salió negativo. Negativo: palabra que los esquizoides acéfalos de la salud ocupan para referirse a resultados favorables, positivos. Celebramos tomando vino y teniendo sexo con protección. Al rato ella se durmió y, loco, bueno, sobraba un test de embarazo y cabía la  posibilidad (un poco remota) de que estuviese embarazado… Lo abrí y entré silenciosamente al baño. Me pareció complicadísimo achuntarle a la cosita, pero luego recordé que las mujeres debían hacer lo mismo a ciegas, agachadas y de espalda (ESPERO QUE SEA ASÍ, DE OTRO MODO SERÍA MUY RARITO). Esperé los minutos reglamentarios y, uuuufff, me relajé cuando vi que salió Negativo. No seré mamá. Salgo de baño y ella está despierta con cara de pregunta. Le muestro el test y le digo que tenía que asegurarme, que nunca se sabe. “Sémola, siempre ocupas mis temas y te terminas apropiando de ellos; para de robarte mis historias”. “Oye, yo me robo las historias de todos, no te sientas especial. Además, si esta weá hubiese salido positiva, inmediatamente paso a ser el chileno más importante”.

Hoy celebro que no soy papá. El planeta no sobreviviría a mi prole, así que tómenlo como un favor. De nada.

lunes, 11 de junio de 2018

Contra los médicos


Camino al trabajo me caí dramáticamente en la ciclovía de Santa Isabel. Nadie iba por delante ni por detrás. No se atravesó ningún peatón ni perdí el control intentando esquivar algún obstáculo. Simplemente me caí. Los peatones que caminaban junto a la ciclovía vieron como este pobre mapuche caía cual carne molida entre las esquinas de una inhóspita vereda. El casco roto, el manubrio doblado, mi pantalón pelado y la parrilla quebrada. En lo biológico, un corte en la parte superior del muslo, contusiones importantes en ambas manos, un codo con menos piel y un moretón con forma de mapa en mi querida pierna. Recursos Humanos me preguntó si quería ir al médico, pero luego de negarme con un oscuro gesto, entré silenciosamente al baño. Mirándome al espejo comencé a revisar mis heridas, como Schwarzenegger en Terminator. Como Javier Bardém en No Country for Old men, cuando se escarba la pierna en busca de esquirlas. Ese era yo, un tipo duro corrigiendo las nuevas cicatrices de su cuerpo. El doctor es para los débiles, dije, mientras miraba la sangre correr por estos músculos.

Más tarde me puse a llorar porque me dolía mucho el cuerpo y Recursos Humanos me obligó a ir al doctor. Ya sentado en la camilla, le expliqué al doctor mis achaques, específicamente el de este mes (estoy quedando sordo a un ritmo alarmante), pero el tipo, que entró sin saludar, no se molestó siquiera en mirarme. De hecho, las preguntas del accidente las formulaba mirando al Recursos Humanos que me acompañaba, dejándome en el papel de un interdicto o, peor aún, al nivel de un niño. Luego, sin aviso alguno, presionó su pulgar sobre una de mis muñecas. El apretón hizo que se me escapara un grito de dolor y su única reacción fue entregarle a mi apoderado una orden para radiografías.

Me esperaba tamaña bajeza de un médico. Lo sé porque he visto sus memes: son pésimos. No importa si tu gremio es de alcurnia (veterinarios, bodegueros, profes o cocineros, por poner ejemplos al azar) o si tu profesión es practicada por la peor clase de parias (abogados, profesores de lenguaje, periodistas, historiadores, actores, publicistas, scouts, etc.), es sabido que, como el humor es síntoma de inteligencia, la preocupación de sus filas se centrará en hacer buenos memes. Es lo mínimo. Los doctores, además de tener virales dignos de un paseo por el gulag, cometen otro pecado más maldito en sus memes: el paciente, su razón de ser, es retratado como un tonto. Ya se ha hablado del cuerpo enfermo en tanto rebeldía. En mi caso será lo contrario. Me mantendré sano sólo para negarles el potencial dominio que pudiesen tener sobre mí, será mi acto de rebeldía, algo bien típico de mi gremio, los blogueros, los únicos verdaderamente comprometidos con los devenires de las personas y la sociedad ¿cacharon que está nevando? No fui a trabajar porque me dio paja. Un abrazo a todos.

domingo, 27 de mayo de 2018

Hacia una semiótica transhistórica de las colúmbidas




Querido diario, el viernes engañé a todos en la oficina. Les dije que una paloma había estado hurgando las papas fritas que sobraron del día anterior (celebrábamos un cumpleaños). “Qué aaasco”, se lamentó la mayoría. Esto permitió que me pudiera llevar la bandeja de papitas a mi escritorio; estuve engordando como un lechón toda la mañana. “Engordar como lechón en las mañanas y adelgazar con sexo por las tardes”, así debería definirse “felicidad” en el diccionario, pero en su lugar dice “estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por disfrutar de algo bueno”. Obviamente el sexo no es “algo bueno”. Ni las papitas. Por eso nos gustan.

Debo decir que siempre me recriminan que hablo/escribo mucho sobre sexo. Que se nota que me hace falta, que le doy un enfoque patriarcal, que las mujeres no deben ser fuente de inspiración para mi literatura, etc. Yo pienso que tienen razón en todos los puntos, excepto en lo que respecta a que siempre escribo/hablo sobre sexo. Y es que la meta en mi vida siempre ha sido poder conversar de cualquier tema, decir cosas inteligentes de áreas que no le competan a mi clase social. Por ejemplo, luego de mi mentira sobre la paloma, expliqué cómo ha variado el simbolismo alrededor de este pájaro. Di como ejemplo un poema de Panini y luego me centré en el tránsito actual: del espíritu santo a la plaga infecciosa. Pero, al parecer, a mis colegas haitianos no les gusta Panini o no les interesan las plagas infecciosas, pero como quien escribe es también parte de una plaga y es en sí mismo un animal infeccioso, asumo que la paloma es una de los míos. No me molestaría verla encaramada en el escudo nacional o en alguna manifestación religiosa folclórica. Sus ojitos inyectados, esas patitas mutiladas con hilo curado, el cuello holográfico, sus ronroneos, manchas de aceite, uuuuuf. Ahora que lo pienso, no tendría problemas en culear con una paloma. El problema es que son monógamas y yo no comulgo con esa religión. En teoría no comulgo con esa religión, porque en la práctica soy un poco menos que monógamo. Ahí está, por eso mi obsesión. Querido diario: le piden un imposible al mismo sujeto que guarda las canciones tristes y las canciones calientes en la misma carpeta.

miércoles, 23 de mayo de 2018

El monstruo que habito



Este cuerpo amorfo por el que no siento ninguna pizca de orgullo, pedazo de carne exigente, chungo y halaraco, a la primera oportunidad que tenga me desharé de él. Como decía, estas piernas mutantes, estas tripas lloronas, estos ojos hinchados y este pelo casposo me han traicionado una vez más.

Fui al doctor y tomó la trágica decisión de medir mi estatura. Intento disuadirlo argumentando que, a menos que el sistema métrico haya cambiado, mi altura debería ser de un metro con sesenta y nueve centímetros sobre el nivel del suelo. Pero insistió, porque ése es el trabajo de esta gentuza, insistir en tocarte, meter sus dedazos en nuestras llagas. Sobre eso, vi una entrevista tremenda que le hicieron a terrorífica Diamela Eltit. La señora, así como quien dice “hoy es jueves”, afirma con pasmosa soltura: “No creo en el alma, yo creo en el cuerpo. De existir un alma, ésta debe encontrarse entre las tripas y la comida por digerir, como si fuera un órgano más, un apéndice cualquiera que se pudrirá junto con el resto del tejido”. Algo así decía. Cómo discutir esa idea, señora Diamela. Cómo vivir desde ahora sabiendo que mi alma se está pudriendo. Cómo explicarle al doctor que medirme es profanarme. Y que, a falta de alma, me queda este mar de carne y tendones con el cual no me conviene enemistarme. Pero sabía que algo malo ocurriría. La estocada la dio cuando dijo la estatura: 1,67 mts. Debe haber un error. Volvió a calibrar la regla sobre mi cabeza, me paro derecho, tenso, y el número volvió a confirmar la precisión de esos datos tan nefastos. Sentí dolor, como siempre, pero se transformó en sufrimiento cuando vi un brillo de superioridad en el doctorcito, quien evidentemente era más alto que yo. Antes de colapsar, me pregunto ¿Haré de mi estatura un problema o una fortaleza? Lo segundo, por supuesto. Mi descripción de Badoo dirá, entre otras cosas “suelo encogerme con la edad: soy como la vergüenza. O como un pene. Un monstruo menguante, en resumen”.